Canción recomendada:
Me apena que no concuerde con las escenas de acción, pero en el resto realmente es, a parte de una canción magnífica, el sentimiento adecuado. Es corta, así que habría que repetirla un par de veces. Disfrutad ^^.
Hacía mucho tiempo que Dositea había dejado de creer en las princesas. Ahora la sangre corría por sus manos y las lágrimas por sus mejillas. Las imágenes, entonces, se sucedieron de manera vertiginosa.
Al menos debían de haber pasado ocho años desde aquél día que cambió por completo su vida.
Por aquél entonces era una niña feliz, ayudaba a su madre, Amha, en ciertas labores en el campamento. Seguir las marchas de un ejército no era tarea fácil, por lo que, después de trabajar en la tienda de campaña del centurión y en la suya propia, ella tenía muy poco tiempo para jugar con su muñeca de trapo junto a los demás niños esclavos.
Por las noches, cuando se quedaban a solas, su madre le contaba historias sobre lugares al norte, con personas extrañas, ritos salvajes y canciones en idiomas desconocidos. Sin embargo, nunca sonreía al hacerlo, hablaba sobre ello con nostalgia y pesar, algo que no entendía Dositea al haber nacido desde un principio como esclava, estatus heredado de su madre, privada de su libertad al ser capturada cuando los romanos arrasaron las tierras y mataron a los hombres del pueblo germano en el que había vivido hasta entonces.
La madre de Dositea pasaba mucho más tiempo sin embargo con el centurión, un hombre fuerte y robusto, muy rudo en sus formas. Tanto, que en ocasiones, cuando no abandonaba la tienda en mitad de la noche dejando a la pequeña Dositea sola, aparecía él bruscamente y la arrastraba fuera.
Un día, después de una dura batalla en las Galias, las tropas celebraban la victoria en el campamento, bebían, cantaban y gritaban. La bebida hacía gastar el botín de la batalla a los soldados en juegos o prostitutas, y la violencia se adueñaba de ellos.
A pesar de que los esclavos y buscadores de fortuna que siguen a cualquier ejército saben como mantenerse alejados de todo problema, esa noche el amo de Amha y la niña las sorprendió en su propia tienda, limpiando la armadura. El militar tenía las manos cubiertas de sangre, hedía a vino y casi no tenía ropa.
Con los ojos inyectados en sangre se dirigió a la mujer, la cogió del brazo y la rasgó la ropa:
-Con la niña aquí no por favor. -gritó Amha intentando desasirse.
-Estate quieta zorra, que se vaya la niña, estoy cansado de que me hables de ella siempre.
-Corre, vete de aquí. -con lágrimas en los ojos, instó a su hija a dejarlos, que, perpleja, miraba la escena.
La niña no respondió a las súplicas de su madre, lo cual enfureció al centurión:
-¡Esclava! Cuando un amo te ordena algo, obedece. - vociferó a la vez que sacaba la espada de su vaina y avanzaba tambaleándose hacia Dositea.
En aquél momento el frenesí se hizo dueño de la pequeña estancia, cuando el soldado alzó la espada, Amha se abalanzó sobre él desequilibrándolo y haciéndolo caer. La niña al fin reaccionó y se apartó cuando el filo de la espada pasó cerca de su cuello. Al lograr levantarse ambos, la mujer dejaba relucir una pequeña daga, dispuesta a defender la vida de su hija, pero la fuerza y la pericia del hombre, a pesar de estar borracho, junto con la longitud de su propio gladius le dieron la ventaja y acabó atravesando a Amha por el pecho en la primera estocada. Dositea pudo ver la cara de dolor de su madre, pero no por mucho tiempo, ya que el militar no tardó apenas en sacar la espada de la carne de la mujer y girarse buscando más sangre. La niña intentó correr, pero la tienda no era muy grande y con los bultos apilados en el suelo, el movimiento se hacía difícil; sin embargo, al hombre tampoco le facilitaban las cosas, cuando parecía haber alcanzado a la chica, y de nuevo se preparaba para dar la estocada, tropezó con un pequeño baúl de madera y dio con el cuerpo en la viga central de madera que sujetaba la tienda, derribándola sobre sus cabezas.
La niña consiguió huir arrastrándose a través de la lona de la tienda y corrió a la tienda de su madre, donde lloró desconsoladamente durante toda la noche.Al día siguiente el centurión despertó de su inconsciencia y borrachera, y la furia se apoderó de él al darse cuenta de lo que había pasado. Inmendiatamente, corrió hacia la tienda donde se encontraba Dositea y la sacó de los pelos hasta el centro del campamento. Una vez allí, cogió su fusta y la azotó durante interminables minutos.
Sin embargo toda mala suerte no es eterna, y no se ceba en una misma persona, esta vez fue el centurión el que sufrió las consecuencias junto a toda su legión, y fueron asesinados por los hunos en una feroz y sangrienta batalla años más tarde.
Ahora, después de una vida de esclava con un amo violento y vengativo, por fin parecía que las diosa fortuna había respondido las plegarias recitadas desde niña.
El séquito que seguía a los romanos de victoria en victoria, estaba desprotegido. La mayor parte de la gente, al ver a los primeros soldados romanos correr en dirección opuesta al campo de batalla, cogió sus pocas pertenencias y emprendió también la huida. Mas Dositea, por primera vez sin un amo o madre que le dijera que hacer, se encontraba perdida. El miedo invadía su cuerpo y no la permitía pensar ni reaccionar.
Los primeros soldados enemigos a caballo fueron entrando en el asentamiento nómada y empezaron a saquear las tiendas.
Finalmente, uno de ellos penetró en la estancia de la mujer, encontrándosela arrodillada en el suelo y temblando. Los rasgos de ambos eran parecidos, y el hombre se sorprendió, y se acercó a ella.
Pero en aquél momento, el miedo irracional que había profesado desde la muerte de su madre a los hombres la jugó una mala pasada, y demostrando que había aprendido a defenderse, sacó un tosco cuchillo y le rajó la garganta al soldado con un rápido movimiento.
La cara de sorpresa del germano, llevándose una mano a la herida borboteante, la perseguiría para siempre.
Una niña sin la felicidad de la infancia. Ahora, la sangre corría por sus manos, y las lágrimas por sus mejillas.
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