Dejo esto aquí, de manera inofensiva, y simplemente os invito a que penséis y comparéis.
1984 Por George Orwell
"[...] Pero también resultó claro que un aumento de bieniestar tan extraordinario amenazaba con la destrucción -era ya, en sí mismo, la destrucción- de una sociedad jerárquica. [...] Si la riqueza llegaba a generalizarse, no serviría para distinguir a nadie. Sin duda, era posible imaginarse una sociedad en que la riqueza, en el sentido de posesiones y lujos personales, fuera equitativamente distribuida mientras que el pooder siguiera en manos de una minoría, de una pequeña casta privilegiada. Pero, en la práctica, semejante sociedad no podría conservarse estable, porque si todos disfrutasen por igual del lujo y del ocio, la gran masa de seres humanos, a quienes la pobreza suele imbecilizar, aprenderían muchas cosas y empezarían a pensar por sí mismos; y si empezaban a relfexionar, se darían cuenta más pronto o más tarde que la minoría privilegiada no tenía derecho alguno a imponerse a los demás y acabarían barriéndoles. A la larga, una sociedad jerárquica sólo sería posible basándose en la pobreza y en la ignorancia. [...]
Tampoco era una buena solución mantener la pobreza de las masas restringiendo la producción. Esto se practicó en gran medida entre 1920 y 1940. Muchos países dejaron que su economía se anquilosara. No se renovaba el material indispensable para la buena marcha de las industrias, quedaban sin cultivar las tierras, y grandes masas de población, sin tener en qué trabajar, vivían de la caridad del Estado. [...]
El problema era mantener en marcha las ruedas de la industria sin aumentar la riqueza real del mundo. Los bienes habían de ser producidos pero no distribuidos.
[...] es una manera de pulverizar o de hundir en el fondo del mar los materiales que en la paz constante podrían emplearse para que las masas gozaran de excesiva comodidad, y con ello, se hicieran a la larga demasiado inteligentes.
[...] la idea de que se está en guerra, y por tanto en peligro, hace que la entrega de todo el poder a una reducida casta parezca la condición para sobrevivir.
Se verá que la guerra no sólo realiza la necesaria distinción, sino que la efectúa de un modo aceptable psicológicamente. En principio, sería muy sencillo derrochar el trabajo sobrante construyendo templos y pirámides, abriendo zanjas y volviéndolas a llenar o incluso produciendo inmensas cantidades de bienes y prendiéndoles fuego. Pero esto sólo daría la base económica y no la emotiva para una sociedad jerarquizada. Lo que interesa no es la moral de las masas, cuya actitud no importa mientras se hallen absorbidas por su trabajo, sino la moral del Partido [o Estado] mismo. [...]
No importa que haya o no haya guerra, y, ya que no es posible una victoria decisiva, tampoco importa si la guerra [o distracción creada por el Estado] va bien o mal. [...]
Supongo que esta situación os suena. Pero la realidad es que la escribió George Orwell antes de 1950.
También advertir que si esta obra la escribió para denunciar el capitalismo, fueron ellos los que la utilizaron para criticar el comunismo. Lo cual indica que algo falla, tanto en uno como en otro sistema.
Distinto escenario, misma estrategia.
Historias que nacen de la imaginación de un estudiante de periodismo que quiere desarrollar sus facultades de escritura para algún día, quién sabe...
martes, 7 de diciembre de 2010
martes, 30 de noviembre de 2010
Viaje a través de la mentira
Una nueva historia que llega junto al frío del invierno. Lo único que pido a quien se la vaya a leer es que la lea hasta el final y no se haga ideas antes de terminarla, porque serían equivocadas.
Disfrutadla.
Viaje a través de la mentira
La cremallera finalizó su característico sonido a la vez que terminaba de abrocharme la gruesa cazadora azul marino y me preparaba para el frío.
Cerré la puerta lo más suavemente posible a la vez que miraba la plancha de madera que cubría la entrada del piso de mis vecinos, unos desconocidos, de los que no podía evitar imaginar una pareja con problemas, los cuales, aun oyéndolos a través de las paredes nada más, pudieran finalizar violentamente y de manera física.
Esperé un irritante rato a que subiera el ascensor, del cual salí y pasé por delante de los buzones de correos a la vez que elucubraba sobre los inquilinos, los típicos que hacían ruido, los que existían nada más que para quejarse, el que tenía un perro mal educado que se dedicaba a dejar muestras ya sean invisibles ya tangibles de su paso, las cincuentonas marujas que tiran su tiempo leyendo revistas basura o despotricando sin saber, los que dejaban la puerta del portal abierta dejando colarse tanto a indeseables como al frío que me golpeaba el rostro…
Andando hacia la parada me pude encontrar a la típica viejecita que arrastraba un carro vacío de la compra, que sirve de barrera en caso de que alguien con prisa la quiera adelantar, del que tiraba como alma que lleva el Diablo aun teniendo todo el tiempo del mundo para hacer sus banalidades. Se situaba frente a un bar en el que descansaban animadamente charlando y perdiendo el tiempo dos hombres con, casi seguro, una familia con mucha más necesidad de su compañía. Había aparcado un taxi en el que se apoyaba uno de ellos, encima sería de esos que aparte de conducir bebidos, como todos los rusos, era un ladrón y un jeta que tiraban por el camino más largo, y más caro. El otro parecía un albañil, por su mono, de los que se junta con otros tantos para que uno trabaje mientras los otros cinco miran y se ríen comentando el partido de fútbol de turno o lanzan piropos como simios a cualquier mujer que se les pone a tiro. Los dos bebían un vino y una cerveza adulterados por el caradura del bar para arañar unos cuantos céntimos más.
Una vez en el autobús me dispuse a sentarme pero me di cuenta de que todos los lugares se encontraban ocupados o cerrados estratégicamente por ancianos que a pesar de estar de esa manera colocados en el asiento exterior para que nadie se siente junto a ellos miran a todas las chicas el trasero, y si se encuentran de pié no dudan en usar su artimañas para quitarte el asiento o molestarte lo más que puedan con el bastón o el periódico. Y precisamente una persona se encuentra leyendo un diario, escrito además por soplavelas mentirosos y manipuladores, concretamente uno de izquierdas, así que tras esa hoja se debía encontrar el rostro de un proletario ignorante que votaba por las herejías abortistas. A su derecha, un hombre de mediana edad lo observa por el rabillo del ojo y con una mueca de desprecio, bien vestido para ir en un autobús y con una pulsera fina con la bandera de España, de los que abogan contra el matrimonio homosexual aunque no les incumba y prefieren el ABC pro-monarquía, una familia real de jetas que salvaron la “democracia” en nuestro país.
Un par de paradas más tarde en las que se fueron bajando los niños insoportables con su griterío poco inteligente y sin sentido pude reposar mi peso junto a un joven que se encontraba manipulando su móvil de última generación, a pesar de dedicarse a mirar tonterías de redes sociales y a malgastar su tiempo y dinero de sus padres en ello. De su mochila abierta sobresalía un libro en el que pude leer una asignatura de no sé qué computación, debía de ser uno de esos informáticos extraños y sectarios que dedican su vida a ser fanáticos de algún cómic o película que ellos llaman “de culto”.
Durante el trayecto, observando a través del cristal pude ver cómo un grupo de adolescentes andaba animadamente cuesta arriba con bolsas de plástico, que aunque fueran blancas y no se pudiera ver el interior contendrían litronas o cartones de vino para montar su improductivo botellón y privarían de sus ingresos a los dueños de bares y discotecas, esos precisamente que te dan garrafón y te cobran un dineral por ese veneno, esos encima que se quejan a los políticos y les llenan el bolsillo con manos ligeras con tal de prohibir actos en los que se beba libremente, haciendo uso de unos lugares por los que pagamos y que deberíamos poder utilizar a nuestro gusto y con vistas a nuestro provecho.
Al finalizar mi línea de autobús me bajé y con empujones me dirigí hacia la estación del metro. Una bajada al infierno a través de escaleras mecánicas, luces vacilantes y techos con goteras para después tener que pasar un ticket por una máquina cerca de la cual se encontraba un grupo de guardas de seguridad con su aspecto chulesco e intimidante, pero que después cuando de verdad hay problemas no mueven un dedo por ti ni por nadie.
Justo delante de mí pasó, o intentó pasar, una chica de aspecto más que cuidado, por decir de alguna manera, una pija de las que malgastan su tiempo en ver escaparates y escaparates, a decir verdad como casi todas las mujeres, que son nada más que superficie y que a la hora de enfrentarse a la verdad no pueden ni pasar un pedazo de cartón por una ranura sin montar un escándalo. Este numerito era observado por un buen número de personas, las cuales no ayudaban y se limitaban a mirar con gesto reprobador a la chica, tampoco sé si por su inutilidad o por las mallas de leopardo que daban el toque hortera al conjunto que llevaba.
Superado este obstáculo conseguí llegar hasta el metro deseado, y digo deseado porque me dejaba cerca de mi meta, no porque tuviera vagones lujosos con asientos cómodos y aire fresco. Una vez entré intenté divisar un asiento de mi gusto y analicé en cuestión de segundos todas las situaciones posibles.
