martes, 30 de noviembre de 2010

Viaje a través de la mentira

Una nueva historia que llega junto al frío del invierno. Lo único que pido a quien se la vaya a leer es que la lea hasta el final y no se haga ideas antes de terminarla, porque serían equivocadas.


Disfrutadla.





Viaje a través de la mentira




La cremallera finalizó su característico sonido a la vez que terminaba de abrocharme la gruesa cazadora azul marino y me preparaba para el frío.



Cerré la puerta lo más suavemente posible a la vez que miraba la plancha de madera que cubría la entrada del piso de mis vecinos, unos desconocidos, de los que no podía evitar imaginar una pareja con problemas, los cuales, aun oyéndolos a través de las paredes nada más, pudieran finalizar violentamente y de manera física.



Esperé un irritante rato a que subiera el ascensor, del cual salí y pasé por delante de los buzones de correos a la vez que elucubraba sobre los inquilinos, los típicos que hacían ruido, los que existían nada más que para quejarse, el que tenía un perro mal educado que se dedicaba a dejar muestras ya sean invisibles ya tangibles de su paso, las cincuentonas marujas que tiran su tiempo leyendo revistas basura o despotricando sin saber, los que dejaban la puerta del portal abierta dejando colarse tanto a indeseables como al frío que me golpeaba el rostro…



Andando hacia la parada me pude encontrar a la típica viejecita que arrastraba un carro vacío de la compra, que sirve de barrera en caso de que alguien con prisa la quiera adelantar, del que tiraba como alma que lleva el Diablo aun teniendo todo el tiempo del mundo para hacer sus banalidades. Se situaba frente a un bar en el que descansaban animadamente charlando y perdiendo el tiempo dos hombres con, casi seguro, una familia con mucha más necesidad de su compañía. Había aparcado un taxi en el que se apoyaba uno de ellos, encima sería de esos que aparte de conducir bebidos, como todos los rusos, era un ladrón y un jeta que tiraban por el camino más largo, y más caro. El otro parecía un albañil, por su mono, de los que se junta con otros tantos para que uno trabaje mientras los otros cinco miran y se ríen comentando el partido de fútbol de turno o lanzan piropos como simios a cualquier mujer que se les pone a tiro. Los dos bebían un vino y una cerveza adulterados por el caradura del bar para arañar unos cuantos céntimos más.



Una vez en el autobús me dispuse a sentarme pero me di cuenta de que todos los lugares se encontraban ocupados o cerrados estratégicamente por ancianos que a pesar de estar de esa manera colocados en el asiento exterior para que nadie se siente junto a ellos miran a todas las chicas el trasero, y si se encuentran de pié no dudan en usar su artimañas para quitarte el asiento o molestarte lo más que puedan con el bastón o el periódico. Y precisamente una persona se encuentra leyendo un diario, escrito además por soplavelas mentirosos y manipuladores, concretamente uno de izquierdas, así que tras esa hoja se debía encontrar el rostro de un proletario ignorante que votaba por las herejías abortistas. A su derecha, un hombre de mediana edad lo observa por el rabillo del ojo y con una mueca de desprecio, bien vestido para ir en un autobús y con una pulsera fina con la bandera de España, de los que abogan contra el matrimonio homosexual aunque no les incumba y prefieren el ABC pro-monarquía, una familia real de jetas que salvaron la “democracia” en nuestro país.



Un par de paradas más tarde en las que se fueron bajando los niños insoportables con su griterío poco inteligente y sin sentido pude reposar mi peso junto a un joven que se encontraba manipulando su móvil de última generación, a pesar de dedicarse a mirar tonterías de redes sociales y a malgastar su tiempo y dinero de sus padres en ello. De su mochila abierta sobresalía un libro en el que pude leer una asignatura de no sé qué computación, debía de ser uno de esos informáticos extraños y sectarios que dedican su vida a ser fanáticos de algún cómic o película que ellos llaman “de culto”.



Durante el trayecto, observando a través del cristal pude ver cómo un grupo de adolescentes andaba animadamente cuesta arriba con bolsas de plástico, que aunque fueran blancas y no se pudiera ver el interior contendrían litronas o cartones de vino para montar su improductivo botellón y privarían de sus ingresos a los dueños de bares y discotecas, esos precisamente que te dan garrafón y te cobran un dineral por ese veneno, esos encima que se quejan a los políticos y les llenan el bolsillo con manos ligeras con tal de prohibir actos en los que se beba libremente, haciendo uso de unos lugares por los que pagamos y que deberíamos poder utilizar a nuestro gusto y con vistas a nuestro provecho.



