Recomiendo, para escuchar mientras, la canción: Hitman - Contracts:
Fantasmas en la niebla
El sonido de los latidos del corazón al restallar contra sus tímpanos había sustituido las explosiones de la artillería pesada hacía unos minutos. Al fin sus piernas comenzaban a sentir una chispa del calor que la sangre transportaba.
Enfrente de sus ojos las nubes de vapor que producía su respiración se fundían rápidamente con la densa niebla que le rodeaba. El sudor, a pesar del frío, recorría su rostro y empapaba sus gruesas ropas blancas.
Miró a su alrededor viendo varias figuras fantasmagóricas que, como él, corrían a propagar la muerte, y a recibirla. A su izquierda, sin embargo; había un hueco que debiera estar cubierto por un compañero, el cual previsiblemente no había aguantado en la carrera la congelación que sufría la mitad del regimiento en las extremidades.
Las pisadas de las botas se hundían en la nieve, cubierta de ceniza, con un sordo crujido absorbido al instante por los árboles, la bruma y la noche. La hebilla de la correa flácida de su fusil tintineaba a cada zancada, a cada árbol que esquivaba, a cada agujero escavado por una bomba que saltaba. Las ramas golpeaban dolorosamente su rostro helado a pesar de estar protegido por el casco, mas su destino le aguardaba y no esperaría a cobardes. Los desertores tampoco tenían derecho a seguir viviendo.
Sus enemigos no se habían esperado la ofensiva que habían desencadenado hacía varios días. Bastogne ponía a prueba a los hombres más fuertes si querían transitarlo durante el invierno. Allí morirían muchos de hambre, frío y de las explosiones, pero sus adversarios eran más débiles y estaban peor preparados.
Se debía de estar aproximando ya a las trincheras de la línea enemiga situada al Norte, que debía estar alerta después de cesar el bombardeo. Si no empezaba a oír disparos en breves instantes igual caía en alguna zanja protegida por soldados contrarios. A sus espaldas comenzaron a sonar ladridos, momentos después, una docena de pastores alemanes babeando locura les adelantaban como flechas. Poco después comenzaron a escucharse disparos cercanos y gritos de dolor. Los gatillos al activarse dejaban grabados los fogonazos en sus retinas.
A su alrededor sus compañeros comenzaron a descargar sus balas sobre el enemigo. De un golpe se apostó contra la corteza de un pino, se llevó el rifle al hombro, apuntó hacia el origen del siguiente destello y disparó. Tras acabar su primer cartucho de las trincheras comenzaron a caer cerca de sus posiciones bengalas que permitirían a sus ametralladoras apostadas escupir munición a cualquier fuente de movimiento. No obstante el camuflaje y la oscuridad seguía dejando ciegas las pocas m-60 que seguían operativas en sus protegidos lugares. Su fuego ahora se enfocó en acallarlas.
Apenas a cuarenta metros de él se encontraba una de las destructivas ametralladoras. Un par de veces sus balas habían chocado contra el tronco que le servía de cobertura haciendo saltar astillas y resina. En cuanto la ráfaga actual terminó emprendió la carrera hacia otro más cercano a sus posiciones mientras descabezaba una granada. A la vez que chocaba con el hombro contra el otro pino lanzó el explosivo directamente hacia donde provenían los disparos que de nuevo silbaban a su alrededor.
La explosión hizo saltar por los aires el arma y también el cuerpo muerto del soldado que la manejaba.
A pocos metros hacia su lado izquierdo escuchó un sonido metálico, un golpe seco. Cuando miró pudo distinguir entre la confusión y la niebla a un compañero tendido en el suelo con un agujero en el casco. Los ojos abiertos de par en par comenzaron a cubrirse de la sangre que manaba desde la visera de acero, a un lado suyo una preciosa arma con un par de cargadores que tanto escaseaban. Sin embargo, recogerlos implicaba demasiado riesgo.
Seguidamente vació otro peine de 5 balas sobre los soldados rivales antes de sacar la bayoneta que acopló a la boca de su máuser. Cargó su rifle, pegó otro tiro, y a una indicación del oficial cargaron contra el enemigo.
La carrera ahora se volvió frenética. Los pocos metros que les separaban de las trincheras acogieron decenas de cadáveres. Ahora no podían mirar atrás, los aliados caídos deberían esperar, los heridos deberían aguantar. Los proyectiles salían de todas partes, los gritos y la confusión se hicieron dueños de la reyerta. Se echó el fusil al hombro y de nuevo cogió una granada, la sujetó con la mano derecha por el palo de madera mientras la activaba con la otra. Después la arrojó con fuerza hacia la izquierda de la posición que pretendía limpiar y así cubrir el hueco que había dejado su compañero al que había visto caer de un balazo en la cabeza. De nuevo descolgó el máuser.