La primera se encontraba cerca de un negro y un sudamericano que descarté por posibles problemas y para evitar el dolor de cabeza que me podía salir si al ecuatoriano le daba por sacar su móvil y poner la maldita música latina que parece les viene de serie en los aparatos.
La segunda estaba justo al lado de un inglés, que si bien parecía estar en plenas condiciones mentales y físicas bien podía estar bebido como suelen hacer sus compatriotas.
Otro asiento estaba manchado, indudablemente por el viajero junto a él, que vestía con un chándal raído y tenía el pelo estropajoso, uno de esos mendigos que huelen mal y de los que quieres alejarte a toda costa.
El último tenía a la diestra a un alemán rubio y alto, con pinta de nazi, a pesar de haberse pasado hace mucho esas penalidades, y a la siniestra a un hombre con los ojos rasgados, un Chino, y es que a todos nos parecen chinos los que tienen ojos rasgados. Cuando elegí ese asiento no pude evitar pensar en que hay muchos millones de personas más repartidos por los países que rodean la República Popular de China, y que también tienen los ojos de esa manera, como fueran los Vietnamitas, que sólo recordamos por haber expulsado a los gordos e imperialistas yanquis, ahora menos sebosos gracias a Obama, o los Japoneses, tan currantes o más que los propios chinos.
Una vez divisé que el vehículo comenzaba a disminuir de velocidad cuando llegaba a mi parada de metro me dispuse a bajar. Subí andando las escaleras mecánicas que algún desgraciado había pulsado con el pié impidiendo a la gente usarlas.
La estación estaba casi vacía pero había dos trabajadores del metro que habían sacado fuera de una puerta de servicio una bobina de cable y la llevaban a cuestas. Se habían dejado abierta la portezuela de la que emanaba una luz pálida y fría. Al pasar cerca de ella no pude evitar mirar hacia adentro. Lo que vi me dejó asombrado y con la boca abierta. Volví la cabeza a la vez que los operarios giraban la esquina y desaparecían de mi campo de visión.
No pude soportar la curiosidad y el impulso me llevó a asomarme por la puerta un poco más. Los rollos gigantescos de cables y metal se amontonaban junto con la suciedad. Herramientas de todo tipo y desconocidos usos apiladas contra escaleras polvorientas. El techo tenía unas luces fluorescentes cubiertas por mallas de metal, los tubos parpadeaban, y uno de ellos incluso estaba colgando por entre un agujero de la protección, brillando a pesar de ello.
Al final de la pequeña supuesta sala estaba el sujeto de mi fascinación.
Unas escaleras mecánicas antiguas, puestas una al lado de otra hasta sumar cuatro subían hacia un lugar desconocido e imposible.
El polvo formaba una capa gruesa en el pasamanos de goma desgastada y en los escalones de acero.
Me acerqué a ellas y me dispuse a subirlas andando, pues no había corriente en ese lugar.
Alcé mi cara hacia el final de las escaleras, mas no alcanzaba a ver otra cosa que una luz infinita y anémica y un cartel de dirección. Ponía:
Supongo quevosotros pensáis alguna de las cosas que he expuesto, incluso yo, que simplemente he exagerado las ideas. Por eso las he recopilado y he construido una historia con todas ellas juntas, para que se pueda observar el ridículo de pensar que todas las personas responden a nuestros prejuicios.
Disfrutadla.
Viaje a través de la mentira
La cremallera finalizó su característico sonido a la vez que terminaba de abrocharme la gruesa cazadora azul marino y me preparaba para el frío.
Cerré la puerta lo más suavemente posible a la vez que miraba la plancha de madera que cubría la entrada del piso de mis vecinos, unos desconocidos, de los que no podía evitar imaginar una pareja con problemas, los cuales, aun oyéndolos a través de las paredes nada más, pudieran finalizar violentamente y de manera física.
Esperé un irritante rato a que subiera el ascensor, del cual salí y pasé por delante de los buzones de correos a la vez que elucubraba sobre los inquilinos, los típicos que hacían ruido, los que existían nada más que para quejarse, el que tenía un perro mal educado que se dedicaba a dejar muestras ya sean invisibles ya tangibles de su paso, las cincuentonas marujas que tiran su tiempo leyendo revistas basura o despotricando sin saber, los que dejaban la puerta del portal abierta dejando colarse tanto a indeseables como al frío que me golpeaba el rostro…
Andando hacia la parada me pude encontrar a la típica viejecita que arrastraba un carro vacío de la compra, que sirve de barrera en caso de que alguien con prisa la quiera adelantar, del que tiraba como alma que lleva el Diablo aun teniendo todo el tiempo del mundo para hacer sus banalidades. Se situaba frente a un bar en el que descansaban animadamente charlando y perdiendo el tiempo dos hombres con, casi seguro, una familia con mucha más necesidad de su compañía. Había aparcado un taxi en el que se apoyaba uno de ellos, encima sería de esos que aparte de conducir bebidos, como todos los rusos, era un ladrón y un jeta que tiraban por el camino más largo, y más caro. El otro parecía un albañil, por su mono, de los que se junta con otros tantos para que uno trabaje mientras los otros cinco miran y se ríen comentando el partido de fútbol de turno o lanzan piropos como simios a cualquier mujer que se les pone a tiro. Los dos bebían un vino y una cerveza adulterados por el caradura del bar para arañar unos cuantos céntimos más.
Una vez en el autobús me dispuse a sentarme pero me di cuenta de que todos los lugares se encontraban ocupados o cerrados estratégicamente por ancianos que a pesar de estar de esa manera colocados en el asiento exterior para que nadie se siente junto a ellos miran a todas las chicas el trasero, y si se encuentran de pié no dudan en usar su artimañas para quitarte el asiento o molestarte lo más que puedan con el bastón o el periódico. Y precisamente una persona se encuentra leyendo un diario, escrito además por soplavelas mentirosos y manipuladores, concretamente uno de izquierdas, así que tras esa hoja se debía encontrar el rostro de un proletario ignorante que votaba por las herejías abortistas. A su derecha, un hombre de mediana edad lo observa por el rabillo del ojo y con una mueca de desprecio, bien vestido para ir en un autobús y con una pulsera fina con la bandera de España, de los que abogan contra el matrimonio homosexual aunque no les incumba y prefieren el ABC pro-monarquía, una familia real de jetas que salvaron la “democracia” en nuestro país.
Un par de paradas más tarde en las que se fueron bajando los niños insoportables con su griterío poco inteligente y sin sentido pude reposar mi peso junto a un joven que se encontraba manipulando su móvil de última generación, a pesar de dedicarse a mirar tonterías de redes sociales y a malgastar su tiempo y dinero de sus padres en ello. De su mochila abierta sobresalía un libro en el que pude leer una asignatura de no sé qué computación, debía de ser uno de esos informáticos extraños y sectarios que dedican su vida a ser fanáticos de algún cómic o película que ellos llaman “de culto”.
Durante el trayecto, observando a través del cristal pude ver cómo un grupo de adolescentes andaba animadamente cuesta arriba con bolsas de plástico, que aunque fueran blancas y no se pudiera ver el interior contendrían litronas o cartones de vino para montar su improductivo botellón y privarían de sus ingresos a los dueños de bares y discotecas, esos precisamente que te dan garrafón y te cobran un dineral por ese veneno, esos encima que se quejan a los políticos y les llenan el bolsillo con manos ligeras con tal de prohibir actos en los que se beba libremente, haciendo uso de unos lugares por los que pagamos y que deberíamos poder utilizar a nuestro gusto y con vistas a nuestro provecho.
Al finalizar mi línea de autobús me bajé y con empujones me dirigí hacia la estación del metro. Una bajada al infierno a través de escaleras mecánicas, luces vacilantes y techos con goteras para después tener que pasar un ticket por una máquina cerca de la cual se encontraba un grupo de guardas de seguridad con su aspecto chulesco e intimidante, pero que después cuando de verdad hay problemas no mueven un dedo por ti ni por nadie.
Justo delante de mí pasó, o intentó pasar, una chica de aspecto más que cuidado, por decir de alguna manera, una pija de las que malgastan su tiempo en ver escaparates y escaparates, a decir verdad como casi todas las mujeres, que son nada más que superficie y que a la hora de enfrentarse a la verdad no pueden ni pasar un pedazo de cartón por una ranura sin montar un escándalo. Este numerito era observado por un buen número de personas, las cuales no ayudaban y se limitaban a mirar con gesto reprobador a la chica, tampoco sé si por su inutilidad o por las mallas de leopardo que daban el toque hortera al conjunto que llevaba.
Superado este obstáculo conseguí llegar hasta el metro deseado, y digo deseado porque me dejaba cerca de mi meta, no porque tuviera vagones lujosos con asientos cómodos y aire fresco. Una vez entré intenté divisar un asiento de mi gusto y analicé en cuestión de segundos todas las situaciones posibles.
La primera se encontraba cerca de un negro y un sudamericano que descarté por posibles problemas y para evitar el dolor de cabeza que me podía salir si al ecuatoriano le daba por sacar su móvil y poner la maldita música latina que parece les viene de serie en los aparatos.