Al finalizar mi línea de autobús me bajé y con empujones me dirigí hacia la estación del metro. Una bajada al infierno a través de escaleras mecánicas, luces vacilantes y techos con goteras para después tener que pasar un ticket por una máquina cerca de la cual se encontraba un grupo de guardas de seguridad con su aspecto chulesco e intimidante, pero que después cuando de verdad hay problemas no mueven un dedo por ti ni por nadie.



Justo delante de mí pasó, o intentó pasar, una chica de aspecto más que cuidado, por decir de alguna manera, una pija de las que malgastan su tiempo en ver escaparates y escaparates, a decir verdad como casi todas las mujeres, que son nada más que superficie y que a la hora de enfrentarse a la verdad no pueden ni pasar un pedazo de cartón por una ranura sin montar un escándalo. Este numerito era observado por un buen número de personas, las cuales no ayudaban y se limitaban a mirar con gesto reprobador a la chica, tampoco sé si por su inutilidad o por las mallas de leopardo que daban el toque hortera al conjunto que llevaba.



Superado este obstáculo conseguí llegar hasta el metro deseado, y digo deseado porque me dejaba cerca de mi meta, no porque tuviera vagones lujosos con asientos cómodos y aire fresco. Una vez entré intenté divisar un asiento de mi gusto y analicé en cuestión de segundos todas las situaciones posibles.

La primera se encontraba cerca de un negro y un sudamericano que descarté por posibles problemas y para evitar el dolor de cabeza que me podía salir si al ecuatoriano le daba por sacar su móvil y poner la maldita música latina que parece les viene de serie en los aparatos.



La segunda estaba justo al lado de un inglés, que si bien parecía estar en plenas condiciones mentales y físicas bien podía estar bebido como suelen hacer sus compatriotas.



Otro asiento estaba manchado, indudablemente por el viajero junto a él, que vestía con un chándal raído y tenía el pelo estropajoso, uno de esos mendigos que huelen mal y de los que quieres alejarte a toda costa.



El último tenía a la diestra a un alemán rubio y alto, con pinta de nazi, a pesar de haberse pasado hace mucho esas penalidades, y a la siniestra a un hombre con los ojos rasgados, un Chino, y es que a todos nos parecen chinos los que tienen ojos rasgados. Cuando elegí ese asiento no pude evitar pensar en que hay muchos millones de personas más repartidos por los países que rodean la República Popular de China, y que también tienen los ojos de esa manera, como fueran los Vietnamitas, que sólo recordamos por haber expulsado a los gordos e imperialistas yanquis, ahora menos sebosos gracias a Obama, o los Japoneses, tan currantes o más que los propios chinos.



Una vez divisé que el vehículo comenzaba a disminuir de velocidad cuando llegaba a mi parada de metro me dispuse a bajar. Subí andando las escaleras mecánicas que algún desgraciado había pulsado con el pié impidiendo a la gente usarlas.



La estación estaba casi vacía pero había dos trabajadores del metro que habían sacado fuera de una puerta de servicio una bobina de cable y la llevaban a cuestas. Se habían dejado abierta la portezuela de la que emanaba una luz pálida y fría. Al pasar cerca de ella no pude evitar mirar hacia adentro. Lo que vi me dejó asombrado y con la boca abierta. Volví la cabeza a la vez que los operarios giraban la esquina y desaparecían de mi campo de visión.



No pude soportar la curiosidad y el impulso me llevó a asomarme por la puerta un poco más. Los rollos gigantescos de cables y metal se amontonaban junto con la suciedad. Herramientas de todo tipo y desconocidos usos apiladas contra escaleras polvorientas. El techo tenía unas luces fluorescentes cubiertas por mallas de metal, los tubos parpadeaban, y uno de ellos incluso estaba colgando por entre un agujero de la protección, brillando a pesar de ello.



Al final de la pequeña supuesta sala estaba el sujeto de mi fascinación.



Unas escaleras mecánicas antiguas, puestas una al lado de otra hasta sumar cuatro subían hacia un lugar desconocido e imposible.

El polvo formaba una capa gruesa en el pasamanos de goma desgastada y en los escalones de acero.

Me acerqué a ellas y me dispuse a subirlas andando, pues no había corriente en ese lugar.

Alcé mi cara hacia el final de las escaleras, mas no alcanzaba a ver otra cosa que una luz infinita y anémica y un cartel de dirección. Ponía:

Hacia un mundo sin prejuicios








Supongo quevosotros pensáis alguna de las cosas que he expuesto, incluso yo, que simplemente he exagerado las ideas. Por eso las he recopilado y he construido una historia con todas ellas juntas, para que se pueda observar el ridículo de pensar que todas las personas responden a nuestros prejuicios.