Casi al mismo tiempo en el que la bomba explosionaba el soldado saltó hacia la trinchera. Mientras estaba en el aire pudo ver cómo de debajo de él surgía la figura de un militar enemigo que, una vez cargado de nuevo su arma y apresurado a cubrir el frente, observó con los ojos desorbitados cómo un fantasma aparecido de la nada volaba sobre él con un rifle entre los guantes, la cara medio cubierta, los ojos inyectados en sangre, las botas negras cubiertas de barro rodeadas de nieve y polvo levantado con el impulso.
Al instante aprovechó para asestarle una brutal patada en la cara, mudando la cara de sorpresa por una de dolor, y derribarle al suelo. Nada más pisar el suelo encharcado giró a su derecha y disparó contra otro desconcertado condenado que calló fulminado al suelo. Por ahora no veía a más enemigos cerca, con lo que se giró hacia el soldado que se comenzaba recuperar del golpe y a incorporarse para alcanzar su metralleta y le clavó la bayoneta en el pecho desprotegido.
No había tiempo que perder, de manera que se agachó para evitar no sólo los proyectiles que provenía del otro ejército, sino el fuego aliado también. Tiró el rifle sin balas al barro y sacó el cuchillo de su vaina con la mano zurda y su luger de corto alcance con la diestra.
Encorvado avanzó silenciosamente hacia el Oeste por los caminos escavados por manos rivales, hundiendo sus pies en el fango y apartando cuerpos sin vida en su trayectoria, algunos de amigos abatidos. Uno de los caídos todavía se movía, desgraciadamente para él no había encontrado un médico de su bando, y en vez de obtener ayuda lo único que consiguió fue que su sufrimiento acabara con un cuchillo en su garganta. Sigilosamente siguió avanzando. Un enemigo seguía apostado y apuntando hacia el bosque del que todavía provenían disparos. Lentamente, fundido con la oscuridad, apuntó. De dos descargas acabó con su vida. Así siguieron los minutos hasta que perdió la cuenta de a cuántas vidas había puesto fin. Cada disparo acercaba un futuro mejor para él y para la raza aria. Un mundo poderoso y controlado por los más fuertes, por el ser humano para el que el destino había creado este mundo y le había dado las herramientas para conquistarlo. Sin embargo, todavía quedaban muchas cucarachas que pisar y sobre las que pasar por encima para conseguir limpiar el presente infecto.
El ataque debía estar siendo un éxito, el regimiento enemigo a estas alturas se encontraría diezmado.
Los minutos pasaron y los cadáveres seguían desfilando ante sus ojos. La sangre, el caos y la muerte inundaban sus pensamientos y se grababan en su retina cada vez más nublada. Los gritos de dolor y de auxilio se oían lejanos y cercanos al mismo tiempo.
Hacía una eternidad que no recibía órdenes ni veía a sus compañeros. Los disparos esporádicos apenas llegaban a sus doloridos oídos. Una vez diluida la adrenalina de su sangre y pasado el éxtasis del combate comenzó a sentir el cansancio. Sus manos agarraban pesadamente el puñal y la pistola. Las piernas le colgaban como lastres y gastaban sus fuerzas en una carrera sin fin para acabar con todo residuo de vida que quedara flotando. Las explosiones comenzaron nuevamente. Los silbidos de las bombas lanzadas por la otra vez activa artillería pesada surcaban el aire y, terminando con una nube de fuego, sembraban la destrucción.
Por sus venas sólo fluía un agotamiento mortal. El ambiente comenzó a bajar de temperatura. El sudor comenzó a absorber frío y la oscuridad que le rodeaba se volvió más densa.
Se aproximó a un montón de tres cuerpos apilados fortuitamente. Cuando lo alcanzó se dejó caer de rodillas, uno de ellos todavía no era cadáver, pedía auxilio y le miraba directamente con ojos desorbitados. Levantó despacio el cuchillo. El filo se reflejó en la mirada del acabado despojo. Cuando el puñal, convertido en guillotina, se disponía a bajar se escuchó un disparo. Una nube de pólvora apareció de debajo de uno de los cuerpos, una pistola asomaba y apuntaba al pecho del que pretendía ser verdugo. De las manos del soldado alemán calló el arma blanca la cual se hundió en el suelo enfangado. El blanco de su gabardina comenzó a teñirse de rojo.
Exhausto y helado se dejó caer. Su cuerpo chapoteó al chocar contra el suelo. La sangre que afloraba de su pecho se mezclaba lentamente con el barro, ahora pegajoso y de color cobrizo.
Ni los yanquis ni los nazis se habían adueñado de Bastogne. Sólo quedaba un conquistador victorioso en el campo de batalla. La muerte.