La segunda estaba justo al lado de un inglés, que si bien parecía estar en plenas condiciones mentales y físicas bien podía estar bebido como suelen hacer sus compatriotas.
Otro asiento estaba manchado, indudablemente por el viajero junto a él, que vestía con un chándal raído y tenía el pelo estropajoso, uno de esos mendigos que huelen mal y de los que quieres alejarte a toda costa.
El último tenía a la diestra a un alemán rubio y alto, con pinta de nazi, a pesar de haberse pasado hace mucho esas penalidades, y a la siniestra a un hombre con los ojos rasgados, un Chino, y es que a todos nos parecen chinos los que tienen ojos rasgados. Cuando elegí ese asiento no pude evitar pensar en que hay muchos millones de personas más repartidos por los países que rodean la República Popular de China, y que también tienen los ojos de esa manera, como fueran los Vietnamitas, que sólo recordamos por haber expulsado a los gordos e imperialistas yanquis, ahora menos sebosos gracias a Obama, o los Japoneses, tan currantes o más que los propios chinos.
Una vez divisé que el vehículo comenzaba a disminuir de velocidad cuando llegaba a mi parada de metro me dispuse a bajar. Subí andando las escaleras mecánicas que algún desgraciado había pulsado con el pié impidiendo a la gente usarlas.
La estación estaba casi vacía pero había dos trabajadores del metro que habían sacado fuera de una puerta de servicio una bobina de cable y la llevaban a cuestas. Se habían dejado abierta la portezuela de la que emanaba una luz pálida y fría. Al pasar cerca de ella no pude evitar mirar hacia adentro. Lo que vi me dejó asombrado y con la boca abierta. Volví la cabeza a la vez que los operarios giraban la esquina y desaparecían de mi campo de visión.
No pude soportar la curiosidad y el impulso me llevó a asomarme por la puerta un poco más. Los rollos gigantescos de cables y metal se amontonaban junto con la suciedad. Herramientas de todo tipo y desconocidos usos apiladas contra escaleras polvorientas. El techo tenía unas luces fluorescentes cubiertas por mallas de metal, los tubos parpadeaban, y uno de ellos incluso estaba colgando por entre un agujero de la protección, brillando a pesar de ello.
Al final de la pequeña supuesta sala estaba el sujeto de mi fascinación.
Unas escaleras mecánicas antiguas, puestas una al lado de otra hasta sumar cuatro subían hacia un lugar desconocido e imposible.
El polvo formaba una capa gruesa en el pasamanos de goma desgastada y en los escalones de acero.
Me acerqué a ellas y me dispuse a subirlas andando, pues no había corriente en ese lugar.
Alcé mi cara hacia el final de las escaleras, mas no alcanzaba a ver otra cosa que una luz infinita y anémica y un cartel de dirección. Ponía:
Hacia un mundo sin prejuicios
Supongo quevosotros pensáis alguna de las cosas que he expuesto, incluso yo, que simplemente he exagerado las ideas. Por eso las he recopilado y he construido una historia con todas ellas juntas, para que se pueda observar el ridículo de pensar que todas las personas responden a nuestros prejuicios.
viernes, 20 de agosto de 2010
Urracas
Bueno aquí tenéis la nueva historia, espero que también os refresque un poco. La cuelgo hoy porque mañana con el avión y tal voy a tenerlo difícil.
Un saludo a todos.
Como hace millones de años, las manos se entrecerraron alrededor de un hallazgo vital para el ser humano: el fuego.
Mucho distaba esta situación de aquella, en la que había que hacer entrechocar determinadas piedras incansablemente y con cierta habilidad para prender una pequeña fogata, de hacer girar una ruedecilla para encender el gas de un mechero que podíamos encontrar en casi cualquier establecimiento. Pero la satisfacción al fin y al cabo era la misma, sin bien el propósito diferente.
El guarda aspiró aire a través de sus labios para prender el cigarro. La cara, protegida por una gorra y el cuello de la cazadora, se iluminó unos segundos. Después, aspiró de nuevo el humo emponzoñado hacia sus pulmones, y se relajó.
No duró mucho su alegría, una vez saciado el impulso adicto de su mente, recordó que un paso más adelante, fuera del área protegida por el tejadillo, el agua no cesaba de caer, la lluvia se sumaba a los chorros que escupían las horribles gárgolas con forma de animales, que bajo la tenue luz de los focos, farolas y en ocasiones rayos, cobraban vida.
La Luna ausente, cubierta por un espeso manto de nubes negras, no invitaba a abandonar el resguardo del Museo. Pero las normas así lo establecían para fumar. Un riesgo no sólo para la salud, pues para atravesar la puerta su único compañero, que se quedaba en la cabina de guardia, debía de desactivar temporalmente las alarmas que protegían las entradas y ventanas del edificio.
Pegado aún a la pared victoriana erigida en el siglo XVII dirigió su mirada hacia la calle evitando con su voluntad lo que no podía su rabillo del ojo: las sombras de cientos de seres animados escalando y moviéndose, proyectando sus sombras alargadas en los ladrillos, envolviendo cualquier atisbo de luz. Lobos, águilas y carneros desbocados con garras de ónix.
Instaladas sobre la valla que separaba la propiedad del Museo de Historia Natural había decenas de cámaras de vigilancia, prácticamente inútiles, enfocando a zonas escasamente alumbradas por focos.
Un trueno retumbó por toda la ciudad de Londres.
La cortina de densa lluvia no ayudaba a su labor de guardia. Y el repentino haz de luz que iluminó todo obligó a que cerrara los ojos. Una vez abiertos tuvo que acostumbrarlos de nuevo a la oscuridad.
Una sombra fugaz pasó por la periferia de su campo visual. Alarmado, giro su cabeza e intentó vislumbrar algo. Aunque desistió a los pocos segundos al no poder percibir nada claro. Se resguardó de nuevo contra el viento y prosiguió con su cigarrillo.
Aun y así, la sombra se siguió moviendo. Deslizándose por la pared, colgada de una cuerda atada a una pequeña valla herrumbrosa del tejado.
Empujándose con los pies y soltando poco a poco la polea llegó a la altura de la venta del primer piso.
Un cristal enorme, dividido en ocho cuadrados con 2 columnas y encuadrado por un arco de piedra tallada con animales y motivos florales, se interponía en su paso al interior.
Colgado desde la cuerda y con una capa semi-impermeable sacó una pequeña palanquita de uno de sus bolsillos y se dispuso a romper el ajado cierre de las ventanas. Se debía de dar prisa antes de que volvieran a conectar la alarma.
Un trueno desposado de rayo se hizo eco por los largos y vacíos pasillos. El viento acompañó y apagó el efímero ruido con un soplido. Alzando ligeramente la parte inferior de la enorme ventana se asomó cuidadosamente al interior. Según su informe se encontraba en los cuartos de baño femeninos, en los que debía existir un sensor de luz que activaba las luces al detectar la presencia humana. Éste sería su peor enemigo, pues debía de evitar que la luz se encendiera a toda costa y llamara la atención del guarda que se encontraba en el exterior o de cualquier transeúnte paranoico. Pero todo mecanismo tiene su punto débil, y aunque podía inhibirlo por unos segundos mediante un potente campo magnético, con moverse fuera del área al que estaba orientado el sensor era suficiente.
Una vez localizado su objetivo en la pared, en una esquina de la entrada, enfocando la puerta, penetró en la estancia y se descolgó de la cuerda. Colocó de nuevo la ventana en su sitio, de manera que no se activase la alarma al ponerse de nuevo en funcionamiento, no sin antes amarrar la cuerda a uno de los asideros del marco. Se quitó la capa empapada y la guardó a la vez que sacaba un trapo con el que secarse las suelas y eliminar los restos de agua del poyete.
Caminando cuidadosamente por encima de los tablones que separaban un cuarto de otro alcanzó la pared sobre la que estaba instalado el sensor. Ahora tendría que tener cuidado con su propio movimiento y no hacer saltar la luz.
El filo de la navaja destelló con la tenue luz que entraba desde la ventaja y con una suave inclinación cortó limpiamente los cables.
Saltó al suelo sin temor a ser visto ni oído desde ahí y se reclinó sobre sus rodillas y talones, de cuclillas.
Abrió la moderna puerta de cristal y asomó la cabeza. Una oscuridad absoluta reinaba enfrente de él, casi podía hasta palparla. Aun y así, al fondo del pasillo se podía vislumbrar una bifurcación con una luz plagada de colores y malos augurios.
Con un suave movimiento, colocó sus gafas de visión nocturna sobre su cara y las encendió. El mundo que le rodeaba, ahora perceptible, adquirió un resplandor verdoso. A partir de ahora no sería más que tres pequeñas luces verdes pululando por el edificio.
Las paredes que le rodeaban se formaban de grandes bloques de piedra, del tamaño de un torso adulto, y cada diez metros eran surcadas por grandes columnas de trabajadas bases que terminaban en bóvedas esculpidas con flores. A ambos lados se sucedían numerosas y enormes puertas de robusta madera terminadas en media punta, todas ellas cerradas.
El suelo, enlosado, alternaba en formas geométricas simples baldosas de mármol blanco y rosado.
