Bueno aquí tenéis la nueva historia, espero que también os refresque un poco. La cuelgo hoy porque mañana con el avión y tal voy a tenerlo difícil.
Un saludo a todos.
Como hace millones de años, las manos se entrecerraron alrededor de un hallazgo vital para el ser humano: el fuego.
Mucho distaba esta situación de aquella, en la que había que hacer entrechocar determinadas piedras incansablemente y con cierta habilidad para prender una pequeña fogata, de hacer girar una ruedecilla para encender el gas de un mechero que podíamos encontrar en casi cualquier establecimiento. Pero la satisfacción al fin y al cabo era la misma, sin bien el propósito diferente.
El guarda aspiró aire a través de sus labios para prender el cigarro. La cara, protegida por una gorra y el cuello de la cazadora, se iluminó unos segundos. Después, aspiró de nuevo el humo emponzoñado hacia sus pulmones, y se relajó.
No duró mucho su alegría, una vez saciado el impulso adicto de su mente, recordó que un paso más adelante, fuera del área protegida por el tejadillo, el agua no cesaba de caer, la lluvia se sumaba a los chorros que escupían las horribles gárgolas con forma de animales, que bajo la tenue luz de los focos, farolas y en ocasiones rayos, cobraban vida.
La Luna ausente, cubierta por un espeso manto de nubes negras, no invitaba a abandonar el resguardo del Museo. Pero las normas así lo establecían para fumar. Un riesgo no sólo para la salud, pues para atravesar la puerta su único compañero, que se quedaba en la cabina de guardia, debía de desactivar temporalmente las alarmas que protegían las entradas y ventanas del edificio.
Pegado aún a la pared victoriana erigida en el siglo XVII dirigió su mirada hacia la calle evitando con su voluntad lo que no podía su rabillo del ojo: las sombras de cientos de seres animados escalando y moviéndose, proyectando sus sombras alargadas en los ladrillos, envolviendo cualquier atisbo de luz. Lobos, águilas y carneros desbocados con garras de ónix.
Instaladas sobre la valla que separaba la propiedad del Museo de Historia Natural había decenas de cámaras de vigilancia, prácticamente inútiles, enfocando a zonas escasamente alumbradas por focos.
Un trueno retumbó por toda la ciudad de Londres.
La cortina de densa lluvia no ayudaba a su labor de guardia. Y el repentino haz de luz que iluminó todo obligó a que cerrara los ojos. Una vez abiertos tuvo que acostumbrarlos de nuevo a la oscuridad.
Una sombra fugaz pasó por la periferia de su campo visual. Alarmado, giro su cabeza e intentó vislumbrar algo. Aunque desistió a los pocos segundos al no poder percibir nada claro. Se resguardó de nuevo contra el viento y prosiguió con su cigarrillo.
Aun y así, la sombra se siguió moviendo. Deslizándose por la pared, colgada de una cuerda atada a una pequeña valla herrumbrosa del tejado.
Empujándose con los pies y soltando poco a poco la polea llegó a la altura de la venta del primer piso.
Un cristal enorme, dividido en ocho cuadrados con 2 columnas y encuadrado por un arco de piedra tallada con animales y motivos florales, se interponía en su paso al interior.
Colgado desde la cuerda y con una capa semi-impermeable sacó una pequeña palanquita de uno de sus bolsillos y se dispuso a romper el ajado cierre de las ventanas. Se debía de dar prisa antes de que volvieran a conectar la alarma.
Un trueno desposado de rayo se hizo eco por los largos y vacíos pasillos. El viento acompañó y apagó el efímero ruido con un soplido. Alzando ligeramente la parte inferior de la enorme ventana se asomó cuidadosamente al interior. Según su informe se encontraba en los cuartos de baño femeninos, en los que debía existir un sensor de luz que activaba las luces al detectar la presencia humana. Éste sería su peor enemigo, pues debía de evitar que la luz se encendiera a toda costa y llamara la atención del guarda que se encontraba en el exterior o de cualquier transeúnte paranoico. Pero todo mecanismo tiene su punto débil, y aunque podía inhibirlo por unos segundos mediante un potente campo magnético, con moverse fuera del área al que estaba orientado el sensor era suficiente.
