miércoles, 2 de diciembre de 2009

Los ojos de la muerte

Dicen que los días nublados estimulan la creatividad y la actividad cerebral... y espero que tengan razón, ya que a pesar de tener unas cuantas ideas en la cabeza para escribir nuevas historias, no termino de conseguir hacer un boceto completo de ellas. A ver qué pasa durante las cercanas vacaciones de Navidad...

Los ojos de la muerte



La amplia habitación se hallaba casi totalmente en penumbra. Solo la gran mesa cubierta de papeles y libros resplandecía a la luz de un candelabro cuyas velas dibujaban sombras danzantes alrededor de las dos figuras.

El comerciante se recostó incómodo sobre una imponente silla de roble. Apoyó su peso sobre el cojín de terciopelo púrpura mientras, a pesar de ser invierno, se pasaba un pañuelo de seda con sus iniciales bordadas, F. M., por la calva perlada de sudor.

Su edad no podía sobrepasar la treintena, con lo que podía deducirse por su lamentable aspecto físico que la vida de lujos, heredada de su progenitor, le había pasado una factura que por primera vez tendría que pagar.


Las dos figuras se miraron fijamente unos segundos hasta que el obeso mercader, nervioso, y no pudiendo mantener más la compostura bajó la mirada.

-Por favor, siéntese- le conminó al extraño.

Un largo silencio siguió a la frase, mas la figura envuelta en un halo de sombras no hizo ningún movimiento perceptible.

-De acuerdo- rezongó, entre dientes, cansado de esperar al invitado.

Fabio dejó el ridículo sombrero azul copado por una pluma, típico de la burguesía venida a más, sobre la mesa junto al resto de cartas e infinitas cuentas.

Con sus pequeños ojos enmarcados entre obesos carillos y cejas y separados por una prominente nariz aguileña observó la máscara de porcelana inquebrantable.

-Te he contratado porque no quiero fallos ni misericordia. Y lo quiero a mi manera -le espetó, ante lo que el otro soltó un gruñido de desaprobación-. Te pagaré más, pero tendrás que eliminarlo delante de su familia.

-Por qué.

-Porque soy yo el que pone el dinero.

Un repentino frío se apoderó del comerciante y le atenazó el corazón, su sudor se tornó en hielo, el aire parecía no querer entrar en sus pulmones. Las llamas parecieron encoger.

-Bu… bueno –titubeó-. La verdad es que mancilló el nombre de mi familia al profanar la virginidad de mi hija.

Bastardo mentiroso, ¿tus negocios florecientes parece que se están resintiendo verdad? - dijo para sus adentros el asesino.

Cabeceó ligeramente en señal de afirmación.

Podría conseguir suprimir al “encargo” a distancia, pero cumpliendo la cláusula gracias a un rifle particularmente largo con el cañón espigado, para la precisión, que él mismo había desarrollado expresamente.

Después quedaba el tema del ruido y de que un disparo no fuera suficiente. También podría asesinarlo rápidamente por la espalda y salir corriendo, pero a parte de exponerse quedaba un problema personal:




Regla número uno: Lo último que verán tus víctimas serán tus ojos




Un poco dramático, pero era algo que le ayudaría a reconocer las miradas que reflejaran el brillo de la muerte y el odio en los rostros desfigurados del infierno.






Regla número dos: No exponerse jamás




Si a todo cerdo le llega su sanmartín desde luego que el suyo todavía se apetecía lejano, no sería por un gordo avaricioso por lo que mordería el polvo.


El último escollo:




Regla número tres: Mata por un motivo.




Joder, ¿por qué debía de tener un código tan extenso?


El motivo que tenía el comerciante, irónicamente el mismo sobre el que debía pagar, el dinero, no era éticamente justo.

Cavilando sobre una solución equitativa para todos a penas prestó atención a los inútiles datos, consejos y pautas del mercader judío sobre su tarea y que ya conocía desde hacía días.


Curiosamente el otro usurero tenía ciertos motivos turbios entre manos, ¿y quién no?, bueno, pero resulta que para él la violación de menores era una de las miles de cuchillas afiladas que podían utilizar las parcas para cortar el deshilachado hilo de su vida.



Y no soy yo el indicado para negar ni al destino ni a Dios cobrarse la vida de una de sus míseras creaciones.

-No lo debe saber nadie más que tú.

-Y nadie más lo sabrá –contestó a la vez que dibujaba una débil y tétrica sonrisa en su rostro.


El burgués se levantó pesada pero impacientemente, plasmada en su cara una expresión de irritación, nerviosismo y miedo.


-Ah, y te pagaré cuando el trabajo esté hecho.


Esta vez el asesino ni siquiera se dignó a emitir sonido alguno.


Gracias por facilitarme la decisión


Alargó el brazo hacia el vacío que les separaba y extendió la mano. El otro miró nerviosamente hacia los lados, en busca de un apoyo que la oscuridad jamás le brindaría.

Finalmente se dio por vencido y alargó su brazo izquierdo.

La mano del ejecutor agarró por el antebrazo al gordo en una presa abrasadora y lo atrajo hacia sí. Con la sonrisa de nuevo en los labios observó cómo los ojos de la víctima mudaban de la prepotencia al más absoluto pánico. La boca se le abrió instintivamente para emitir un grito de auxilio que jamás recorrería el aire.

La cara del verdugo se transformó en un torrente de emociones, que a la luz tenue de las velas, convertidas ahora en cirios, parecía la del mismo Diablo. Con mano de hierro cogió la lengua del estremecido y balbuceante comerciante y con la otra, que sujetaba un fino y lujoso abrecartas cogido de la mesa, trazó un veloz sesgo con el que la amputaría.


-Maldito judío. ¿Crees que una vida se puede comprar con dinero?, soy yo aquí el que tiene el poder para decidir. Espero que disfrutes saboreando la sangre que a tantas personas has robado.


El mercader, llorando y con las manos todavía en la garganta se desplomó en el suelo.


-Yo siempre cobro por adelantado. Así que cogeré por si después no estás en condiciones de pagarme- dijo con sorna mientras arrancaba una bolsita de piel del cinturón del agonizante.


Rápidamente se secó la sangre con un par de hojas.

Avanzaba con lentitud parsimoniosa hacia la puerta de la habitación cuando bruscamente giró la cabeza, observó con un reflejo macabro las llamas de las velas y sopesó de nuevo el saquito de monedas que todavía aguardaba entre sus ahora enguantadas manos.


Tras terminar su pequeña e improvisada obra maestra se dirigió corriendo hacia las sombras que se colaban en la habitación por una ventana abierta, en una lucha constante con la luz. Era cuestión de tiempo que los largos y eterno brazos de la oscuridad vencieran.

De un salto, tal y como había llegado, el asesino desapareció entre la noche.


Al día siguiente un grito de terror recorrería la casa del burgués cuando su sirvienta encontrara en el suelo a su señor ahogado en su propia sangre, rellenas sus avariciosas cuencas con monedas fundidas de cobre.


Fundida con las sombras, una negra figurar encapuchada recorría las solitarias calles de Milán.

La tenue luz escarlata que derramaba la Luna llena hacía que su florinete emitiera destellos relampagueantes. Se acercaba tormenta.


El eco de sus pasos al chocar contra el empedrado, aunque suave, restallaba por las paredes y túneles que recorría, llamando la atención de miradas indiscretas, cientos de ojos que huían como las ratas que eran al notar su aura aproximarse.


Su víctima se encontraba medio ebria en la entrada de una frecuentada taberna del barrio de los mercaderes. Precios baratos y mala calidad para usureros, putas y juego.


Tuvo que aguardar a que recorriera un pequeño número de calles a trompicones y que se alejara a un lugar un poco más apartado.


-¿Adónde se dirige señorito? –preguntó con voz de sorna.

-¿Y a usted qué coño le incumbe? –respondió a la vez que se giraba bruscamente, envalentonado por la bebida.


El asesino se acercó al desdichado cuando este desenvainó su propio florete.


-¡Aléjate!

-Emocionante…


Nuestro experto espadachín embistió con un hombro al mercader mientras desviaba su estocada, arrinconándolo contra la pared. Con una rápida floritura lo desarmó y con la otra mano lo agarró a través de la espalda, tapando su boca.


-Maldita sea… ¿por qué no me invitaste a la fiesta?... Perdón, perdón, no te he tratado de usted, ¿te importa que no te trate de usted? Bien, lo suponía.


Con la espada ya envainada y una daga empuñada, sujetó el brazo del molesto “paciente” que intentaba revolverse.


-Tengo una buena y una mala noticia… Empezaré con la buena, me encanta dar buenas noticias –dijo con voz socarrona. –Resulta que Fabio está muerto, ¡ahora podrás ser todo lo rico que siempre deseaste, casi sin esfuerzo!... Ah perdón, se me olvidaba la mala noticia, siempre me lo suelen echar en cara –replicó con voz irónicamente triste-. Resulta que él me contrató para que te eliminase, me pagó ya, y resulta que yo no puedo echarme atrás, resulta que tengo un código profesional y un sentido del honor muy estricto… no no… ya me pagó y no puedo aceptar una contraoferta… has de morir.