Avanzó sin producir ruido a lo largo del pasillo hasta su final. Luego giró a la izquierda y prosiguió lenta pero cuidadosamente su camino. Al final del nuevo pasillo se podía percibir un brillo mucho más intenso con sus gafas, por lo que tuvo que quitase temporalmente el artilugio y apagarlo.
Cuando dobló el recodo pudo observar como el edificio se abría en una amplia nave rectangular. Al primer piso llegaba una escalinata enorme que se abría al final de la entrada al museo y se dividía en dos al chocar contra la pared del fondo, como una cascada. En medio un puente unía los dos extremos. Arriba, tanto a lo alto de la entrada como en su opuesto, unas vidrieras grandiosas con millares de formas y colores coronaban un techo oscurecido por su gran altura. Abajo, en el suelo, una impactante imagen, pues el esqueleto de un dinosauro estaba suspendido con su cuello y cola erguidos, que se tornaba vivo cuando algún rayo iluminaba, a través de las cristaleras el magnífico espectáculo.
Junto a los huesos del saurópodo se encontraba el guarda, ya dentro del edificio, con la linterna en su mano. Se dirigía al fondo, a una sala que se escondía debajo de las escaleras.
Dentro de poco harían su ronda de inspección. Por lo que, siguiendo la pared en la que se encontraba, se dirigió hacia su destino.
Dobló una esquina que se encontraba aproximadamente a la mitad del primer piso, y último en el caso de la sala principal. Unas decenas de metros más allá una puerta inusualmente grande y gruesa cerraba el paso.
De nuevo con la visión nocturna activada se dirigió hacia el final del corredor.
Cuando llegó al final, rápidamente, cogió un pequeño bote que sostenía amarrado a su cinto. Lo agitó envuelto en un trapo para ahogar el ruido que pudiera hacer, y roció las bisagras de la puerta derecha rápidamente, limpiándolas y esparciendo mejor el contenido con la tela.
Lo guardó todo y sacó una pequeña herramienta eléctrica del tamaño de un cepillo automático. Insertó el fino cabezal en la cerradura, de tal manera que con un poco de trabajo, y algo más ruido del deseado, se pudo escuchar un clic al final.
Retiró la ganzúa rápidamente y de manera pesada deslizó el portón hasta formar una pequeña rendija por la que colarse. Una vez adentro, entornó la puerta hasta su posición original. Ahora se encontraba en la sección de Earth`s Treasury, o Los Tesoros de la Tierra.
En el interior, un largo pasillo de paredes negras con columnas y paredes en su centro, todo sembrado de estantes. El laberinto artificial tenía tres caminos diferentes, de los cuales escogió el central en un principio, para dirigirse a la izquierda, recto y de nuevo a la izquierda. Llegó rápidamente a la final de la exposición, en una pared que relataba el tallado de los diamantes. El escaparate constaba de un círculo central con una pantalla, y cuatro más abajo. Observó detenidamente y pudo ver cómo dentro del primer habitáculo el cristal estaba en su forma pura, y en cada paso, tallado, pulido y forma final, avanzaba y en el cuarto se podía observar un diamante que cubría toda la palma de la mano, tallado de manera exquisita.
Todas las urracas se embelesan con los brillos de los objetos centelleantes, pero la verdad es que no sabía a ciencia cierta, por qué le habían encargado robar un diamante vistosamente falso. Una imitación, eso sí, de las mejores, de un cristal de carbono.
Pero él no estaba aquí para emitir juicios de valor, al fin y al cabo, le habían dado cinco días para hacerse con el brillante, a descontar un millón por cada día que tardara. Y este ya era el tercero.
Sacó un martillo de su bolsa y golpeó el cabezal fuertemente contra el cristal que revestía el agujero en el que estaba metida la imitación. Rompiéndose en cientos de pedazos no muy gruesos, y no dejando saltar alarma alguna, manifestaba claramente el valor de ese “diamante”.
Ahora le tocaba hacer la vuelta atrás. Pero tampoco tenía prisa, pues al guarda le tardarían en entrar ganas de fumar de nuevo, y más tal y como estaba la meteorología.
Volvió sobre sus pasos hasta dar con la puerta de la colección de minerales y entreabrió cuidadosamente la puerta. Más allá, subiendo la escalinata, uno de los guardias se disponía a empezar su ronda por este piso. El haz de luz de la linterna oscilaba como un centinela en busca de una pista que jamás encontraría.
Veinte minutos más tarde, tras haberse quedado escondido en la sala en la que no entrarían, salió de su escondrijo y se dirigió a la esquina desde la que antes, apostado, había observado al otro guardia.
Tardó una hora en percibir si quiera un sonido. Pero esta vez eran gritos y no voces. De la sala de vigilancia salía el guardia dispuesto a fumar.
-Me da igual que no quieras que salga a echarme otro pitillo. Acabo de hacer esta ronda por ti y voy a ir ahora mismo.
-¡Cada vez que sales nos jugamos el cuello! Estoy hasta los cojones de tus cigarritos.
-Mira, si quieres pon la alarma según salga por la puerta, pero déjame en paz ¿vale?
-Por supuesto que lo haré, ¡pero ojalá te caiga un jodido rayo!
-Mientras vuelvas a quitar el dispositivo cuando vuelva y te avise por walkie, como si me cae un meteorito.
El corazón del ladrón empezó a latir con furia. Todo el plan se iría al traste con un movimiento como ese. Sin pensárselo dos veces se dirigió al puente que cruzaba la sala de un lado a otro.
El guarda ya estaba pasando la mole de huesos cuando llegó velozmente hasta mitad de la pasarela con un gancho preparado en la mano. Con un rápido movimiento lo clavó en la barandilla y saltó al vacío.
Nunca había rezado, pero esta sería la primera vez que lo haría por que el guarda no mirara hacia arriba. Sin embargo éste estaba demasiado ocupado cogiendo el manojo de llaves frente a la puerta, unos metros más allá.
El centinela ya había escogido la llave correcta y se disponía a introducirla en la cerradura de la puerta principal cuando el ladrón se descolgaba por la cuerda a toda velocidad. Y cuando por fin la hizo girar sobre el pasador escuchó un ruido sordo detrás de él.
A penas se giró pudo ver cómo una sombra detrás de él le apuntaba con un táser (pistola eléctrica) que disparó seguidamente impactando los bornes de los cables en su cuello. La descarga fue terrible y le dejó casi sin consciencia. Su cuerpo no respondía y se convulsionaba violentamente. Tan pronto se disponía a disminuir la intensidad del shock eléctrico sus rodillas fallaron y se precipitó al suelo. Pero no le dio tiempo a ver cómo chocaba contra él, pues el ladrón se había abalanzado contra él rápidamente y sujetándole la cabeza con las dos manos le propinó un enérgico rodillazo en la sien. No lo suficiente para matarlo, creía, pero sí para dejarlo inconsciente durante bastante tiempo.
Cogió rápidamente el proyectil de la pistola y se lo guardó a la vez que se hacía con la gorra del guardia y se la colocaba en la cabeza.
Giró la llave en la cerradura y salió tranquilamente por la puerta, pues una cámara le estaba enfocando en estos mismos instantes colocada en la magnífica entrada de piedra, formada por arcos de piedra tallada superpuestos y una gran puerta de madera, con otras dos portezuelas en sus lados.
La puerta se cerró sola mientras él se desplazaba poco a poco hacia las sombras, intentando ocultar lo posible todo su cuerpo con la gorra para así no llamar la atención. Con mucha suerte, las cámaras no tendrían una buena capacidad de visión por la noche.
La alarma tardaría en sonar unos cuantos minutos. Suficientes para que nuestro personaje se hubiera fundido con las sombras, y con su brillante cargamento de cristal falso, se dirigiera a alimentar los deseos de una urraca.
Un saludo a todos.
Como hace millones de años, las manos se entrecerraron alrededor de un hallazgo vital para el ser humano: el fuego.
Mucho distaba esta situación de aquella, en la que había que hacer entrechocar determinadas piedras incansablemente y con cierta habilidad para prender una pequeña fogata, de hacer girar una ruedecilla para encender el gas de un mechero que podíamos encontrar en casi cualquier establecimiento. Pero la satisfacción al fin y al cabo era la misma, sin bien el propósito diferente.
El guarda aspiró aire a través de sus labios para prender el cigarro. La cara, protegida por una gorra y el cuello de la cazadora, se iluminó unos segundos. Después, aspiró de nuevo el humo emponzoñado hacia sus pulmones, y se relajó.
No duró mucho su alegría, una vez saciado el impulso adicto de su mente, recordó que un paso más adelante, fuera del área protegida por el tejadillo, el agua no cesaba de caer, la lluvia se sumaba a los chorros que escupían las horribles gárgolas con forma de animales, que bajo la tenue luz de los focos, farolas y en ocasiones rayos, cobraban vida.
La Luna ausente, cubierta por un espeso manto de nubes negras, no invitaba a abandonar el resguardo del Museo. Pero las normas así lo establecían para fumar. Un riesgo no sólo para la salud, pues para atravesar la puerta su único compañero, que se quedaba en la cabina de guardia, debía de desactivar temporalmente las alarmas que protegían las entradas y ventanas del edificio.