Una vez localizado su objetivo en la pared, en una esquina de la entrada, enfocando la puerta, penetró en la estancia y se descolgó de la cuerda. Colocó de nuevo la ventana en su sitio, de manera que no se activase la alarma al ponerse de nuevo en funcionamiento, no sin antes amarrar la cuerda a uno de los asideros del marco. Se quitó la capa empapada y la guardó a la vez que sacaba un trapo con el que secarse las suelas y eliminar los restos de agua del poyete.
Caminando cuidadosamente por encima de los tablones que separaban un cuarto de otro alcanzó la pared sobre la que estaba instalado el sensor. Ahora tendría que tener cuidado con su propio movimiento y no hacer saltar la luz.
El filo de la navaja destelló con la tenue luz que entraba desde la ventaja y con una suave inclinación cortó limpiamente los cables.
Saltó al suelo sin temor a ser visto ni oído desde ahí y se reclinó sobre sus rodillas y talones, de cuclillas.
Abrió la moderna puerta de cristal y asomó la cabeza. Una oscuridad absoluta reinaba enfrente de él, casi podía hasta palparla. Aun y así, al fondo del pasillo se podía vislumbrar una bifurcación con una luz plagada de colores y malos augurios.
Con un suave movimiento, colocó sus gafas de visión nocturna sobre su cara y las encendió. El mundo que le rodeaba, ahora perceptible, adquirió un resplandor verdoso. A partir de ahora no sería más que tres pequeñas luces verdes pululando por el edificio.
Las paredes que le rodeaban se formaban de grandes bloques de piedra, del tamaño de un torso adulto, y cada diez metros eran surcadas por grandes columnas de trabajadas bases que terminaban en bóvedas esculpidas con flores. A ambos lados se sucedían numerosas y enormes puertas de robusta madera terminadas en media punta, todas ellas cerradas.
El suelo, enlosado, alternaba en formas geométricas simples baldosas de mármol blanco y rosado.
Avanzó sin producir ruido a lo largo del pasillo hasta su final. Luego giró a la izquierda y prosiguió lenta pero cuidadosamente su camino. Al final del nuevo pasillo se podía percibir un brillo mucho más intenso con sus gafas, por lo que tuvo que quitase temporalmente el artilugio y apagarlo.
Cuando dobló el recodo pudo observar como el edificio se abría en una amplia nave rectangular. Al primer piso llegaba una escalinata enorme que se abría al final de la entrada al museo y se dividía en dos al chocar contra la pared del fondo, como una cascada. En medio un puente unía los dos extremos. Arriba, tanto a lo alto de la entrada como en su opuesto, unas vidrieras grandiosas con millares de formas y colores coronaban un techo oscurecido por su gran altura. Abajo, en el suelo, una impactante imagen, pues el esqueleto de un dinosauro estaba suspendido con su cuello y cola erguidos, que se tornaba vivo cuando algún rayo iluminaba, a través de las cristaleras el magnífico espectáculo.
Junto a los huesos del saurópodo se encontraba el guarda, ya dentro del edificio, con la linterna en su mano. Se dirigía al fondo, a una sala que se escondía debajo de las escaleras.
Dentro de poco harían su ronda de inspección. Por lo que, siguiendo la pared en la que se encontraba, se dirigió hacia su destino.
Dobló una esquina que se encontraba aproximadamente a la mitad del primer piso, y último en el caso de la sala principal. Unas decenas de metros más allá una puerta inusualmente grande y gruesa cerraba el paso.
De nuevo con la visión nocturna activada se dirigió hacia el final del corredor.
Cuando llegó al final, rápidamente, cogió un pequeño bote que sostenía amarrado a su cinto. Lo agitó envuelto en un trapo para ahogar el ruido que pudiera hacer, y roció las bisagras de la puerta derecha rápidamente, limpiándolas y esparciendo mejor el contenido con la tela.
Lo guardó todo y sacó una pequeña herramienta eléctrica del tamaño de un cepillo automático. Insertó el fino cabezal en la cerradura, de tal manera que con un poco de trabajo, y algo más ruido del deseado, se pudo escuchar un clic al final.