Poco a poco bajó la daga, pasando la afilada punta a lo largo de su abdomen en una siniestra acaricia.

Al llegar al final de su cintura clavó con fuerza la daga en la entrepierna.

El otro emitió un gemido mientras se estremecía.


-Huy, lo siento, ¿necesitabas esto para violar a más niñas?... me perdí la diversión y ahora necesito jugar.


Su víctima siguió contorsionándose espasmódicamente, quejándose y llorando.


-Cállate hijo de puta,¿a caso alguna vez mostraste clemencia?... Bueno, la verdad es que si alguna vez lo has hecho a mí me da igual –se contestó a sí mismo con una risita desquiciada.


Del final de la calle provino un grito. Un hombre perfectamente iluminado observaba estupefacto la escena.


-¡Guardias! ¡Guardias!


-Mierda –susurró el asesino a la vez que escrutaba fugazmente al delator.


Los guardias, un minuto más tarde inspeccionarían el lugar en el que un comerciante había muerto degollado.


-Yo vi una figura encapuchada agarrando por detrás a ese hombre. Grité y se giró hacia mí -contestaría, estremecido al recordar la mirada de fuego con la que se encontraría posteriormente en el Infierno.

jueves, 15 de octubre de 2009

Sudor y lágrimas

He aquí la historia más larga que he escrito hasta el momento. La tenía reservada para un momento de bajón a la hora de escribir, este parón en realidad no es motu proprio, si no que al estropeárseme el portátil me es imposible sacar más que un par de minutos en ordenadores comunes. Pero bueno, como todo lo malo tiene algo bueno, eso no me impide escribir sobre el papel y ahorrar tiempo en tonterías varias de internet.

Realmente espero que esta historia os guste.

SUDOR Y LÁGRIMAS



La luz se filtraba a través de la reja de hierro que, oxidada, se clavaba en la arena. El olor nauseabundo del túnel abovedado de piedra despertaba las náuseas del delgado egipcio que se encontraba a su lado en las filas de a dos y que, al igual que él mismo, había arrojado el casco a un lado. Ya había elegido a su primera víctima.

Con un fuerte chirrido, los propios soldados romanos eliminaron uno de los cientos de obstáculos que impedían su libertad. Pero cada vez eran menos los que lo separaban de salir de aquel infierno que había padecido desde que fuera capturado y vendido como esclavo. Nunca había imaginado que, después de ser acusado injustamente del asesinato de un mercader hace dos años, el destino fuera a llevarle a él, Memón, desde sus lejanas tierras nubias hasta Thysdrus [actual Túnez], y menos aún al grandioso anfiteatro de El Djem. Sus plegarias habían sido escuchadas, el hambre, la pobreza, la injusticia, el dolor, la lucha por sobrevivir segundo a segundo, el horrible entrenamiento, la muerte, las lágrimas... todas las penurias podrían terminar en aquel lugar… Sólo un día más, sólo un día más.

A la vez que se agachaba para secar las sudadas palmas de las manos con un puñado de arena, de un rápido vistazo con el rabillo del ojo pudo observar a los dos contendientes que había detrás de él. Uno de ellos, con aspecto germano, tenía una figura impresionante, con lo menos dos metros de alto llevaba el torso musculado y desnudo a excepción de unas tiras gruesas de cuero que mantenían firme su única armadura, la cual cubría el brazo derecho con el que asía un enorme tridente, el otro brazo sujetaba una red con ganchos, y su cuello, tan ancho como sus poderosas piernas, desembocaba en una cara marcada por las cicatrices y en el que junto al cabello rubio y sucio se destacaban unos ojos azules y fríos, pero inyectados en sangre. A la izquierda del nórdico se encontraba otro africano, algo menos grande e imponente que él, pero que parecía un adversario al que tener en cuenta. Detrás de la pareja de gigantes debería haberse encontrado otra más, pero en su lugar había dos cadáveres frescos, traspasados por pilums y rematados con los gladios Para ellos, el combate había empezado y terminado demasiado pronto. Sería una desilusión para el público, ahora ellos deberían dar el espectáculo que faltaba.

Desde la entrada del túnel penetraron los gritos de la muchedumbre. Y desde el final otros gritos les animaron a avanzar, los legionarios no habían dudado en poner fin a la vida de dos de los gladiadores, y tampoco dudarían ahora si la media docena de condenados vacilaba a la hora de enfrentarse a la muerte.

Los dos primeros comenzaron a andar pesadamente, parecían ciudadanos del Imperio, con su piel tostada, voluntarios a la hora de luchar para ganarse la gloria. Cubiertos con corazas completas, desde las piernas hasta la cabeza, pasando por los brazos que empuñaban espada y escudo. Los yelmos dorados, decorados con exquisitas formas de fieras, comenzaron a reflejar la luz en todas las direcciones en cuanto asomaron a la arena. No hay adversario más peligroso que el que no tiene nada que perder, pero sí mucho que ganar. Los gritos aumentaron de potencia, la gente parecía en éxtasis, el combate de la década daba comienzo.

Todos avanzaron hacia el palco presidencial, donde se encontraba el gobernador militar de la ciudad. En el instante mismo en el que se pusieron en fila todos y a una voz gritaron Ave toda la muchedumbre calló. El gobernador se levantó lentamente y con igual cadencia comenzó a escupir palabras entre trago y trago de vino, palabras que repetía en voz alta un sirviente que se encontraba a su lado. Mientras la charla indescifrable rebotaba y se perdía entre las paredes y las personas, ebrias ya nada más comenzar la fiesta, los hombres que esperaban la muerte o la gloria sufrían el inclemente sol en sus espaldas. La arena reflejaba la mayor parte de los rayos que absorbía, aun y así, ardía y hervía como la sangre que pronto humedecería sus granos. El halo de muerte pareció extenderse por todo el campo tan rápido como el silencio una vez acabado el discurso.

Los gladiadores se repartieron en círculo por el centro del anfiteatro formando los vértices de un hexágono casi perfecto. Memón aprovechó para dejar al astro rey fuera de su vista y poder contemplar toda la acción sin distracciones ni obstáculos. Los seis hombres se observaron los unos a los otros, midiendo y memorizando cada detalle de sus adversarios. Esta vez un error significaría la muerte. Esperaron pacientemente cualquier señal que pudiera dar inicio a la carnicería, pero el gigante nórdico parecía ponerse cada vez más nervioso.

Una gota de sudor le comenzó a resbalar por la cara, mientras recorría lentamente su camino desde la frente perlada hasta la punta de la nariz una piedra silbó cerca de la cabeza del gladiador nubio. El público comenzaba a impacientarse.

Los dos romanos avanzaron como militares a pasos cortos y seguros, uno de ellos se dirigía hacia él. Por última vez elevó sus plegarias hacia los inmisericordes dioses a los que no debía por ahora nada y de los que todavía tenía mucho que recibir y apretó con fuerza los mangos de sus espadas. Lo que ocurría a su alrededor se fundió rápidamente en una vorágine de imágenes borrosas. Los gritos de dolor se mezclaron con los del expectante público, sin embargo se hicieron cada vez más lejanos y embotados. Su campo de visión se centró en un espacio cerrado con paredes de arena en el que sólo cabían dos personas, pero del que sólo saldría una con vida.

El gladiador de casco dorado se plantó a pocos metros él, clavó sus sandalias de cuero en el suelo y adquirió una pose defensiva con su escudo y su gladio elevado como un aguijón preparado para clavarse. Su posición, característica en la legión, lo señalaba con un anterior soldado, el combate sería difícil.


Segunda parte



El casco dorado rematado con una cabeza de león comenzó a rugir un latín que él no podría traducir, pero los insultos eran un lenguaje universal al que un luchador no podía hacer caso omiso. Ahora debía elaborar una estrategia que le permitiera salir airoso de la primera embestida evitando la picadura de su arma. Primero bajó la cabeza y dobló la rodilla y cogiendo impulso comenzó a correr directamente hacia su rival. A dos metros hizo un quiebro a derechas que obligó al soldado a pivotar hacia ese lado, pero un segundo más tarde desplazaba todo su peso hacia el lado izquierdo evitando que su pesado adversario se defendiera con el escudo rápidamente. Con un poderoso salto se elevó en el aire levantando junto a él la arena del suelo, su espada derecha bloqueó la del otro y girando todavía sin haber caído al suelo movió rápida y precisamente el brazo izquierdo con el que cortó la mano con la que enemigo sujetaba su arma.