Pegado aún a la pared victoriana erigida en el siglo XVII dirigió su mirada hacia la calle evitando con su voluntad lo que no podía su rabillo del ojo: las sombras de cientos de seres animados escalando y moviéndose, proyectando sus sombras alargadas en los ladrillos, envolviendo cualquier atisbo de luz. Lobos, águilas y carneros desbocados con garras de ónix.
Instaladas sobre la valla que separaba la propiedad del Museo de Historia Natural había decenas de cámaras de vigilancia, prácticamente inútiles, enfocando a zonas escasamente alumbradas por focos.
Un trueno retumbó por toda la ciudad de Londres.
La cortina de densa lluvia no ayudaba a su labor de guardia. Y el repentino haz de luz que iluminó todo obligó a que cerrara los ojos. Una vez abiertos tuvo que acostumbrarlos de nuevo a la oscuridad.
Una sombra fugaz pasó por la periferia de su campo visual. Alarmado, giro su cabeza e intentó vislumbrar algo. Aunque desistió a los pocos segundos al no poder percibir nada claro. Se resguardó de nuevo contra el viento y prosiguió con su cigarrillo.
Aun y así, la sombra se siguió moviendo. Deslizándose por la pared, colgada de una cuerda atada a una pequeña valla herrumbrosa del tejado.
Empujándose con los pies y soltando poco a poco la polea llegó a la altura de la venta del primer piso.
Un cristal enorme, dividido en ocho cuadrados con 2 columnas y encuadrado por un arco de piedra tallada con animales y motivos florales, se interponía en su paso al interior.
Colgado desde la cuerda y con una capa semi-impermeable sacó una pequeña palanquita de uno de sus bolsillos y se dispuso a romper el ajado cierre de las ventanas. Se debía de dar prisa antes de que volvieran a conectar la alarma.
Un trueno desposado de rayo se hizo eco por los largos y vacíos pasillos. El viento acompañó y apagó el efímero ruido con un soplido. Alzando ligeramente la parte inferior de la enorme ventana se asomó cuidadosamente al interior. Según su informe se encontraba en los cuartos de baño femeninos, en los que debía existir un sensor de luz que activaba las luces al detectar la presencia humana. Éste sería su peor enemigo, pues debía de evitar que la luz se encendiera a toda costa y llamara la atención del guarda que se encontraba en el exterior o de cualquier transeúnte paranoico. Pero todo mecanismo tiene su punto débil, y aunque podía inhibirlo por unos segundos mediante un potente campo magnético, con moverse fuera del área al que estaba orientado el sensor era suficiente.
Una vez localizado su objetivo en la pared, en una esquina de la entrada, enfocando la puerta, penetró en la estancia y se descolgó de la cuerda. Colocó de nuevo la ventana en su sitio, de manera que no se activase la alarma al ponerse de nuevo en funcionamiento, no sin antes amarrar la cuerda a uno de los asideros del marco. Se quitó la capa empapada y la guardó a la vez que sacaba un trapo con el que secarse las suelas y eliminar los restos de agua del poyete.
Caminando cuidadosamente por encima de los tablones que separaban un cuarto de otro alcanzó la pared sobre la que estaba instalado el sensor. Ahora tendría que tener cuidado con su propio movimiento y no hacer saltar la luz.
El filo de la navaja destelló con la tenue luz que entraba desde la ventaja y con una suave inclinación cortó limpiamente los cables.
Saltó al suelo sin temor a ser visto ni oído desde ahí y se reclinó sobre sus rodillas y talones, de cuclillas.
Abrió la moderna puerta de cristal y asomó la cabeza. Una oscuridad absoluta reinaba enfrente de él, casi podía hasta palparla. Aun y así, al fondo del pasillo se podía vislumbrar una bifurcación con una luz plagada de colores y malos augurios.
Con un suave movimiento, colocó sus gafas de visión nocturna sobre su cara y las encendió. El mundo que le rodeaba, ahora perceptible, adquirió un resplandor verdoso. A partir de ahora no sería más que tres pequeñas luces verdes pululando por el edificio.
Las paredes que le rodeaban se formaban de grandes bloques de piedra, del tamaño de un torso adulto, y cada diez metros eran surcadas por grandes columnas de trabajadas bases que terminaban en bóvedas esculpidas con flores. A ambos lados se sucedían numerosas y enormes puertas de robusta madera terminadas en media punta, todas ellas cerradas.
El suelo, enlosado, alternaba en formas geométricas simples baldosas de mármol blanco y rosado.
Avanzó sin producir ruido a lo largo del pasillo hasta su final. Luego giró a la izquierda y prosiguió lenta pero cuidadosamente su camino. Al final del nuevo pasillo se podía percibir un brillo mucho más intenso con sus gafas, por lo que tuvo que quitase temporalmente el artilugio y apagarlo.
Cuando dobló el recodo pudo observar como el edificio se abría en una amplia nave rectangular. Al primer piso llegaba una escalinata enorme que se abría al final de la entrada al museo y se dividía en dos al chocar contra la pared del fondo, como una cascada. En medio un puente unía los dos extremos. Arriba, tanto a lo alto de la entrada como en su opuesto, unas vidrieras grandiosas con millares de formas y colores coronaban un techo oscurecido por su gran altura. Abajo, en el suelo, una impactante imagen, pues el esqueleto de un dinosauro estaba suspendido con su cuello y cola erguidos, que se tornaba vivo cuando algún rayo iluminaba, a través de las cristaleras el magnífico espectáculo.
Junto a los huesos del saurópodo se encontraba el guarda, ya dentro del edificio, con la linterna en su mano. Se dirigía al fondo, a una sala que se escondía debajo de las escaleras.
Dentro de poco harían su ronda de inspección. Por lo que, siguiendo la pared en la que se encontraba, se dirigió hacia su destino.
Dobló una esquina que se encontraba aproximadamente a la mitad del primer piso, y último en el caso de la sala principal. Unas decenas de metros más allá una puerta inusualmente grande y gruesa cerraba el paso.
De nuevo con la visión nocturna activada se dirigió hacia el final del corredor.
Cuando llegó al final, rápidamente, cogió un pequeño bote que sostenía amarrado a su cinto. Lo agitó envuelto en un trapo para ahogar el ruido que pudiera hacer, y roció las bisagras de la puerta derecha rápidamente, limpiándolas y esparciendo mejor el contenido con la tela.
Lo guardó todo y sacó una pequeña herramienta eléctrica del tamaño de un cepillo automático. Insertó el fino cabezal en la cerradura, de tal manera que con un poco de trabajo, y algo más ruido del deseado, se pudo escuchar un clic al final.
Retiró la ganzúa rápidamente y de manera pesada deslizó el portón hasta formar una pequeña rendija por la que colarse. Una vez adentro, entornó la puerta hasta su posición original. Ahora se encontraba en la sección de Earth`s Treasury, o Los Tesoros de la Tierra.
En el interior, un largo pasillo de paredes negras con columnas y paredes en su centro, todo sembrado de estantes. El laberinto artificial tenía tres caminos diferentes, de los cuales escogió el central en un principio, para dirigirse a la izquierda, recto y de nuevo a la izquierda. Llegó rápidamente a la final de la exposición, en una pared que relataba el tallado de los diamantes. El escaparate constaba de un círculo central con una pantalla, y cuatro más abajo. Observó detenidamente y pudo ver cómo dentro del primer habitáculo el cristal estaba en su forma pura, y en cada paso, tallado, pulido y forma final, avanzaba y en el cuarto se podía observar un diamante que cubría toda la palma de la mano, tallado de manera exquisita.
Todas las urracas se embelesan con los brillos de los objetos centelleantes, pero la verdad es que no sabía a ciencia cierta, por qué le habían encargado robar un diamante vistosamente falso. Una imitación, eso sí, de las mejores, de un cristal de carbono.
Pero él no estaba aquí para emitir juicios de valor, al fin y al cabo, le habían dado cinco días para hacerse con el brillante, a descontar un millón por cada día que tardara. Y este ya era el tercero.
Sacó un martillo de su bolsa y golpeó el cabezal fuertemente contra el cristal que revestía el agujero en el que estaba metida la imitación. Rompiéndose en cientos de pedazos no muy gruesos, y no dejando saltar alarma alguna, manifestaba claramente el valor de ese “diamante”.
Ahora le tocaba hacer la vuelta atrás. Pero tampoco tenía prisa, pues al guarda le tardarían en entrar ganas de fumar de nuevo, y más tal y como estaba la meteorología.
Volvió sobre sus pasos hasta dar con la puerta de la colección de minerales y entreabrió cuidadosamente la puerta. Más allá, subiendo la escalinata, uno de los guardias se disponía a empezar su ronda por este piso. El haz de luz de la linterna oscilaba como un centinela en busca de una pista que jamás encontraría.
Veinte minutos más tarde, tras haberse quedado escondido en la sala en la que no entrarían, salió de su escondrijo y se dirigió a la esquina desde la que antes, apostado, había observado al otro guardia.
Tardó una hora en percibir si quiera un sonido. Pero esta vez eran gritos y no voces. De la sala de vigilancia salía el guardia dispuesto a fumar.