Retiró la ganzúa rápidamente y de manera pesada deslizó el portón hasta formar una pequeña rendija por la que colarse. Una vez adentro, entornó la puerta hasta su posición original. Ahora se encontraba en la sección de Earth`s Treasury, o Los Tesoros de la Tierra.
En el interior, un largo pasillo de paredes negras con columnas y paredes en su centro, todo sembrado de estantes. El laberinto artificial tenía tres caminos diferentes, de los cuales escogió el central en un principio, para dirigirse a la izquierda, recto y de nuevo a la izquierda. Llegó rápidamente a la final de la exposición, en una pared que relataba el tallado de los diamantes. El escaparate constaba de un círculo central con una pantalla, y cuatro más abajo. Observó detenidamente y pudo ver cómo dentro del primer habitáculo el cristal estaba en su forma pura, y en cada paso, tallado, pulido y forma final, avanzaba y en el cuarto se podía observar un diamante que cubría toda la palma de la mano, tallado de manera exquisita.
Todas las urracas se embelesan con los brillos de los objetos centelleantes, pero la verdad es que no sabía a ciencia cierta, por qué le habían encargado robar un diamante vistosamente falso. Una imitación, eso sí, de las mejores, de un cristal de carbono.
Pero él no estaba aquí para emitir juicios de valor, al fin y al cabo, le habían dado cinco días para hacerse con el brillante, a descontar un millón por cada día que tardara. Y este ya era el tercero.
Sacó un martillo de su bolsa y golpeó el cabezal fuertemente contra el cristal que revestía el agujero en el que estaba metida la imitación. Rompiéndose en cientos de pedazos no muy gruesos, y no dejando saltar alarma alguna, manifestaba claramente el valor de ese “diamante”.
Ahora le tocaba hacer la vuelta atrás. Pero tampoco tenía prisa, pues al guarda le tardarían en entrar ganas de fumar de nuevo, y más tal y como estaba la meteorología.
Volvió sobre sus pasos hasta dar con la puerta de la colección de minerales y entreabrió cuidadosamente la puerta. Más allá, subiendo la escalinata, uno de los guardias se disponía a empezar su ronda por este piso. El haz de luz de la linterna oscilaba como un centinela en busca de una pista que jamás encontraría.
Veinte minutos más tarde, tras haberse quedado escondido en la sala en la que no entrarían, salió de su escondrijo y se dirigió a la esquina desde la que antes, apostado, había observado al otro guardia.
Tardó una hora en percibir si quiera un sonido. Pero esta vez eran gritos y no voces. De la sala de vigilancia salía el guardia dispuesto a fumar.
-Me da igual que no quieras que salga a echarme otro pitillo. Acabo de hacer esta ronda por ti y voy a ir ahora mismo.
-¡Cada vez que sales nos jugamos el cuello! Estoy hasta los cojones de tus cigarritos.
-Mira, si quieres pon la alarma según salga por la puerta, pero déjame en paz ¿vale?
-Por supuesto que lo haré, ¡pero ojalá te caiga un jodido rayo!
-Mientras vuelvas a quitar el dispositivo cuando vuelva y te avise por walkie, como si me cae un meteorito.
El corazón del ladrón empezó a latir con furia. Todo el plan se iría al traste con un movimiento como ese. Sin pensárselo dos veces se dirigió al puente que cruzaba la sala de un lado a otro.
El guarda ya estaba pasando la mole de huesos cuando llegó velozmente hasta mitad de la pasarela con un gancho preparado en la mano. Con un rápido movimiento lo clavó en la barandilla y saltó al vacío.
Nunca había rezado, pero esta sería la primera vez que lo haría por que el guarda no mirara hacia arriba. Sin embargo éste estaba demasiado ocupado cogiendo el manojo de llaves frente a la puerta, unos metros más allá.
El centinela ya había escogido la llave correcta y se disponía a introducirla en la cerradura de la puerta principal cuando el ladrón se descolgaba por la cuerda a toda velocidad. Y cuando por fin la hizo girar sobre el pasador escuchó un ruido sordo detrás de él.