Su rival se dobló de rodillas sangrando a borbotones por su muñón. Ahora debería rematarlo. Se dirigió hacia el acabado adversario y limpió su espada en su espalda. El signo de desprecio no pasó desapercibido al público, que estalló en gritos de placer. Los lastimosos intentos por levantarse usando el escudo como apoyo le llevaron a no retrasarse más con la ejecución, y poniendo la espada por detrás en su cuello se lo rebanó y empujó su cuerpo a la arena caliente en medio de agónicas convulsiones.

Inmediatamente alzó la vista para observar de nuevo el combate. El escenario había cambiado bastante en los últimos minutos. Entre las gotas de sudor que le empañaban la visión pudo observar como el otro militar luchaba con sus últimas energías contra el ágil egipcio, que ya le había despojado de su pesado escudo y le había hecho un profundo corte en la pequeña parte desprotegida de la rodilla. En la otra parte se elevaba el nórdico con el cadáver del nubio partido por la mitad a sus pies. El gigante rugía mientras levantaba el hacha a dos manos del muerto, para instantes después desviar su mirada hacia el ahora libre Memón. Una parte de su alma se encogió ante los ojos llenos de ira y el cuerpo salpicado de sangre.

Según se acercaba comenzó a sentir no sólo sus latidos restallando contra sus oídos, sino también las pisadas de la muerte que se abalanzaba contra él. De poco servirían sus rezos contra la fuerza imparable que le sobrevenía, ahora debería confiar en su técnica, y en lo que hiciera falta. Observó sus puntos débiles cuidadosamente, al fin y al cabo, era un ser humano o debería serlo. Parecía que no toda la sangre que bañaba su cuerpo procedía de su última víctima, una cuchillada larga en su abdomen dejaba escapar un chorro de sangre; sin embargo, su portador parecía inmune al dolor.

Y llegó el momento en que el gigante alcanzó al único negro que quedaba vivo. Con una sonrisa en la cara y dejando escapar un sonido gutural de su garganta dejó caer con una fuerza brutal su hacha sobre su cabeza desprotegida. El movimiento no obstante fue lento y le permitió esquivarlo con un rápido desplazamiento que aprovechó para colocarse a su costado y cortarle con la espada. El tajo no fue profundo, pero despertó la rabia de su adversario que de una fuerte patada que le encontró desprevenido le lanzó pesadamente al suelo. Tras esto y sin dejar tiempo a que reaccionara se dirigió de nuevo hacia él con el arma dispuesta a caer otra vez sobre su cuerpo. Esta vez desde el suelo no pudo esquivarlo, pero lo paró con la espada de su brazo izquierdo, preparada la derecha para rematar en el estómago. El impacto resultó tan fuerte que dejó entumecida su extremidad hasta el hombro, que terminó de parar el golpe y comenzó a sangrar de la herida superficial, y extendió el dolor hasta su cabeza. Para ganar tiempo le hizo una incisión en el tobillo y rodó por el suelo unos metros chocando finalmente con algo metálico. Giró la cabeza para ver su salvación, el escudo que había dejado caer su anterior adversario.

Se puso pesadamente de pié a tiempo para contemplar de nuevo cómo el monstruo se dirigía de nuevo a su posición. Los siguientes minutos pasaron entre la confusión, parando con ambos brazos los embates de su enemigo que parecía no cansarse, pero sí divertirse como un niño golpeando una puerta endeble que sabe que al final acabará cayendo. Mas un rayo de esperanza iluminó el semblante del abrumado combatiente al ver tras las anchas espaldas de su pesadilla cómo el egipcio había dado cuenta de su presa y ahora avanzaba sigilosamente hacia el distraído nórdico.

Ya empezaba a creer que no resistiría lo suficiente para que su improvisado aliado le salvara de las arremetidas. Las fuerzas se le escapaban a cada golpe, las rodillas se le flexionaban cada vez más y los brazos y hombros soportaban un dolor inimaginable, las manos despellejadas sujetaban cada vez más débilmente la carga del escudo. De repente una cuchilla bajó rápidamente hacia el hombro derecho del gigante y amputó limpiamente el enorme brazo. El semblante del rubio adquirió un tinte de sorpresa, aturdido intentó alzar de nuevo un hacha que ya no pendía de su mano diestra, aunque seguía sujeta por su zurda por la mitad del hasta.

La presión entonces se relajó sobre Memón, que aprovechó para recobrar el gladio y las fuerzas que necesitaría poco después y se quedó apoyado en el escudo que había clavado en la tierra.

Pero a pocos metros la lucha proseguía, ésta vez entre dos adversarios diferentes. El gigante ahora manco seguía en pié, la sangre le salía a borbotones del hombro, pero eso no le impidió girarse y dar un golpe con el mango del hacha en el estómago al estupefacto egipcio que salió disparado por los aires y calló con un golpe sordo al suelo sin poder respirar. Trastabillando el nórdico se dirigió para rematar a su semiinconsciente presa. La sangre que perdía hacía inverosímil el hecho de que pudiera seguir caminando. La tez blanquecina amarillenta, el reguero de sangre y destrucción que dejaba a su paso, el círculo de muerte y horror que desprendía hacían que pareciese el propio demonio encarnado. Mas el señor del caos debía haber abandonado a su víctima acabada y jadeante, ya que el cuerpo casi desangrado se desplomó sobre sus rodillas, calló y murió con orgullo pero con la cabeza hundida en su propia sangre.

Ya solo quedaban dos.

Agotados, contusionados, sudorosos, quemados por la luz del sol, exhaustos y boqueantes, cubiertos de arena, sangre y salpicados de heridas deberían hacer frente al último obstáculo que impedía su libertad y su gloria.

Ambos se pusieron fatigosamente de pié, asieron sus armas y comenzaron a andar en círculos en los que ocupaban puntos opuestos. Con su gladio y escudo debería hacer frente a un tridente enorme y afilado que venía acompañado de la red coronada por anzuelos que había usado el germano al comienzo del combate en la arena.

No había podido observar antes cómo luchaba su próximo enemigo ocupado como estaba en salvar su propio pellejo frente a la tormenta de golpes a los que se había tenido que enfrentar y que ahora le seguían manteniendo debilitado.

Sin previo aviso su contrincante le lanzó la red para atraparlo y acabar fácilmente con él, lo cual suponía una burla habiendo llegado uno y otro tan lejos. Con un ligero movimiento hacia un lado y ayudándose con el escudo desvió la trampa hacia el suelo. Sin embargo parecía que mientras prestaba la atención al proyectil su rival había aprovechado la distracción para acercarse rápidamente con el tridente presto para empalarle. De nuevo tuvo que usar el escudo salvador para bloquear el ataque y con la rodilla le zancadilleó. Apresuradamente se dio la vuelta para hacer frente de nuevo a su velozmente recuperado enemigo.

La siguiente embestida la rechazó con la espada, y aprovechó que se encontraban cerca para atestarle un tremendo golpe con el escudo y lanzarlo al suelo desarmado a excepción de un risorio cuchillo que escondía sujeto en su cinturón.

El egipcio estaba ahora acabado, en el suelo, mirando con los ojos rabiosos que reflejaban la ira y el odio, pero que sólo podía esperar la muerte. Se acercó unos pasos hacia él y se colocó a sus pies, ya no podía sonreír, simplemente le embargaba el alivio de saber que todo se había acabado. Aunque la felicidad no es eterna. El condenado se revolvió negándose a aceptar su derrota y le lanzó un puñado de arena a los ojos. La visión se tornó borrosa y oscura al instante. Soltó el escudo para llevarse las manos a la cara. De pronto sintió un dolor lacerante en el estómago y un calor abrasador. Comenzó a tambalearse a la vez que daba pasos hacia atrás.

Las gotas de sudor que caían de su frente se mezclaban con las lágrimas que, en un vano intento por recuperar la vista, derramaban sus lacrimales. Con la mano izquierda, que todavía sostenía su espada se palpó el abdomen y de nuevo se extendió un sufrimiento inimaginable al sentir el cuchillo clavado en su cuerpo hasta el mango.

Su marcha vacilante hacia atrás al fin se encontró con un obstáculo blando pero pesado con el que tropezó y le hizo desplomarse al suelo.

El olor a muerte y putrefacción, el zumbido de las moscas, la sangre, el dolor, el calor abrasador, la negrura, los gritos, las súplicas, la destrucción, el horror… Su vida había terminado. No es cierto que antes de morir se sucedieran las imágenes más felices. Él no había conocido la felicidad en este mundo, sólo pudo sentir el odio, la injusticia y el sabor amargo que dejaba la libertad al alcance de tus manos y que se te arrebataba en el último momento tras una vida plagada de sufrimiento.

Ahora, liberado de toda obligación sólo le quedaba llorar hasta que su corazón dejara de latir.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Una partícula en particular

Ha llegado el momento de hacer una crítica. No espero que os guste, si no que la compartáis. Aun y así, pondré un vídeo para que la música os acompañe.