-Me da igual que no quieras que salga a echarme otro pitillo. Acabo de hacer esta ronda por ti y voy a ir ahora mismo.
-¡Cada vez que sales nos jugamos el cuello! Estoy hasta los cojones de tus cigarritos.
-Mira, si quieres pon la alarma según salga por la puerta, pero déjame en paz ¿vale?
-Por supuesto que lo haré, ¡pero ojalá te caiga un jodido rayo!
-Mientras vuelvas a quitar el dispositivo cuando vuelva y te avise por walkie, como si me cae un meteorito.
El corazón del ladrón empezó a latir con furia. Todo el plan se iría al traste con un movimiento como ese. Sin pensárselo dos veces se dirigió al puente que cruzaba la sala de un lado a otro.
El guarda ya estaba pasando la mole de huesos cuando llegó velozmente hasta mitad de la pasarela con un gancho preparado en la mano. Con un rápido movimiento lo clavó en la barandilla y saltó al vacío.
Nunca había rezado, pero esta sería la primera vez que lo haría por que el guarda no mirara hacia arriba. Sin embargo éste estaba demasiado ocupado cogiendo el manojo de llaves frente a la puerta, unos metros más allá.
El centinela ya había escogido la llave correcta y se disponía a introducirla en la cerradura de la puerta principal cuando el ladrón se descolgaba por la cuerda a toda velocidad. Y cuando por fin la hizo girar sobre el pasador escuchó un ruido sordo detrás de él.
A penas se giró pudo ver cómo una sombra detrás de él le apuntaba con un táser (pistola eléctrica) que disparó seguidamente impactando los bornes de los cables en su cuello. La descarga fue terrible y le dejó casi sin consciencia. Su cuerpo no respondía y se convulsionaba violentamente. Tan pronto se disponía a disminuir la intensidad del shock eléctrico sus rodillas fallaron y se precipitó al suelo. Pero no le dio tiempo a ver cómo chocaba contra él, pues el ladrón se había abalanzado contra él rápidamente y sujetándole la cabeza con las dos manos le propinó un enérgico rodillazo en la sien. No lo suficiente para matarlo, creía, pero sí para dejarlo inconsciente durante bastante tiempo.
Cogió rápidamente el proyectil de la pistola y se lo guardó a la vez que se hacía con la gorra del guardia y se la colocaba en la cabeza.
Giró la llave en la cerradura y salió tranquilamente por la puerta, pues una cámara le estaba enfocando en estos mismos instantes colocada en la magnífica entrada de piedra, formada por arcos de piedra tallada superpuestos y una gran puerta de madera, con otras dos portezuelas en sus lados.
La puerta se cerró sola mientras él se desplazaba poco a poco hacia las sombras, intentando ocultar lo posible todo su cuerpo con la gorra para así no llamar la atención. Con mucha suerte, las cámaras no tendrían una buena capacidad de visión por la noche.
La alarma tardaría en sonar unos cuantos minutos. Suficientes para que nuestro personaje se hubiera fundido con las sombras, y con su brillante cargamento de cristal falso, se dirigiera a alimentar los deseos de una urraca.
martes, 17 de agosto de 2010
domingo, 15 de agosto de 2010
Recuerdos condensados
Si alguien sigue este blog, siento mucho haberle hecho esperar tanto. La verdad es que reconozco haber tardado mucho en escribir una nueva historia. Pero espero que os guste la nueva, y no os preocupéis, porque estoy fraguando otras dos, de hecho ya las he empezado, y planeo terminarlas pronto. Gracias por la espera, y no dudéis en comentar. Sin más:
Un pequeño bache en el camino le provocó una sacudida en la cabeza y le despertó de su sopor. El ambiente estaba pesado en el interior del pequeño autobús a pesar de haber hecho su entrada hacía poco el invierno. Habían anunciado nieve, pero nadie se podía fiar de la meteorología en aquellas fechas, en aquellos años y en aquella parte de España. El resultado era una lluvia tenue, como la luz del día, que quería atender a los deseos predicados.
El viajero dio gracias de haber podido estar solo y que su asiento estuviera al lado de la ventana rectangular y gruesa. Podía sentir el frescor a través de ella.
El viaje se debía de estar haciendo eterno, además, no sabía si por ser de noche o por los nubarrones que habían cubierto el cielo durante todo el día, pero su sentido del tiempo estaba tan perdido como cansadas su espalda y piernas e irritados sus ojos.
Después de frotarse los ojos con las palmas de las manos, bostezar lo más silenciosamente que pudo y estirar un poco las piernas, clavándolas incómodamente al asiento de adelante, dirigió su mirada más allá del cristal.
La lluvia todavía repiqueteaba en la chapa del automóvil, y el vaho producido por los viajeros cubría las ventanas.
Los cristales sólo dejaban entrever siluetas difusas de árboles, sombras fugaces y luces alargadas y deformes que se estiraban y se encogían al pasar la frontera entre el exterior y el vehículo.
El señor se dispuso a desempañar el cristal con su mano. Con un sonido chirriante deslizó la palma sobre el vidrio, enroscándose a su alrededor el vapor y las gotas condensadas engordaban y caían como riachuelos, formando surcos más claros, y arrastrando a su vez más agua.
Sintió como en un par de segundos su mano se había quedado helada. Pero más congelado quedó su pecho al ver a través del hueco que había despejado.
Andando bajo la lluvia, protegida con un paraguas gris que sólo dejaba ver unos magníficos tirabuzones de pelo castaño, estaba una mujer. Recorría el camino enlosado y vadeado por una hilera de árboles desnudos, desnudos como sus piernas, relucientes y esbeltas, pero cubierta por una gabardina y una falda de medio tiro oscuras. Sus tacones castigaban el suelo de una manera dura, restallando contra los charcos, y resaltando sus talones y gemelos de una manera arrogante pero encantadora.
Por un momento creyó que sus ojos le estaban engañando. No podía ser que esa figura tan conocida y ansiada se encontrara a tan sólo unos metros. Debía de haberse pasado el tiempo fugazmente si es que su meta estaba tan cerca.
Se dispuso a gritar al conductor rápidamente que parara, le daba exactamente igual que no estuvieran en la estación, debería entender su urgencia. La chica giró justamente la cabeza a tiempo para ver pasar el autobús, y la agitó un poco para quitarse el pelo de la cara y hombros.
La imagen que tenía en la cabeza se esfumó rápidamente. Los labios carnosos y rojos que se encontraban en su mente se evaporaron; su piel sedosa, con rosadas mejillas, se marchitó; las cejas perfectas se volatilizaron en el aire húmedo; la fina nariz que tantas veces había besado y cuyo perfil tan bien recordaba desapareció, y los ojos, esos ojos en los todos los colores de la naturaleza verde se podían ver reflejados sin tener nada que envidiar, unos pozos negros capaces de absorber el alma de cualquier incauto, unas puertas a la felicidad, resultaron ser cuencas que no buscaba.
Su corazón se sintió angustiado, se formó un nudo en su estómago. La boca que tenía abierta, dispuesta para gritar, emitió un sonido ahogado, pues la palabra había muerto en su garganta, atragantada.
Los ojos entristecidos del viajero se quedaron inmóviles, el hueco que había socavado el anhelo y que parecía haberse llenado, se vació en un segundo.
Al fondo, en la tarde que empezaba a dar la bienvenida a la noche, se podían ver edificios. Las siluetas se recortaban contra el horizonte ardiente. La franja de fuego naranja no tardaría en desaparecer. Pero él no llegaría nunca a este paso, a menos que…
que la torre que despuntaba a lo lejos, tremendamente similar a la de la ciudad a la que se dirigía, fuera del campanario de la iglesia, y la silueta que dibujaba ese edificio alto que se elevaba a lo lejos fuera el primer edificio de 15 plantas que se construía, o que esa antena a lo lejos fuera la de radio.
No sabía si la risa que escuchó en ese momento la produjo algún viajero o salió de su propia boca. Simplemente escuchó una sonrisa límpida, brillante, que le recordó por qué merecía la pena levantarse un día más, y le llenó de calor en invierno, y lo hubiera hecho en el más frío y oscuro de los lugares.
Pronto vería ese preciado rostro que tanto ansiaba acariciar y besar, pronto oiría esa melodiosa voz y olería ese embriagador perfume que emanaba su cuello y su cabello.
A pesar de estar lloviendo de manera casi torrencial, de que el viento helado le azotaba el rostro y le obligaba a sujetarse el sombrero en la cabeza, emprendió, con el corazón desbocado y esbozando una amplia sonrisa, el camino a la felicidad.
Recuerdos condensados
Un pequeño bache en el camino le provocó una sacudida en la cabeza y le despertó de su sopor. El ambiente estaba pesado en el interior del pequeño autobús a pesar de haber hecho su entrada hacía poco el invierno. Habían anunciado nieve, pero nadie se podía fiar de la meteorología en aquellas fechas, en aquellos años y en aquella parte de España. El resultado era una lluvia tenue, como la luz del día, que quería atender a los deseos predicados.
El viajero dio gracias de haber podido estar solo y que su asiento estuviera al lado de la ventana rectangular y gruesa. Podía sentir el frescor a través de ella.