A penas se giró pudo ver cómo una sombra detrás de él le apuntaba con un táser (pistola eléctrica) que disparó seguidamente impactando los bornes de los cables en su cuello. La descarga fue terrible y le dejó casi sin consciencia. Su cuerpo no respondía y se convulsionaba violentamente. Tan pronto se disponía a disminuir la intensidad del shock eléctrico sus rodillas fallaron y se precipitó al suelo. Pero no le dio tiempo a ver cómo chocaba contra él, pues el ladrón se había abalanzado contra él rápidamente y sujetándole la cabeza con las dos manos le propinó un enérgico rodillazo en la sien. No lo suficiente para matarlo, creía, pero sí para dejarlo inconsciente durante bastante tiempo.
Cogió rápidamente el proyectil de la pistola y se lo guardó a la vez que se hacía con la gorra del guardia y se la colocaba en la cabeza.
Giró la llave en la cerradura y salió tranquilamente por la puerta, pues una cámara le estaba enfocando en estos mismos instantes colocada en la magnífica entrada de piedra, formada por arcos de piedra tallada superpuestos y una gran puerta de madera, con otras dos portezuelas en sus lados.
La puerta se cerró sola mientras él se desplazaba poco a poco hacia las sombras, intentando ocultar lo posible todo su cuerpo con la gorra para así no llamar la atención. Con mucha suerte, las cámaras no tendrían una buena capacidad de visión por la noche.
La alarma tardaría en sonar unos cuantos minutos. Suficientes para que nuestro personaje se hubiera fundido con las sombras, y con su brillante cargamento de cristal falso, se dirigiera a alimentar los deseos de una urraca.
Historias que nacen de la imaginación de un estudiante de periodismo que quiere desarrollar sus facultades de escritura para algún día, quién sabe...
viernes, 20 de agosto de 2010
martes, 17 de agosto de 2010
domingo, 15 de agosto de 2010
Recuerdos condensados
Si alguien sigue este blog, siento mucho haberle hecho esperar tanto. La verdad es que reconozco haber tardado mucho en escribir una nueva historia. Pero espero que os guste la nueva, y no os preocupéis, porque estoy fraguando otras dos, de hecho ya las he empezado, y planeo terminarlas pronto. Gracias por la espera, y no dudéis en comentar. Sin más:
Un pequeño bache en el camino le provocó una sacudida en la cabeza y le despertó de su sopor. El ambiente estaba pesado en el interior del pequeño autobús a pesar de haber hecho su entrada hacía poco el invierno. Habían anunciado nieve, pero nadie se podía fiar de la meteorología en aquellas fechas, en aquellos años y en aquella parte de España. El resultado era una lluvia tenue, como la luz del día, que quería atender a los deseos predicados.
El viajero dio gracias de haber podido estar solo y que su asiento estuviera al lado de la ventana rectangular y gruesa. Podía sentir el frescor a través de ella.
El viaje se debía de estar haciendo eterno, además, no sabía si por ser de noche o por los nubarrones que habían cubierto el cielo durante todo el día, pero su sentido del tiempo estaba tan perdido como cansadas su espalda y piernas e irritados sus ojos.
Después de frotarse los ojos con las palmas de las manos, bostezar lo más silenciosamente que pudo y estirar un poco las piernas, clavándolas incómodamente al asiento de adelante, dirigió su mirada más allá del cristal.
La lluvia todavía repiqueteaba en la chapa del automóvil, y el vaho producido por los viajeros cubría las ventanas.
Los cristales sólo dejaban entrever siluetas difusas de árboles, sombras fugaces y luces alargadas y deformes que se estiraban y se encogían al pasar la frontera entre el exterior y el vehículo.
El señor se dispuso a desempañar el cristal con su mano. Con un sonido chirriante deslizó la palma sobre el vidrio, enroscándose a su alrededor el vapor y las gotas condensadas engordaban y caían como riachuelos, formando surcos más claros, y arrastrando a su vez más agua.
Sintió como en un par de segundos su mano se había quedado helada. Pero más congelado quedó su pecho al ver a través del hueco que había despejado.