Extendiéndose por el horizonte, cubriendo el cielo y ocultando la puesta de sol la nube de humo surge de una chimenea barnizada de costras que a su vez da rienda suelta a la indiferencia humana.

Una partícula en particular, individual en todo el macrouniverso tiende a nacer y ascender desapercibida manteniéndose unida a la corriente, dejándose llevar y mecer de buena gana por los soplos calientes.
Al final del viaje, si es que su existencia, fugaz en el existir e inmortal en el dolor, no se ha visto arrastrada por un lastre externo de hielo alcanzará el Cielo donde como toda materia se transformará y formará un todo natural y parte humano, belleza e indolencia.

Terreno celestial, un vez ignorantemente alabado, ahora ignorado, derrotado, agotado y contaminado nos devuelve en forma de lágrimas ácidas los pecados negros que hacemos levitar con flautas sin melodía o remitente.

Un hombre pasea bajo la lluvia, la cabeza tapada con una capucha no para ocultar su orgullosa vida, sino para protegerse de la nociva envidia que le salpica, de la soberbia y de las infamias. El pitido de los oídos lo intenta camuflar con un mp3 manchado de sangre todavía inocente y tiernamente virtuosa.
Chapoteando entre el lodo, asfalto y gases nocivos trata de mantener una chispa de pureza, corre pareciendo huir del Infierno. Pero lo único que encuentra a su paso son las sombras de las cruces de papel-moneda y bocas que gritan y susurran a la vez mensajes opuestos, secretos y farsas.
Mete su mano en el bolsillo derecho de la chaqueta del chándal, la gente le mira con desconfianza, pero no es un arma, al menos no es un arma con el que pueda infligir daño a los demás. Pensaba cambiar a una emisora, sin embargo recapacita imaginando qué nueva taza de invenciones y apariencias falsas se verterán hirviendo a través de sus tímpanos sin blindaje contra los títeres que juegan a ser titiriteros. ¿Desde cuándo cambió el significado de política? ¿Por qué no se ha avisado a la gente que ya no significa ayudar al ciudadano? ¿No eran los fulleros los que se llenaban los bolsillos mientras se reían de la pobre gente?

Mientras el fulgor corre y destella por la lluvia que intenta apagarlo las calles de la ciudad siguen abarrotadas de abominaciones mecánicas que tosen y se deslizan por oscuridad extraída de las entrañas de la tierra, negrura por la que se mata. Los esputos metálicos se funden con el castigo divino en charcos brillantes y coloridos. El agua busca la pureza que se niega a perder frente a un ser miserable, no quiere sentirse derrotada, y emana vapores tóxicos que revolotean en busca de cuerpos a los que torturar.

Una existencia feliz, sin consumir cigarros ni substancias que le ayuden a olvidar o a verlo todo más fácil y bonito, una mente sana y una vida que no se ha abandonado al placer vulgar no son defensa para los males que creamos la humanidad. Y esos efluvios encontraron un cuerpo al que atacar. Deslizándose por conductos vivos y palpitantes nuestra partícula encuentra su reposo. En un pulmón en el que pronto metastatizará el cáncer de la sociedad, la avaricia.

miércoles, 26 de agosto de 2009

A 12 pasos de la gloria.

Nueva historia. Recién terminada!!!!!! Espero que la disfrutéis tanto como yo he disfrutando imaginándola.


A 12 PASOS DE LA GLORIA.




Las hojas incendiadas con la luz del Sol de la mañana se mecían suavemente bajo el frío soplo del viento, proyectando sombras infinitas sobre el bosque y agitando las gotas que la lluvia había guardado en sus palmas, preparándose para derramar las lágrimas ante el funesto desenlace.

Las espaldas de los dos contendientes se separaron al caminar en direcciones opuestas.

El primer paso desembocó en el barro produciendo un leve chapoteo.

La lluvia estaba golpeando con fuerza los cristales de la habitación. El repiqueteo impedía escuchar la pausada respiración del caballero, que sentado en una esquina de la cama aguardaba, su faz en penumbra en ocasiones iluminada por la titilante llama de la vela dejaba entrever unos rasgos preocupados y angustiados, enmarcados en pelo castaño largo y desgreñado, envejecidos en unas horas lo que deberían haber tardado años.
Sus ojos estaban fijos en el vacío que había dejado al caer de entre sus manos una carta que ahora y desde hacía innumerables minutos reposaba en el suelo de madera.

Unos pasos se escucharon por las escaleras, y pocos segundos después de recorrer el pasillo se detuvieron ante la estancia. Unos nudillos golpearon la puerta, que se abrió ligeramente. Una voz débil acompañó al soplido de viento que entró:

-Señor, el carruaje lo espera.

El aristócrata no despertó de su ensimismamiento hasta sentir el brazo firme del mayordomo en su hombro.

-Señor, esta cita no puede esperar.

El cara a cara con Las Parcas estaba fijado. No podía llegar tarde. Era irónico, pero pocas personas, como él, habían podido elegir la hora en la que conversarían con la muerte.

El segundo paso llegó a su fin.

Pesadamente se levantó, desentumeciendo los músculos que llevaban tanto tiempo sin moverse. Como la marioneta de un fantasma se dejó guiar por el angosto y oscuro pasillo decorado con los cuadros de tantos familiares. Rostros la mayoría desconocidos que habían vivido una mejor época de su estirpe, ahora en decadencia. Bajó lentamente las escaleras, levantando el polvo y produciendo crujidos a cada escalón. Después de atravesar la gruesa puerta de roble y metal sintió durante unos segundos la fría lluvia sobre su rostro y pelo, un sentimiento revitalizador antes de entrar de nuevo en la oscura y opresiva atmósfera del carruaje.
Se acomodó en la parte trasera del habitáculo a la vez que el mayordomo cerraba la portezuela.

-Le esperaré aquí a la vuelta. Prepararé un buen desayuno caliente.

No pudo evitar esbozar una media sonrisa en sus labios. Una mueca sarcástica. Desde luego su sirviente también tenía mucho que perder, una vida entera de trabajo. Era de suponer que el desayuno al menos le aliviaría un poco la pena, desgraciadamente se quedaría frío para el momento en el que se diera cuenta de que él no iba a volver. Tampoco le apetecía pensar en comida ahora, su estómago, hecho un nudo, le impediría digerir cualquier cosa, el único sabor del que podía disfrutar ahora era el regusto amargo de la bilis.

El cielo dejó ver por unos momentos la Luna, que en caída libre hacia el horizonte urgía a los pernoctadores a apresurarse en el disfrute de la noche. La lluvia asimismo comenzaba a amainar y las nubes a levantarse.

Tercer paso.

El conductor azuzó a los dos caballos atados al carro, que con un empujón se puso en marcha. Las herraduras de los corceles restallaban contra el empedrado mojado, las ruedas contribuían a aumentar el ruido que no pasaría desapercibido por las calles estrechas. Los sonidos escalaban por las paredes de piedras, intentando alertar de la actividad ilegal que se iba a producir. La velocidad además debía moderarse a fin de evitar resbalar con el pavimento húmedo. Mientras, el gentleman se tambaleaba por el traqueteo del carruaje. Mente en blanco, miraba con una expresión vacía las ropas por las que debería cambiar las actuales. Una fina levita negra y una camisa blanca que impedirían esconder protecciones y que dejarían el camino expedito hacia el corazón. Un corazón que dejaría derramar el amor más que la sangre. El amor que le había llevado a esta situación. Un sentimiento que extrañamente le estaba dando la vida tanto como la posibilidad de perderla sin remedio.

Cuarto paso.

El paso largo de los minutos hizo que el resonar de los cascos diera paso a un chapoteo sordo. El vaivén del carruaje se acentuó. El noble corrió la pesada cortina de terciopelo rojo y asomó la cara ligeramente por el marco de la ventana de la portezuela, justo a tiempo para que una rama de las muchas que flagelaban los laterales del transporte le cruzara la cara. La delgada rama le provocó un corte superficial en la mejilla. Hasta la naturaleza estaba empeñada en provocar un duelo con él. ¿A cuántas fuerzas debería enfrentarse hoy para salir indemne? ¿O más aún, para salir vivo?

Quinto paso.

Llevándose la mano a la herida deseó que fuera la última vez que su sangre se derramase hoy. De nuevo volvió la sonrisa irónica a sus labios. Al fin y al cabo, con un “poco” de suerte podría ganar en confrontamiento. Desde luego Dios le debía una después de la racha de castigo que le había hecho padecer.

Se acercaban a un estrecho puente de piedra que cruzaba el río. Las aguas oscuras de lo que parecía el río Estigia bajaban sin fuerza. Una barca se encontraba atada a la rivera, mas Caronte no estaba en ella*.

Sexto paso.