El viaje se debía de estar haciendo eterno, además, no sabía si por ser de noche o por los nubarrones que habían cubierto el cielo durante todo el día, pero su sentido del tiempo estaba tan perdido como cansadas su espalda y piernas e irritados sus ojos.
Después de frotarse los ojos con las palmas de las manos, bostezar lo más silenciosamente que pudo y estirar un poco las piernas, clavándolas incómodamente al asiento de adelante, dirigió su mirada más allá del cristal.
La lluvia todavía repiqueteaba en la chapa del automóvil, y el vaho producido por los viajeros cubría las ventanas.
Los cristales sólo dejaban entrever siluetas difusas de árboles, sombras fugaces y luces alargadas y deformes que se estiraban y se encogían al pasar la frontera entre el exterior y el vehículo.
El señor se dispuso a desempañar el cristal con su mano. Con un sonido chirriante deslizó la palma sobre el vidrio, enroscándose a su alrededor el vapor y las gotas condensadas engordaban y caían como riachuelos, formando surcos más claros, y arrastrando a su vez más agua.
Sintió como en un par de segundos su mano se había quedado helada. Pero más congelado quedó su pecho al ver a través del hueco que había despejado.
Andando bajo la lluvia, protegida con un paraguas gris que sólo dejaba ver unos magníficos tirabuzones de pelo castaño, estaba una mujer. Recorría el camino enlosado y vadeado por una hilera de árboles desnudos, desnudos como sus piernas, relucientes y esbeltas, pero cubierta por una gabardina y una falda de medio tiro oscuras. Sus tacones castigaban el suelo de una manera dura, restallando contra los charcos, y resaltando sus talones y gemelos de una manera arrogante pero encantadora.
Por un momento creyó que sus ojos le estaban engañando. No podía ser que esa figura tan conocida y ansiada se encontrara a tan sólo unos metros. Debía de haberse pasado el tiempo fugazmente si es que su meta estaba tan cerca.
Se dispuso a gritar al conductor rápidamente que parara, le daba exactamente igual que no estuvieran en la estación, debería entender su urgencia. La chica giró justamente la cabeza a tiempo para ver pasar el autobús, y la agitó un poco para quitarse el pelo de la cara y hombros.
La imagen que tenía en la cabeza se esfumó rápidamente. Los labios carnosos y rojos que se encontraban en su mente se evaporaron; su piel sedosa, con rosadas mejillas, se marchitó; las cejas perfectas se volatilizaron en el aire húmedo; la fina nariz que tantas veces había besado y cuyo perfil tan bien recordaba desapareció, y los ojos, esos ojos en los todos los colores de la naturaleza verde se podían ver reflejados sin tener nada que envidiar, unos pozos negros capaces de absorber el alma de cualquier incauto, unas puertas a la felicidad, resultaron ser cuencas que no buscaba.
Su corazón se sintió angustiado, se formó un nudo en su estómago. La boca que tenía abierta, dispuesta para gritar, emitió un sonido ahogado, pues la palabra había muerto en su garganta, atragantada.
Los ojos entristecidos del viajero se quedaron inmóviles, el hueco que había socavado el anhelo y que parecía haberse llenado, se vació en un segundo.
Al fondo, en la tarde que empezaba a dar la bienvenida a la noche, se podían ver edificios. Las siluetas se recortaban contra el horizonte ardiente. La franja de fuego naranja no tardaría en desaparecer. Pero él no llegaría nunca a este paso, a menos que…
que la torre que despuntaba a lo lejos, tremendamente similar a la de la ciudad a la que se dirigía, fuera del campanario de la iglesia, y la silueta que dibujaba ese edificio alto que se elevaba a lo lejos fuera el primer edificio de 15 plantas que se construía, o que esa antena a lo lejos fuera la de radio.
No sabía si la risa que escuchó en ese momento la produjo algún viajero o salió de su propia boca. Simplemente escuchó una sonrisa límpida, brillante, que le recordó por qué merecía la pena levantarse un día más, y le llenó de calor en invierno, y lo hubiera hecho en el más frío y oscuro de los lugares.
Pronto vería ese preciado rostro que tanto ansiaba acariciar y besar, pronto oiría esa melodiosa voz y olería ese embriagador perfume que emanaba su cuello y su cabello.
A pesar de estar lloviendo de manera casi torrencial, de que el viento helado le azotaba el rostro y le obligaba a sujetarse el sombrero en la cabeza, emprendió, con el corazón desbocado y esbozando una amplia sonrisa, el camino a la felicidad.
jueves, 8 de abril de 2010
Sobran las plabras
Si entendéis un poco de Inglés podréis entender esta atrocidad.
Es un vídeo editado por una asociación que se dedica a destapar todas las mentiras de políticos (sobre todo en el ámbito militar). Esta afecta a dos reporteros de Reuters:
(os recomiendo que hagáis click dos veces sobre el vídeo para aumentarlo y poder verlo en mejor calidad)
Es un vídeo editado por una asociación que se dedica a destapar todas las mentiras de políticos (sobre todo en el ámbito militar). Esta afecta a dos reporteros de Reuters:
(os recomiendo que hagáis click dos veces sobre el vídeo para aumentarlo y poder verlo en mejor calidad)
jueves, 11 de marzo de 2010
Una sociedad primitiva
Mucho tiempo de inactividad. Las ideas están un poco atascadas en mi cabeza y no me decido a escribirlas. Ya sabéis que sólo tenéis que proponerme alguna y puedo transformarla en "realidad".
Esta otra historia, o más bien artículo, vuelve a estar cargado de ironía y de crítica. Espero que lo disfrutéis.
Decenas, cientos, miles, millones de hormigas laboriosas cubren la faz deLa Tierra. Ajetreadas , trabajadoras incasables pululan sin ruta ni destino aparente, confundidas avanzan y retroceden, desandan los pasos que acaban de dar y recorren de nuevo tierra que ya ha sido pisada.
Mientras la gran mayoría trabaja en donde les indica la avezada arriesgada que se juega el todo por buscar y encontrar otras se dedican a diferentes menesteres. Trabajan en sociedad. La jerarquía también comprende a las obreras explotadas y los reguladores y vigilantes. Las que colocan los materiales en las cuevas y los cuidan, las que alimentan y protegen a las futuras generaciones. Y como no puede faltar en toda agrupación: un culmen en la pirámide, un poder superior, una reina que dirija y otros que la fecunden.
Esta otra historia, o más bien artículo, vuelve a estar cargado de ironía y de crítica. Espero que lo disfrutéis.
Si las hormigas tuvieran dioses… ¿tendrían forma humana o de hormigas?
Decenas, cientos, miles, millones de hormigas laboriosas cubren la faz de
Mientras la gran mayoría trabaja en donde les indica la avezada arriesgada que se juega el todo por buscar y encontrar otras se dedican a diferentes menesteres. Trabajan en sociedad. La jerarquía también comprende a las obreras explotadas y los reguladores y vigilantes. Las que colocan los materiales en las cuevas y los cuidan, las que alimentan y protegen a las futuras generaciones. Y como no puede faltar en toda agrupación: un culmen en la pirámide, un poder superior, una reina que dirija y otros que la fecunden.Ahora supongamos por un momento que dotamos a esa sociedad primitiva de educación y de la capacidad de votar quién es la reina y que no venga impuesto, digamos, por la sangre o por decreto “divino”. Esa reina, y las demás que optaran a regentar la colonia deberían hacer concesiones a las demás y ganarse el puesto, legitimando su elección, eso, o usar al grupo de regulación que posee la fuerza para usurparlo y tener bajo un régimen de terror y represión al “pueblo llano”, creando una especie de fascismo, y más que fascismo comunismo, no porque las hormigas sean negras o rojas, sino porque podrían seguir manteniendo su actual sistema de bienes comunes. Ya que si tuvieran la capacidad de crear una sociedad con propiedades (posesiones) empezarían a comerciar, y eso nuestra propia mente, la humana, no lo puede concebir, como la idea del infinito (¿En serio el universo no tiene fin? ¿Cómo es eso posible? Decir que imaginas algo infinito es una falacia porque, simplemente, no puedes). Un comercio entre unidades que podría evolucionar en un sistema de contratación, empresas, en un… ¿capitalismo?
Pero volvamos a las concesiones que se deberían hacer para ganar los votos de las demás “ciudadanas”. Unas vacaciones y también, seamos generosos, una reducción de la jornada laboral, y eso sólo para empezar. A pesar de ello, todos los grupos seguirían haciendo lo mismo, y ciertos círculos seguirían aprovechándose de su status. A las siguientes elecciones; que tendrían que ser de menos de cuatro años, por la fugacidad de su vida, fugacidad relativa, si la comparamos con la nuestra; se conseguirían unos nuevos beneplácitos, pero quién sabe, puede que si su pensamiento fuera más complejo de lo que nuestro egocentrismo nos lleva a pensar, comiencen a dividirse. ¿Quiénes son más? ¿Las obreras? ¿Las recolectoras? ¿Los soldados? Porque el mayor número conseguirá mayores ventajas. Lo que podría derivar en protestas por discriminación, porque a parte de ofrecer ventajas a unos igual perjudican a los otros de los que no van a obtener el voto, o incluso puede que después de ganar las elecciones, y escudándose en la legitimidad del proceso o en el apoyo de sectores poderosos, comiencen a realizar una política propia, que les beneficie exclusivamente a ellos, los políticos y sus soportes, pudiendo ganar las siguientes elecciones si controlaran la opinión pública, la instrucción básica o si la oposición no tuviera una estructura de beneficios sólida o interesante para nadie. Con lo que se escogería “el mal menor”, no por ello siendo eficiente ninguna de las elecciones. De cualquiera de las maneras, acabarían en el poder siempre los mismos, y las hormigas de siempre realizarían el trabajo cada vez más pesado para seguir manteniendo una cima de la pirámide social (me resulta casi imposible imaginar una sociedad con una relación horizontal, puede que las hormigas consiguieran crearla) cada vez más pesada y distanciada.