Andando bajo la lluvia, protegida con un paraguas gris que sólo dejaba ver unos magníficos tirabuzones de pelo castaño, estaba una mujer. Recorría el camino enlosado y vadeado por una hilera de árboles desnudos, desnudos como sus piernas, relucientes y esbeltas, pero cubierta por una gabardina y una falda de medio tiro oscuras. Sus tacones castigaban el suelo de una manera dura, restallando contra los charcos, y resaltando sus talones y gemelos de una manera arrogante pero encantadora.
Por un momento creyó que sus ojos le estaban engañando. No podía ser que esa figura tan conocida y ansiada se encontrara a tan sólo unos metros. Debía de haberse pasado el tiempo fugazmente si es que su meta estaba tan cerca.
Se dispuso a gritar al conductor rápidamente que parara, le daba exactamente igual que no estuvieran en la estación, debería entender su urgencia. La chica giró justamente la cabeza a tiempo para ver pasar el autobús, y la agitó un poco para quitarse el pelo de la cara y hombros.
La imagen que tenía en la cabeza se esfumó rápidamente. Los labios carnosos y rojos que se encontraban en su mente se evaporaron; su piel sedosa, con rosadas mejillas, se marchitó; las cejas perfectas se volatilizaron en el aire húmedo; la fina nariz que tantas veces había besado y cuyo perfil tan bien recordaba desapareció, y los ojos, esos ojos en los todos los colores de la naturaleza verde se podían ver reflejados sin tener nada que envidiar, unos pozos negros capaces de absorber el alma de cualquier incauto, unas puertas a la felicidad, resultaron ser cuencas que no buscaba.
Su corazón se sintió angustiado, se formó un nudo en su estómago. La boca que tenía abierta, dispuesta para gritar, emitió un sonido ahogado, pues la palabra había muerto en su garganta, atragantada.
Los ojos entristecidos del viajero se quedaron inmóviles, el hueco que había socavado el anhelo y que parecía haberse llenado, se vació en un segundo.
Al fondo, en la tarde que empezaba a dar la bienvenida a la noche, se podían ver edificios. Las siluetas se recortaban contra el horizonte ardiente. La franja de fuego naranja no tardaría en desaparecer. Pero él no llegaría nunca a este paso, a menos que…
que la torre que despuntaba a lo lejos, tremendamente similar a la de la ciudad a la que se dirigía, fuera del campanario de la iglesia, y la silueta que dibujaba ese edificio alto que se elevaba a lo lejos fuera el primer edificio de 15 plantas que se construía, o que esa antena a lo lejos fuera la de radio.
No sabía si la risa que escuchó en ese momento la produjo algún viajero o salió de su propia boca. Simplemente escuchó una sonrisa límpida, brillante, que le recordó por qué merecía la pena levantarse un día más, y le llenó de calor en invierno, y lo hubiera hecho en el más frío y oscuro de los lugares.
Pronto vería ese preciado rostro que tanto ansiaba acariciar y besar, pronto oiría esa melodiosa voz y olería ese embriagador perfume que emanaba su cuello y su cabello.
A pesar de estar lloviendo de manera casi torrencial, de que el viento helado le azotaba el rostro y le obligaba a sujetarse el sombrero en la cabeza, emprendió, con el corazón desbocado y esbozando una amplia sonrisa, el camino a la felicidad.
Recuerdos condensados
Un pequeño bache en el camino le provocó una sacudida en la cabeza y le despertó de su sopor. El ambiente estaba pesado en el interior del pequeño autobús a pesar de haber hecho su entrada hacía poco el invierno. Habían anunciado nieve, pero nadie se podía fiar de la meteorología en aquellas fechas, en aquellos años y en aquella parte de España. El resultado era una lluvia tenue, como la luz del día, que quería atender a los deseos predicados.
El viajero dio gracias de haber podido estar solo y que su asiento estuviera al lado de la ventana rectangular y gruesa. Podía sentir el frescor a través de ella.
El viaje se debía de estar haciendo eterno, además, no sabía si por ser de noche o por los nubarrones que habían cubierto el cielo durante todo el día, pero su sentido del tiempo estaba tan perdido como cansadas su espalda y piernas e irritados sus ojos.
Después de frotarse los ojos con las palmas de las manos, bostezar lo más silenciosamente que pudo y estirar un poco las piernas, clavándolas incómodamente al asiento de adelante, dirigió su mirada más allá del cristal.