Primero la muerte de su hermana por tuberculosis. A la que su padre lo había obligado a cuidar. Un juramento que trató de cumplir como pudo. Gastando gran parte de sus ahorros, destinados a salir de la crisis. Pasando noches y noches a su cabecera. Viajando a Londres, Manchester, Birmigham, Cardiff y a todos los lugares de los que había oído hablar respecto a curas milagrosas, a catedrales y monasterios. Pero rompió el juramento.

Séptimo paso.

Después la precipitación hacia la ruina a la que los acontecimientos estaban induciendo a la familia, ya que la revolución en la maquinaria agrícola, a la que no se había sumado su difunto progenitor, estaba mermando el poder económico de los terratenientes, y más aún de los medianos propietarios como él.

Octavo paso.

Y por último la afrenta a la que se le había sometido, cuando por fin parecía que un rayo de esperanza llegaba para iluminar su vida. Cuando al fin había encontrado a mujer a la que el solo hecho de mirar le hacía olvidar. Olvidar todas las penas y el sufrimiento. Olvidar que alrededor de él todo el mundo parecía derrumbarse.



Noveno paso.

Había llegado el momento en una fiesta de la corte de poner fin a la incertidumbre que le había estado consumiendo durante meses. Interminables semanas de cuidadosas palabras, de cortejo que pasó de ser silencioso y escurridizo a firme y tangible, disputas con la familia que tras sangrantes concesiones solventó. ¡La esperanza estaba al alcance de su mano! Casi toda la fiesta transcurría entre cuchicheos, miradas de reojo. Todos estaban esperando, a la vez que jugaban sus cartas en asuntos políticos, a ver la pedida de mano, cuya información se había extendido como pólvora ardiendo ante los ávidos oídos, azuzada por lenguas afiladas.

Décimo paso.

Y entonces él. ¡Él! Maldita sea. Un hombre que debería haber muerto hace años, que todos creían desaparecido, hizo aparición en la fiesta a la que sólo Dios sabe quién había invitado, y con su mirada de desprecio y sonrisa socarrona se acercó hacia su objeto de deseo. Agarró con sus sucias manos su cadera, manos de las que sospechaba estuvieron involucradas en el accidente que acabó con la vida de su padre, y acercó su boca hacia su oído, tan cerca que estaba seguro que la mujer no soportaría su fétido olor.

Acto seguido la mujer rechazó al hombre, ante el alivio de nuestro caballero. Pero la cosa no había terminado. El hombre sonrió de nuevo y a la vez que abofeteaba el rostro de la chica gritaba:

-Zorra, yo no pago por tus servicios.

Todos miraron hacia el pretendiente que debía pedir su mano en un día tan poco afortunado. Incluso el despreciable hijo de perra, con una mirada desafiante y con la sonrisa todavía dibujada en su rostro tenía los ojos fijos en los suyos.
Con la sangre hirviendo se acercó hacia el asqueroso hombre, que le esperaba cruzado de brazos. A la vez que avanzaba se quitó el guante que cubría su mano izquierda. No podía pensar en otra cosa nada más que en la sangre. Cuando llegó a la altura del otro, con toda la fuerza que pudo reunir, levantó el brazo en dirección a su faz, cruzando con el guante la mejilla derecha y produciendo un sonoro tortazo que se levantó por encima de todos los presentes, ahora cayados, cayada incluso la orquesta.

-Exijo satisfacción –dijo el caballero entre dientes-, tendrás noticias de mi padrino.

Sin embargo, la sonrisa había sustituido de nuevo la expresión de sorpresa, disimulando la marca roja de su carrillo. Algo se le escapaba, y no presagiaba nada bueno.

Undécimo paso.

Ahora sabía que había actuado de acuerdo a los planes del bastardo que había dañado su honor, una de las pocas cosas que le quedaban. Sin embargo, era demasiado tarde para rectificar, y tampoco quería hacerlo. Debería batirse en un duelo a muerte con pistolas. Dos pistolas cargadas. Un duelo en movimiento, a doce pasos. Ambos habían tenido que comprar un juego de pistolas con el que enfrentarse, así lo harían con igualdad, el que ganara se quedaría con el estuche.
Irónicamente, hasta para morir debía de pagar.

Duodécimo paso.

Los recuerdos habían inflamado su cuerpo con la ira. A penas podía disimular el temblor de las manos con las que sujetaba las armas, el miedo se fundía con el odio.
Llegó antes que su propio padrino y el médico. Con lo que en el lugar pactado se había encontrado un clima de hostilidad que solo el viento helado ayudaba a enfriar.

Los rayos de sol se comenzaban a adivinar en el horizonte cubierto de árboles cuando se completó el séquito. Entonces, y sin mediar palabra, todos ocuparon sus sitios y comenzó el rito. Uno de los pocos ritos capaces de invocar eficazmente a la muerte…

-¡Fuego!

Ambos volvieron sus cuerpos en un giro de 180 grados todo lo rápido que pudieron. El tiempo pareció ralentizarse cuando se encontró cara a cara de nuevo con el rostro pérfido de su némesis, unas facciones que parecían confundirse con las de la muerte. Sus miradas se cruzaron. Sus facciones se contrajeron en muecas de concentración, terror y de odio. Alzó la pistola hasta su cara, de tal manera que pudiera apuntar hacia su contrincante, que también elevaba su arma. Respiró profundamente tomándose un tiempo para apuntar que no poseía. Y cuando por fin se dispuso a apretar el gatillo una nube de pólvora salía ya del cañón de su enemigo. Sintió una punzada de dolor en el hombro izquierdo, que su mente desechó rápidamente en un último esfuerzo por la supervivencia. Disparó a la vez que expiraba el aire de sus pulmones, llegando una cascada de dolor hacia su cabeza. Había errado su primer tiro, pero; sin embargo su enemigo le había acertado de lleno.

El padrino se acercó a él, pues esta herida podría ser suficiente para dar por concluido el duelo. Mas, ¿cómo podría aguantar semejante humillación?, esta era una afrenta que no podría borrar de su memoria, y peor aún, nadie podría olvidarla, con lo que lo perdería todo.

El maldito debía sufrir.

Con una mirada furibunda hizo retroceder a su acompañante y al doctor a sus posiciones originales. A la vez que con su mano derecha arrancaba la pistola cargada que portaba con la otra extremidad, ahora casi inerte.
De nuevo, al unísono, comenzaron a levantar los brazos. Y de nuevo fue su enemigo el que disparó primero. Pero esta vez no todo sucedió como la anterior. El tiro erró su objetivo. Ahora tenía tiempo para apuntar. Dicen que quien ríe último ríe mejor, con lo que, y a pesar de su herida, puso una sonrisa en su semblante. A penas podía contener una risa que parecía surgir de sus entrañas, estaba perdiendo el control. Los ojos a los que miraba habían mudado también, y ahora estaban inundados de miedo.
Apuntó cuidadosamente y accionó el gatillo. Una décima de segundo más tarde el cuello de su adversario reventaba, dejando escapar borbotones de sangre. Un acto reflejo llevó a su rival a taparse con la mano la garganta, y abrió la boca tratando de articular palabras que sólo se percibían como un balbuceo húmedo y desesperado, escupiendo sangre.
Por fin conseguía saborear la miel de la venganza. Aunque sabía tan amarga como la bilis que le había acompañado la última puesta de Sol estaba disfrutando de ella. Tanto como podría disfrutar de su futura esposa… si conseguía sobreponerse al disparo.

El mundo empezó a dar vueltas a su alrededor. Una explosión de calor y dolor dio lugar a un sudor frío. Parpadeó tratando de despejarse; sin embargo la visión se le nubló. Las fuerzas se le escapaban.
Las rodillas se le doblaron y calló al suelo sin oponer más resistencia. Su cara orientada al astro rey. Por sus párpados entreabiertos entraban borrosos los haces anaranjados. Con una sonrisa se sumió en la oscuridad de la inconsciencia.





* Caronte era el barquero que transportaba a los muertos por el río Estigia, a cambio de una moneda.

sábado, 22 de agosto de 2009

Muerte y destrucción

Después de unas magníficas vacaciones en el extranjero cuelgo una historia que tenía preparada. Pero no os preocupéis, estas semanas han sido fructíferas en cuanto a nuevas ideas. Ahora me queda maquinar un poquito más...

Muerte y destrucción


Y por si no es suficientemente larga la canción...


Las llamas de fuego acariciaban poco a poco, cada vez a más altura, el cadáver descabezado que reposaba semidesnudo en la pira de madera. A unos pocos pasos, una pica en la que estaba ensartado el resto del cuerpo se erigía desafiante en medio de la noche, cubierta, como poco más tarde estaría el campo de batalla, de sangre pegajosa.

El magnífico honor y sentido de humor de los generales concluiría en una masacre; sin embargo, no serían ellos los que no verían un nuevo amanecer. Su arrogancia y deseo de gloria golpeó el orgullo del enemigo al asesinar a su emisario de paz y profanar tanto el fuego sagrado como los ritos de enterramiento. Despertaron su ira.

