miércoles, 24 de junio de 2009

Historia de la desesperación

Y sin más preámbulos dejo mi primer escrito. Sé que es un poco pesimista. Pero desde hacía mucho tiempo tenía en mi mente esta imagen y tenía la necesidad de plasmarla con letras.



Historia de la desesperación.

Un escalofrío recorrió su cuerpo.

-¡No!, no quiero recordar... ¿Por qué a mí?- los gimoteos se extendieron a lo largo de las piedras y rebotaron tratando de encontrar su libertad, pero lo único que encontraron fue roca viva.

Unos ojos desorbitados, inyectados en sangre, con una mirada vacía y humedecida escrutaban la impenetrable oscuridad. Alargó los finos dedos hacia un espacio vacío, si podía sentir los trémulos latidos irregulares de su corazón negro, por qué no tocar esa densa sombra infinita. Esa sombra que había devorado todo rastro de esperanza, que había destruido la razón y había robado tantas almas…

A un lado de la celda circular una nueva sacudida recorrió el despojo humano arrancando un nuevo grito de su garganta. Un rugido de ira y dolor, de angustia y muerte, pero sólo estaban las ratas para escucharlo.

De nuevo abrió los ojos, su única tarea era evitar caer otra vez en un pozo de recuerdos, no importaba ni siquiera que cualquier momento pudiera ser el último, el último latido de su corazón, el último aliento. Se descubrió a sí mismo clavando sus uñas en su propia carne, en su propio rostro, las gotas de sangre resbalaban por su frente y mejillas y se perdían por su poblada barba, para descubrir que traspasar el bosque de vello no daba paso a la dulce libertad, sino a una caída amarga. Un segundo parecía una eternidad, y los hilillos de vida, exhaustos y agonizantes se desprendían por el precipicio de amargura, y sin ver el sol en su corta existencia ponían fin a su carrera estallando contra la húmeda piedra. No tardarían en acompañarle unos pequeños inquilinos con los que tanto había intimado los últimos días, o meses, quién sabe, incluso años o décadas.

Las goteras repiqueteaban regularmente, y como un hipnotizador silencioso acompasaban su respiración y absorbían sus pensamientos, adoptando en su imaginación un oscuro tono rojizo.

Mientras, el reloj de arena dejaba que los granitos se desprendieran uno a uno, él no los veía, pero los sentía fluir entre las rejas que cubrían el pozo que ocupaba el centro de la prisión.

Su esperanza había visto truncado el intento de asir un clavo ardiendo en la muerte que le rodeaba, el único ancla que evitaba que su cuerpo se desintegrase absorbido por la noche azabache era el contacto de su encorvada espalda contra la dura pared. Una pared que había vigilado sin descanso todas y cada una de las vidas que había encerrado, que había sentido como las uñas sedientas de libertad daban paso a otras desgastadas y sucias, resignadas y desesperadas, capaces únicamente de contar sus tristes experiencias.

Su peor enemigo comenzó a recuperar fuerzas, la falta de alimentos no era una barrera para él, y sus párpados fueron cobrando más y más peso. Desde hacía tiempo, no se sabe cuánto, un aliado se había unido a ellos… le susurraba palabras en los oídos, palabras extrañas y carentes de sentido mientras le miraba desde el fondo de la sala con unas cuencas llenas de una luz palpitante.

Morfeo comenzó a adueñarse de su cuerpo, mas su mente se adentraba desamparada en un mundo distante, ahora comenzaban los sueños, ahora comenzaban de nuevo las pesadillas…



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