La lluvia todavía repiqueteaba en la chapa del automóvil, y el vaho producido por los viajeros cubría las ventanas.
Los cristales sólo dejaban entrever siluetas difusas de árboles, sombras fugaces y luces alargadas y deformes que se estiraban y se encogían al pasar la frontera entre el exterior y el vehículo.
El señor se dispuso a desempañar el cristal con su mano. Con un sonido chirriante deslizó la palma sobre el vidrio, enroscándose a su alrededor el vapor y las gotas condensadas engordaban y caían como riachuelos, formando surcos más claros, y arrastrando a su vez más agua.
Sintió como en un par de segundos su mano se había quedado helada. Pero más congelado quedó su pecho al ver a través del hueco que había despejado.
Andando bajo la lluvia, protegida con un paraguas gris que sólo dejaba ver unos magníficos tirabuzones de pelo castaño, estaba una mujer. Recorría el camino enlosado y vadeado por una hilera de árboles desnudos, desnudos como sus piernas, relucientes y esbeltas, pero cubierta por una gabardina y una falda de medio tiro oscuras. Sus tacones castigaban el suelo de una manera dura, restallando contra los charcos, y resaltando sus talones y gemelos de una manera arrogante pero encantadora.
Por un momento creyó que sus ojos le estaban engañando. No podía ser que esa figura tan conocida y ansiada se encontrara a tan sólo unos metros. Debía de haberse pasado el tiempo fugazmente si es que su meta estaba tan cerca.
Se dispuso a gritar al conductor rápidamente que parara, le daba exactamente igual que no estuvieran en la estación, debería entender su urgencia. La chica giró justamente la cabeza a tiempo para ver pasar el autobús, y la agitó un poco para quitarse el pelo de la cara y hombros.
La imagen que tenía en la cabeza se esfumó rápidamente. Los labios carnosos y rojos que se encontraban en su mente se evaporaron; su piel sedosa, con rosadas mejillas, se marchitó; las cejas perfectas se volatilizaron en el aire húmedo; la fina nariz que tantas veces había besado y cuyo perfil tan bien recordaba desapareció, y los ojos, esos ojos en los todos los colores de la naturaleza verde se podían ver reflejados sin tener nada que envidiar, unos pozos negros capaces de absorber el alma de cualquier incauto, unas puertas a la felicidad, resultaron ser cuencas que no buscaba.
Su corazón se sintió angustiado, se formó un nudo en su estómago. La boca que tenía abierta, dispuesta para gritar, emitió un sonido ahogado, pues la palabra había muerto en su garganta, atragantada.
Los ojos entristecidos del viajero se quedaron inmóviles, el hueco que había socavado el anhelo y que parecía haberse llenado, se vació en un segundo.
Al fondo, en la tarde que empezaba a dar la bienvenida a la noche, se podían ver edificios. Las siluetas se recortaban contra el horizonte ardiente. La franja de fuego naranja no tardaría en desaparecer. Pero él no llegaría nunca a este paso, a menos que…
que la torre que despuntaba a lo lejos, tremendamente similar a la de la ciudad a la que se dirigía, fuera del campanario de la iglesia, y la silueta que dibujaba ese edificio alto que se elevaba a lo lejos fuera el primer edificio de 15 plantas que se construía, o que esa antena a lo lejos fuera la de radio.
No sabía si la risa que escuchó en ese momento la produjo algún viajero o salió de su propia boca. Simplemente escuchó una sonrisa límpida, brillante, que le recordó por qué merecía la pena levantarse un día más, y le llenó de calor en invierno, y lo hubiera hecho en el más frío y oscuro de los lugares.
Pronto vería ese preciado rostro que tanto ansiaba acariciar y besar, pronto oiría esa melodiosa voz y olería ese embriagador perfume que emanaba su cuello y su cabello.
A pesar de estar lloviendo de manera casi torrencial, de que el viento helado le azotaba el rostro y le obligaba a sujetarse el sombrero en la cabeza, emprendió, con el corazón desbocado y esbozando una amplia sonrisa, el camino a la felicidad.
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