La luna, testigo de honor de la contienda, derramaba su luz sobre los millares de corazas y restallaba contra las puntas de los pilums. El terreno, como un pez, reflejaba en sus escamas de arena surcadas de espinas un trémulo brillo fantasmal.

La inspiración de la arenga del centurión parecía ya lejana, enfriada por el viento helado de cara que agitaba plumas, pendones y levantaba cuchillos de arena capaces de traspasar la coraza o el pellejo más grueso, capaces de congelar el temperamento más firme y curtido, de destrozar la moral de cientos de hombres con un solo soplido. La poderosa figura que comandaría las tropas había ocupado su puesto en la retaguardia, a lomos de su impetuoso corcel, con una oportunidad a su frente y otra a su espalda, él no tenía que morir en esta batalla, así todo resultaba mucho más sencillo, y así era más fácil ser valiente.

La magnificencia del Imperio Romano debía de seguir caminos impracticables para llegar hasta aquél sitio olvidado de la mano de Dios. A estos hombres sólo les quedaban sus espadas y escudos, su sudor y su sangre. La táctica romana debería enfrentarse a una arrolladora superioridad numérica y a unas mentes retorcidas que jamás habían conocido antes.

Un joven agricultor, vestido de soldado, pensaba. Con el pilum en la entumecida mano, esperaba, los nudillos blancos por la fuerza, los músculos de la mandíbula en tensión aguantando inútilmente que su estómago encogido no tratara de huir por tercera vez en la larga tortura.

Por unos días había creído realmente que la ignorancia de estar filas más atrás en su manípulo sería peor que ver cómo se acercaba el enemigo y enfrentarse cuanto antes a sus miedos. Ahora, el terror se reflejaba en sus retinas. Entre las filas de los soldados pesados enemigos comenzó a avanzar caballería. Los arcos y las vestimentas de los persas eran visibles desde tan lejos, su odio palpable con sólo alargar la mano.

Se acercaron lo suficiente para mantenerse alejados de las jabalinas, pero lo necesario para cargar y disparar sus proyectiles. Poco a poco formaron en círculo y comenzaron a trotar más y más rápido. El polvo se arremolinaba a su alrededor, parecía una invocación, el pequeño tornado estaba adquiriendo vida. De repente, al unísono, de entre la columna de arena surgieron como aguijones de sombra centenares de oscuras flechas, que cortando el viento, fueron a caer sobre las cabezas de los desafortunados.

A su lado, un compañero se desplomó en suelo atravesado su cuello, el cual dejó escapar un chorro de sangre, empapándole el rostro. Unos segundos más tarde el cuerpo agonizante había sido sustituido por un lloriqueante legionario.

A la vez que las flechas acababan con los futuros y con los deseos de decenas de soldados, un gran estruendo de cuernos y tambores se extendió al otro lado de la nube de arena. La confusión se adueñó de la legión, las órdenes no llegaban a las primeras filas. Desde la arena surgieron los zarcillos del pánico, que enroscándose en los tobillos crecían en dirección a los corazones. Algunos alzaban el escudo para protegerse de la incesante lluvia de flechas, otros, como él, se limitaban a observar congelados y con los ojos desorbitados cómo el ariete de miedo chocaba derrumbando la moral, que caía pesadamente a los pies temblorosos de la tropa, y cómo el viento atraía las partículas flotantes de arena, oscureciendo tanto el cielo nocturno como las almas de los condenados.

Unos crujidos a sus espaldas elevaron en el cielo ánforas enormes de aceite hirviendo, arma inútil que fue engullida por la oscuridad y el tornado. Hasta Hermes parecía de su lado.

El tiempo se ralentizó, los gritos disminuyeron hasta desaparecer, apenas se oía nada, ni gemidos, ni la respiración, sólo los latidos de su propio corazón restallando en sus tímpanos.

Parecía que la espera tocaba a su fin, en el polvo se empezaron a distinguir unas sombras difusas. Pasó una eternidad hasta que se definieron totalmente.

Pocos reaccionaron a tiempo, apenas un acto reflejo hizo que elevase su escudo, arrojase el pesado pilum a un lado, y sacase el reluciente gladium con su brazo sin fuerzas.

Su sangre dejó de fluir. De la nube surgieron carros de batalla conducidos por la muerte, que riendo a carcajadas, se disponía a segar con cuchillas en las ruedas tantas vidas como espigas había cortado él desde su concepción.

viernes, 17 de julio de 2009

Una caricia

Canción:


Historia de Una caricia

Un sonido estridente le hizo despertar con un espasmo. Al ruido le acompañaba un zumbido provocado por una vibración. Rápidamente alargó el brazo por encima de su cabeza en busca del maldito aparato. Palpó con la mano fugazmente por la cómoda, y tras chocar con un grueso libro por fin dio con el objeto. Ahora debía decidir en milésimas de segundo, a fin de acabar con la molestia, si quería pulsar el botón de silencio o el de repetir más adelante.

A juzgar por la hora en la que puso el despertador la noche anterior debía de haber amanecido ya hace largo rato, a pesar de eso, y de que el caluroso día de verano le hacía sudar, se cubrió de nuevo con las sábanas hasta la mitad del torso. Frotó su rostro con la almohada y metió por debajo el brazo izquierdo, al hacerlo un gemido cercano a penas audible llegó a sus oídos. Instantáneamente se dibujó una sonrisa en sus labios.

Con una mano se frotó suavemente los ojos, posteriormente despegó sus párpados todavía pesados.
La luz se filtraba por los pequeños agujeros de la persiana cuasicerrada iluminando lo justo para percibir las siluetas de la habitación. Justo en frente de sus ojos se encontraba una maraña de pelo castaño. Se acercó hacia él. Sintió un cosquilleo en su nariz al rozar con los largos pelos alborotados.
Su piel entró en contacto con la espalda de ella, más tibia.

Respiró profundamente el aroma de su cabello, inundando los pulmones de un perfume excitante, su cerebro casi se había desperezado con todas las emociones placenteras que llegaban en torrente.

Poco a poco levantó la mano derecha y la deslizó suavemente por la piel de seda. Sintió el vaivén del tórax al circular el aire. Acercando un poco más la cara hacia su cabeza escuchó la pausada respiración, casi podía notar el aliento pese a estar a sus espaldas. Reanudó el recorrido de su extremidad derecha, ahora ya sólo con las yemas de los dedos siguió el camino que dibujaba el cuerpo y que partía desde el ombligo hasta el cuello como un cauce de vida. Mas no consiguió llegar hasta el final y se desvió hacia un lateral posando delicadamente la palma de la mano en un seno, acariciándolo.

Dentro de su propio cuerpo sintió un calor fluyendo por sus venas, distinto, una sensación de felicidad, de sosiego, que llegaba a todas los recovecos de su ser.

De nuevo el aparato eléctrico zumbó y reanudó la monótona melodía de la que ya se había hartado.

Agachó ligeramente la cabeza y con sus labios humedecidos besó el cuello perfumado, después la espalda y por último el hombro. Abrazó firmemente el cuerpo de la chica, pero sin excesiva fuerza, y cerró de nuevo los brillantes ojos, deseando que ese instante fuera infinito.

Esta vez había pulsado para no volver a escucharlo. No sería un despertador el que pusiera fin a ese momento.

miércoles, 8 de julio de 2009

Infancia perdida

Canción recomendada:
Me apena que no concuerde con las escenas de acción, pero en el resto realmente es, a parte de una canción magnífica, el sentimiento adecuado. Es corta, así que habría que repetirla un par de veces. Disfrutad ^^.

Hacía mucho tiempo que Dositea había dejado de creer en las princesas. Ahora la sangre corría por sus manos y las lágrimas por sus mejillas. Las imágenes, entonces, se sucedieron de manera vertiginosa.

Al menos debían de haber pasado ocho años desde aquél día que cambió por completo su vida.

Por aquél entonces era una niña feliz, ayudaba a su madre, Amha, en ciertas labores en el campamento. Seguir las marchas de un ejército no era tarea fácil, por lo que, después de trabajar en la tienda de campaña del centurión y en la suya propia, ella tenía muy poco tiempo para jugar con su muñeca de trapo junto a los demás niños esclavos.

Por las noches, cuando se quedaban a solas, su madre le contaba historias sobre lugares al norte, con personas extrañas, ritos salvajes y canciones en idiomas desconocidos. Sin embargo, nunca sonreía al hacerlo, hablaba sobre ello con nostalgia y pesar, algo que no entendía Dositea al haber nacido desde un principio como esclava, estatus heredado de su madre, privada de su libertad al ser capturada cuando los romanos arrasaron las tierras y mataron a los hombres del pueblo germano en el que había vivido hasta entonces.