Hacia adónde podría evolucionar más tarde una sociedad primitiva como la de las hormigas no lo sé… la nuestra todavía no lo ha hecho.
lunes, 4 de enero de 2010
Esta es la historia en la que vemos la paja en el ojo ajeno. ¿O podría ser la que nos cuenta que allá dónde un débil se enfrente a un poderoso sucede de igual manera?
Siento si esta entrada os parece politizada. Intento escribir historias para abstraer la mente. Sin embargo, hay sucesos que no merecen el silencio. Además, ¿a quién no le parece que esto tiene un poco de subrealista?
Baghdad 2001
Copenhague 2009
Siento si esta entrada os parece politizada. Intento escribir historias para abstraer la mente. Sin embargo, hay sucesos que no merecen el silencio. Además, ¿a quién no le parece que esto tiene un poco de subrealista?
Discurso de la esperanza. Por Charles Chaplin
Muchos conoceréis este magnífico discurso en el que el maravilloso Chaplin ha conseguido plasmar no sólo lo peor del ser humano, sino sus virtudes más poderosas, habilidades con las que se conseguirían salvar sus defectos:
Yo no quiero ser emperador. Ese no es mi oficio, sino ayudar a todos si fuera posible. Blancos o negros. Judíos o gentiles. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros; los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás, no hacernos desgraciados. No queremos odiar ni ayudar a nadie. En este mundo hay sitio para todos y la buena tierra es rica y puede alimentar a todos los seres.
Lo siento.
Pero yo no quiero ser emperador. Ese no es mi oficio, sino ayudar a todos si fuera posible. Blancos o negros. Judíos o gentiles. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros; los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás, no hacernos desgraciados. No queremos odiar ni ayudar a nadie. En este mundo hay sitio para todos y la buena tierra es rica y puede alimentar a todos los seres. El camino de la vida puede ser libre y hermoso, pero lo hemos perdido. La codicia ha envenenado las armas, ha levantado barreras de odio, nos ha empujado hacia las miserias y las matanzas.
Hemos progresado muy deprisa, pero nos hemos encarcelado a nosotros mismos. El maquinismo, que crea abundancia, nos deja en la necesidad. Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos. Nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos demasiado, sentimos muy poco.
Más que máquinas necesitamos más humanidad. Más que inteligencia, tener bondad y dulzura.
Sin estas cualidades la vida será violenta, se perderá todo. Los aviones y la radio nos hacen sentirnos más cercanos. La verdadera naturaleza de estos inventos exige bondad humana, exige la hermandad universal que nos una a todos nosotros.
Ahora mismo, mi voz llega a millones de seres en todo el mundo, millones de hombres desesperados, mujeres y niños, víctimas de un sistema que hace torturar a los hombres y encarcelar a gentes inocentes. A los que puedan oirme, les digo: no deseperéis. La desdicha que padecemos no es más que la pasajera codicia y la amargura de homres que temen seguir el camino del progreso humano.
El odio pasará y caerán los dictadores, y el poder que se le quitó al pueblo se le reintegrará al pueblo, y, así, mientras el Hombre exista, la libertad no perecerá.
Soldados.
No os entreguéis a eso que en realidad os desprecian, os esclavizan, reglamentan vuestras vidas y os dicen qué tenéis que hacer, qué decir y qué sentir.
Os barren el cerebro, os ceban, os tratan como a ganado y como carne de cañón. No os entreguéis a estos individuos inhumanos, hombres máquina, con cerebros y corazones de máquina.
Vosotros no sois ganado, no sois máquinas, sois Hombres. Lleváis el amor de la Humanidad en vuestros corazones, no el odio. Sólo lo que no aman odian, los que nos aman y los inhumanos.
Soldados.
No luchéis por la esclavitud, sino por la libertad. El el capítulo 17 de San Lucas se lee: "El Reino de Dios no está en un hombre, ni en un grupo de hombres, sino en todos los hombres..." Vosotros los hombres tenéis el poder. El poder de crear máquinas, el poder de crear felicidad, el poder de hacer esta vida libre y hermosa y convertirla en una maravilosa aventura.
En nombre de la democracia, utilicemos ese poder actuando todos unidos. Luchemos por un mundo nuevo, digno y noble que garantice a los hombres un trabajo, a la juventud un futuro y a la vejez seguridad. Pero bajo la promesa de esas cosas, las fieras subieron al poder. Pero mintieron; nunca han cumplido sus promesas ni nunca las cumplirán. Los dictadores son libres sólo ellos, pero esclavizan al pueblo. Luchemos ahora para hacer realidad lo prometido. Todos a luchar para liberar al mundo. Para derribar barreras nacionales, para eliminar la ambición, el odio y la intolerancia.
Luchemos por el mundo de la razón.
Un mundo donde la ciencia, el progreso, nos conduzca a todos a la felicidad.
Soldados.
En nombre de la democracia, debemos unirnos todos.
Feliz Año, disfrutad e intentad usar este granito de arena.
Lo siento.
Pero yo no quiero ser emperador. Ese no es mi oficio, sino ayudar a todos si fuera posible. Blancos o negros. Judíos o gentiles. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros; los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás, no hacernos desgraciados. No queremos odiar ni ayudar a nadie. En este mundo hay sitio para todos y la buena tierra es rica y puede alimentar a todos los seres. El camino de la vida puede ser libre y hermoso, pero lo hemos perdido. La codicia ha envenenado las armas, ha levantado barreras de odio, nos ha empujado hacia las miserias y las matanzas.
Hemos progresado muy deprisa, pero nos hemos encarcelado a nosotros mismos. El maquinismo, que crea abundancia, nos deja en la necesidad. Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos. Nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos demasiado, sentimos muy poco.
Más que máquinas necesitamos más humanidad. Más que inteligencia, tener bondad y dulzura.
Sin estas cualidades la vida será violenta, se perderá todo. Los aviones y la radio nos hacen sentirnos más cercanos. La verdadera naturaleza de estos inventos exige bondad humana, exige la hermandad universal que nos una a todos nosotros.
Ahora mismo, mi voz llega a millones de seres en todo el mundo, millones de hombres desesperados, mujeres y niños, víctimas de un sistema que hace torturar a los hombres y encarcelar a gentes inocentes. A los que puedan oirme, les digo: no deseperéis. La desdicha que padecemos no es más que la pasajera codicia y la amargura de homres que temen seguir el camino del progreso humano.
El odio pasará y caerán los dictadores, y el poder que se le quitó al pueblo se le reintegrará al pueblo, y, así, mientras el Hombre exista, la libertad no perecerá.
Soldados.
No os entreguéis a eso que en realidad os desprecian, os esclavizan, reglamentan vuestras vidas y os dicen qué tenéis que hacer, qué decir y qué sentir.
Os barren el cerebro, os ceban, os tratan como a ganado y como carne de cañón. No os entreguéis a estos individuos inhumanos, hombres máquina, con cerebros y corazones de máquina.
Vosotros no sois ganado, no sois máquinas, sois Hombres. Lleváis el amor de la Humanidad en vuestros corazones, no el odio. Sólo lo que no aman odian, los que nos aman y los inhumanos.
Soldados.
No luchéis por la esclavitud, sino por la libertad. El el capítulo 17 de San Lucas se lee: "El Reino de Dios no está en un hombre, ni en un grupo de hombres, sino en todos los hombres..." Vosotros los hombres tenéis el poder. El poder de crear máquinas, el poder de crear felicidad, el poder de hacer esta vida libre y hermosa y convertirla en una maravilosa aventura.
En nombre de la democracia, utilicemos ese poder actuando todos unidos. Luchemos por un mundo nuevo, digno y noble que garantice a los hombres un trabajo, a la juventud un futuro y a la vejez seguridad. Pero bajo la promesa de esas cosas, las fieras subieron al poder. Pero mintieron; nunca han cumplido sus promesas ni nunca las cumplirán. Los dictadores son libres sólo ellos, pero esclavizan al pueblo. Luchemos ahora para hacer realidad lo prometido. Todos a luchar para liberar al mundo. Para derribar barreras nacionales, para eliminar la ambición, el odio y la intolerancia.
Luchemos por el mundo de la razón.
Un mundo donde la ciencia, el progreso, nos conduzca a todos a la felicidad.
Soldados.
En nombre de la democracia, debemos unirnos todos.
Feliz Año, disfrutad e intentad usar este granito de arena.
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