La madre de Dositea pasaba mucho más tiempo sin embargo con el centurión, un hombre fuerte y robusto, muy rudo en sus formas. Tanto, que en ocasiones, cuando no abandonaba la tienda en mitad de la noche dejando a la pequeña Dositea sola, aparecía él bruscamente y la arrastraba fuera.

Un día, después de una dura batalla en las Galias, las tropas celebraban la victoria en el campamento, bebían, cantaban y gritaban. La bebida hacía gastar el botín de la batalla a los soldados en juegos o prostitutas, y la violencia se adueñaba de ellos.

A pesar de que los esclavos y buscadores de fortuna que siguen a cualquier ejército saben como mantenerse alejados de todo problema, esa noche el amo de Amha y la niña las sorprendió en su propia tienda, limpiando la armadura. El militar tenía las manos cubiertas de sangre, hedía a vino y casi no tenía ropa.

Con los ojos inyectados en sangre se dirigió a la mujer, la cogió del brazo y la rasgó la ropa:

-Con la niña aquí no por favor. -gritó Amha intentando desasirse.

-Estate quieta zorra, que se vaya la niña, estoy cansado de que me hables de ella siempre.

-Corre, vete de aquí. -con lágrimas en los ojos, instó a su hija a dejarlos, que, perpleja, miraba la escena.

La niña no respondió a las súplicas de su madre, lo cual enfureció al centurión:

-¡Esclava! Cuando un amo te ordena algo, obedece. - vociferó a la vez que sacaba la espada de su vaina y avanzaba tambaleándose hacia Dositea.

En aquél momento el frenesí se hizo dueño de la pequeña estancia, cuando el soldado alzó la espada, Amha se abalanzó sobre él desequilibrándolo y haciéndolo caer. La niña al fin reaccionó y se apartó cuando el filo de la espada pasó cerca de su cuello. Al lograr levantarse ambos, la mujer dejaba relucir una pequeña daga, dispuesta a defender la vida de su hija, pero la fuerza y la pericia del hombre, a pesar de estar borracho, junto con la longitud de su propio gladius le dieron la ventaja y acabó atravesando a Amha por el pecho en la primera estocada. Dositea pudo ver la cara de dolor de su madre, pero no por mucho tiempo, ya que el militar no tardó apenas en sacar la espada de la carne de la mujer y girarse buscando más sangre. La niña intentó correr, pero la tienda no era muy grande y con los bultos apilados en el suelo, el movimiento se hacía difícil; sin embargo, al hombre tampoco le facilitaban las cosas, cuando parecía haber alcanzado a la chica, y de nuevo se preparaba para dar la estocada, tropezó con un pequeño baúl de madera y dio con el cuerpo en la viga central de madera que sujetaba la tienda, derribándola sobre sus cabezas.

La niña consiguió huir arrastrándose a través de la lona de la tienda y corrió a la tienda de su madre, donde lloró desconsoladamente durante toda la noche.Al día siguiente el centurión despertó de su inconsciencia y borrachera, y la furia se apoderó de él al darse cuenta de lo que había pasado. Inmendiatamente, corrió hacia la tienda donde se encontraba Dositea y la sacó de los pelos hasta el centro del campamento. Una vez allí, cogió su fusta y la azotó durante interminables minutos.



Sin embargo toda mala suerte no es eterna, y no se ceba en una misma persona, esta vez fue el centurión el que sufrió las consecuencias junto a toda su legión, y fueron asesinados por los hunos en una feroz y sangrienta batalla años más tarde.

Ahora, después de una vida de esclava con un amo violento y vengativo, por fin parecía que las diosa fortuna había respondido las plegarias recitadas desde niña.

El séquito que seguía a los romanos de victoria en victoria, estaba desprotegido. La mayor parte de la gente, al ver a los primeros soldados romanos correr en dirección opuesta al campo de batalla, cogió sus pocas pertenencias y emprendió también la huida. Mas Dositea, por primera vez sin un amo o madre que le dijera que hacer, se encontraba perdida. El miedo invadía su cuerpo y no la permitía pensar ni reaccionar.

Los primeros soldados enemigos a caballo fueron entrando en el asentamiento nómada y empezaron a saquear las tiendas.

Finalmente, uno de ellos penetró en la estancia de la mujer, encontrándosela arrodillada en el suelo y temblando. Los rasgos de ambos eran parecidos, y el hombre se sorprendió, y se acercó a ella.

Pero en aquél momento, el miedo irracional que había profesado desde la muerte de su madre a los hombres la jugó una mala pasada, y demostrando que había aprendido a defenderse, sacó un tosco cuchillo y le rajó la garganta al soldado con un rápido movimiento.

La cara de sorpresa del germano, llevándose una mano a la herida borboteante, la perseguiría para siempre.

Una niña sin la felicidad de la infancia. Ahora, la sangre corría por sus manos, y las lágrimas por sus mejillas.

miércoles, 24 de junio de 2009

Fantasmas en la niebla

Nueva historia recién sacada del horno. Espero que la disfrutéis. Acabo de terminarla ahora mismo.
Recomiendo, para escuchar mientras, la canción: Hitman - Contracts:

Fantasmas en la niebla

El sonido de los latidos del corazón al restallar contra sus tímpanos había sustituido las explosiones de la artillería pesada hacía unos minutos. Al fin sus piernas comenzaban a sentir una chispa del calor que la sangre transportaba.

Enfrente de sus ojos las nubes de vapor que producía su respiración se fundían rápidamente con la densa niebla que le rodeaba. El sudor, a pesar del frío, recorría su rostro y empapaba sus gruesas ropas blancas.

Miró a su alrededor viendo varias figuras fantasmagóricas que, como él, corrían a propagar la muerte, y a recibirla. A su izquierda, sin embargo; había un hueco que debiera estar cubierto por un compañero, el cual previsiblemente no había aguantado en la carrera la congelación que sufría la mitad del regimiento en las extremidades.

Las pisadas de las botas se hundían en la nieve, cubierta de ceniza, con un sordo crujido absorbido al instante por los árboles, la bruma y la noche. La hebilla de la correa flácida de su fusil tintineaba a cada zancada, a cada árbol que esquivaba, a cada agujero escavado por una bomba que saltaba. Las ramas golpeaban dolorosamente su rostro helado a pesar de estar protegido por el casco, mas su destino le aguardaba y no esperaría a cobardes. Los desertores tampoco tenían derecho a seguir viviendo.

Sus enemigos no se habían esperado la ofensiva que habían desencadenado hacía varios días. Bastogne ponía a prueba a los hombres más fuertes si querían transitarlo durante el invierno. Allí morirían muchos de hambre, frío y de las explosiones, pero sus adversarios eran más débiles y estaban peor preparados.

Se debía de estar aproximando ya a las trincheras de la línea enemiga situada al Norte, que debía estar alerta después de cesar el bombardeo. Si no empezaba a oír disparos en breves instantes igual caía en alguna zanja protegida por soldados contrarios. A sus espaldas comenzaron a sonar ladridos, momentos después, una docena de pastores alemanes babeando locura les adelantaban como flechas. Poco después comenzaron a escucharse disparos cercanos y gritos de dolor. Los gatillos al activarse dejaban grabados los fogonazos en sus retinas.

A su alrededor sus compañeros comenzaron a descargar sus balas sobre el enemigo. De un golpe se apostó contra la corteza de un pino, se llevó el rifle al hombro, apuntó hacia el origen del siguiente destello y disparó. Tras acabar su primer cartucho de las trincheras comenzaron a caer cerca de sus posiciones bengalas que permitirían a sus ametralladoras apostadas escupir munición a cualquier fuente de movimiento. No obstante el camuflaje y la oscuridad seguía dejando ciegas las pocas m-60 que seguían operativas en sus protegidos lugares. Su fuego ahora se enfocó en acallarlas.

Apenas a cuarenta metros de él se encontraba una de las destructivas ametralladoras. Un par de veces sus balas habían chocado contra el tronco que le servía de cobertura haciendo saltar astillas y resina. En cuanto la ráfaga actual terminó emprendió la carrera hacia otro más cercano a sus posiciones mientras descabezaba una granada. A la vez que chocaba con el hombro contra el otro pino lanzó el explosivo directamente hacia donde provenían los disparos que de nuevo silbaban a su alrededor.

La explosión hizo saltar por los aires el arma y también el cuerpo muerto del soldado que la manejaba.

A pocos metros hacia su lado izquierdo escuchó un sonido metálico, un golpe seco. Cuando miró pudo distinguir entre la confusión y la niebla a un compañero tendido en el suelo con un agujero en el casco. Los ojos abiertos de par en par comenzaron a cubrirse de la sangre que manaba desde la visera de acero, a un lado suyo una preciosa arma con un par de cargadores que tanto escaseaban. Sin embargo, recogerlos implicaba demasiado riesgo.

Seguidamente vació otro peine de 5 balas sobre los soldados rivales antes de sacar la bayoneta que acopló a la boca de su máuser. Cargó su rifle, pegó otro tiro, y a una indicación del oficial cargaron contra el enemigo.

La carrera ahora se volvió frenética. Los pocos metros que les separaban de las trincheras acogieron decenas de cadáveres. Ahora no podían mirar atrás, los aliados caídos deberían esperar, los heridos deberían aguantar. Los proyectiles salían de todas partes, los gritos y la confusión se hicieron dueños de la reyerta. Se echó el fusil al hombro y de nuevo cogió una granada, la sujetó con la mano derecha por el palo de madera mientras la activaba con la otra. Después la arrojó con fuerza hacia la izquierda de la posición que pretendía limpiar y así cubrir el hueco que había dejado su compañero al que había visto caer de un balazo en la cabeza. De nuevo descolgó el máuser.

Casi al mismo tiempo en el que la bomba explosionaba el soldado saltó hacia la trinchera. Mientras estaba en el aire pudo ver cómo de debajo de él surgía la figura de un militar enemigo que, una vez cargado de nuevo su arma y apresurado a cubrir el frente, observó con los ojos desorbitados cómo un fantasma aparecido de la nada volaba sobre él con un rifle entre los guantes, la cara medio cubierta, los ojos inyectados en sangre, las botas negras cubiertas de barro rodeadas de nieve y polvo levantado con el impulso.

Al instante aprovechó para asestarle una brutal patada en la cara, mudando la cara de sorpresa por una de dolor, y derribarle al suelo. Nada más pisar el suelo encharcado giró a su derecha y disparó contra otro desconcertado condenado que calló fulminado al suelo. Por ahora no veía a más enemigos cerca, con lo que se giró hacia el soldado que se comenzaba recuperar del golpe y a incorporarse para alcanzar su metralleta y le clavó la bayoneta en el pecho desprotegido.

No había tiempo que perder, de manera que se agachó para evitar no sólo los proyectiles que provenía del otro ejército, sino el fuego aliado también. Tiró el rifle sin balas al barro y sacó el cuchillo de su vaina con la mano zurda y su luger de corto alcance con la diestra.

Encorvado avanzó silenciosamente hacia el Oeste por los caminos escavados por manos rivales, hundiendo sus pies en el fango y apartando cuerpos sin vida en su trayectoria, algunos de amigos abatidos. Uno de los caídos todavía se movía, desgraciadamente para él no había encontrado un médico de su bando, y en vez de obtener ayuda lo único que consiguió fue que su sufrimiento acabara con un cuchillo en su garganta. Sigilosamente siguió avanzando. Un enemigo seguía apostado y apuntando hacia el bosque del que todavía provenían disparos. Lentamente, fundido con la oscuridad, apuntó. De dos descargas acabó con su vida. Así siguieron los minutos hasta que perdió la cuenta de a cuántas vidas había puesto fin. Cada disparo acercaba un futuro mejor para él y para la raza aria. Un mundo poderoso y controlado por los más fuertes, por el ser humano para el que el destino había creado este mundo y le había dado las herramientas para conquistarlo. Sin embargo, todavía quedaban muchas cucarachas que pisar y sobre las que pasar por encima para conseguir limpiar el presente infecto.

El ataque debía estar siendo un éxito, el regimiento enemigo a estas alturas se encontraría diezmado.

Los minutos pasaron y los cadáveres seguían desfilando ante sus ojos. La sangre, el caos y la muerte inundaban sus pensamientos y se grababan en su retina cada vez más nublada. Los gritos de dolor y de auxilio se oían lejanos y cercanos al mismo tiempo.

Hacía una eternidad que no recibía órdenes ni veía a sus compañeros. Los disparos esporádicos apenas llegaban a sus doloridos oídos. Una vez diluida la adrenalina de su sangre y pasado el éxtasis del combate comenzó a sentir el cansancio. Sus manos agarraban pesadamente el puñal y la pistola. Las piernas le colgaban como lastres y gastaban sus fuerzas en una carrera sin fin para acabar con todo residuo de vida que quedara flotando. Las explosiones comenzaron nuevamente. Los silbidos de las bombas lanzadas por la otra vez activa artillería pesada surcaban el aire y, terminando con una nube de fuego, sembraban la destrucción.

Por sus venas sólo fluía un agotamiento mortal. El ambiente comenzó a bajar de temperatura. El sudor comenzó a absorber frío y la oscuridad que le rodeaba se volvió más densa.

Se aproximó a un montón de tres cuerpos apilados fortuitamente. Cuando lo alcanzó se dejó caer de rodillas, uno de ellos todavía no era cadáver, pedía auxilio y le miraba directamente con ojos desorbitados. Levantó despacio el cuchillo. El filo se reflejó en la mirada del acabado despojo. Cuando el puñal, convertido en guillotina, se disponía a bajar se escuchó un disparo. Una nube de pólvora apareció de debajo de uno de los cuerpos, una pistola asomaba y apuntaba al pecho del que pretendía ser verdugo. De las manos del soldado alemán calló el arma blanca la cual se hundió en el suelo enfangado. El blanco de su gabardina comenzó a teñirse de rojo.

Exhausto y helado se dejó caer. Su cuerpo chapoteó al chocar contra el suelo. La sangre que afloraba de su pecho se mezclaba lentamente con el barro, ahora pegajoso y de color cobrizo.

Ni los yanquis ni los nazis se habían adueñado de Bastogne. Sólo quedaba un conquistador victorioso en el campo de batalla. La muerte.

Historia de la desesperación

Y sin más preámbulos dejo mi primer escrito. Sé que es un poco pesimista. Pero desde hacía mucho tiempo tenía en mi mente esta imagen y tenía la necesidad de plasmarla con letras.



Historia de la desesperación.

Un escalofrío recorrió su cuerpo.

-¡No!, no quiero recordar... ¿Por qué a mí?- los gimoteos se extendieron a lo largo de las piedras y rebotaron tratando de encontrar su libertad, pero lo único que encontraron fue roca viva.

Unos ojos desorbitados, inyectados en sangre, con una mirada vacía y humedecida escrutaban la impenetrable oscuridad. Alargó los finos dedos hacia un espacio vacío, si podía sentir los trémulos latidos irregulares de su corazón negro, por qué no tocar esa densa sombra infinita. Esa sombra que había devorado todo rastro de esperanza, que había destruido la razón y había robado tantas almas…

A un lado de la celda circular una nueva sacudida recorrió el despojo humano arrancando un nuevo grito de su garganta. Un rugido de ira y dolor, de angustia y muerte, pero sólo estaban las ratas para escucharlo.

De nuevo abrió los ojos, su única tarea era evitar caer otra vez en un pozo de recuerdos, no importaba ni siquiera que cualquier momento pudiera ser el último, el último latido de su corazón, el último aliento. Se descubrió a sí mismo clavando sus uñas en su propia carne, en su propio rostro, las gotas de sangre resbalaban por su frente y mejillas y se perdían por su poblada barba, para descubrir que traspasar el bosque de vello no daba paso a la dulce libertad, sino a una caída amarga. Un segundo parecía una eternidad, y los hilillos de vida, exhaustos y agonizantes se desprendían por el precipicio de amargura, y sin ver el sol en su corta existencia ponían fin a su carrera estallando contra la húmeda piedra. No tardarían en acompañarle unos pequeños inquilinos con los que tanto había intimado los últimos días, o meses, quién sabe, incluso años o décadas.

Las goteras repiqueteaban regularmente, y como un hipnotizador silencioso acompasaban su respiración y absorbían sus pensamientos, adoptando en su imaginación un oscuro tono rojizo.

Mientras, el reloj de arena dejaba que los granitos se desprendieran uno a uno, él no los veía, pero los sentía fluir entre las rejas que cubrían el pozo que ocupaba el centro de la prisión.

Su esperanza había visto truncado el intento de asir un clavo ardiendo en la muerte que le rodeaba, el único ancla que evitaba que su cuerpo se desintegrase absorbido por la noche azabache era el contacto de su encorvada espalda contra la dura pared. Una pared que había vigilado sin descanso todas y cada una de las vidas que había encerrado, que había sentido como las uñas sedientas de libertad daban paso a otras desgastadas y sucias, resignadas y desesperadas, capaces únicamente de contar sus tristes experiencias.

Su peor enemigo comenzó a recuperar fuerzas, la falta de alimentos no era una barrera para él, y sus párpados fueron cobrando más y más peso. Desde hacía tiempo, no se sabe cuánto, un aliado se había unido a ellos… le susurraba palabras en los oídos, palabras extrañas y carentes de sentido mientras le miraba desde el fondo de la sala con unas cuencas llenas de una luz palpitante.

Morfeo comenzó a adueñarse de su cuerpo, mas su mente se adentraba desamparada en un mundo distante, ahora comenzaban los sueños, ahora comenzaban de nuevo las pesadillas…