miércoles, 26 de agosto de 2009

A 12 pasos de la gloria.

Nueva historia. Recién terminada!!!!!! Espero que la disfrutéis tanto como yo he disfrutando imaginándola.


A 12 PASOS DE LA GLORIA.




Las hojas incendiadas con la luz del Sol de la mañana se mecían suavemente bajo el frío soplo del viento, proyectando sombras infinitas sobre el bosque y agitando las gotas que la lluvia había guardado en sus palmas, preparándose para derramar las lágrimas ante el funesto desenlace.

Las espaldas de los dos contendientes se separaron al caminar en direcciones opuestas.

El primer paso desembocó en el barro produciendo un leve chapoteo.

La lluvia estaba golpeando con fuerza los cristales de la habitación. El repiqueteo impedía escuchar la pausada respiración del caballero, que sentado en una esquina de la cama aguardaba, su faz en penumbra en ocasiones iluminada por la titilante llama de la vela dejaba entrever unos rasgos preocupados y angustiados, enmarcados en pelo castaño largo y desgreñado, envejecidos en unas horas lo que deberían haber tardado años.
Sus ojos estaban fijos en el vacío que había dejado al caer de entre sus manos una carta que ahora y desde hacía innumerables minutos reposaba en el suelo de madera.

Unos pasos se escucharon por las escaleras, y pocos segundos después de recorrer el pasillo se detuvieron ante la estancia. Unos nudillos golpearon la puerta, que se abrió ligeramente. Una voz débil acompañó al soplido de viento que entró:

-Señor, el carruaje lo espera.

El aristócrata no despertó de su ensimismamiento hasta sentir el brazo firme del mayordomo en su hombro.

-Señor, esta cita no puede esperar.

El cara a cara con Las Parcas estaba fijado. No podía llegar tarde. Era irónico, pero pocas personas, como él, habían podido elegir la hora en la que conversarían con la muerte.

El segundo paso llegó a su fin.

Pesadamente se levantó, desentumeciendo los músculos que llevaban tanto tiempo sin moverse. Como la marioneta de un fantasma se dejó guiar por el angosto y oscuro pasillo decorado con los cuadros de tantos familiares. Rostros la mayoría desconocidos que habían vivido una mejor época de su estirpe, ahora en decadencia. Bajó lentamente las escaleras, levantando el polvo y produciendo crujidos a cada escalón. Después de atravesar la gruesa puerta de roble y metal sintió durante unos segundos la fría lluvia sobre su rostro y pelo, un sentimiento revitalizador antes de entrar de nuevo en la oscura y opresiva atmósfera del carruaje.
Se acomodó en la parte trasera del habitáculo a la vez que el mayordomo cerraba la portezuela.

-Le esperaré aquí a la vuelta. Prepararé un buen desayuno caliente.

No pudo evitar esbozar una media sonrisa en sus labios. Una mueca sarcástica. Desde luego su sirviente también tenía mucho que perder, una vida entera de trabajo. Era de suponer que el desayuno al menos le aliviaría un poco la pena, desgraciadamente se quedaría frío para el momento en el que se diera cuenta de que él no iba a volver. Tampoco le apetecía pensar en comida ahora, su estómago, hecho un nudo, le impediría digerir cualquier cosa, el único sabor del que podía disfrutar ahora era el regusto amargo de la bilis.

El cielo dejó ver por unos momentos la Luna, que en caída libre hacia el horizonte urgía a los pernoctadores a apresurarse en el disfrute de la noche. La lluvia asimismo comenzaba a amainar y las nubes a levantarse.

Tercer paso.

El conductor azuzó a los dos caballos atados al carro, que con un empujón se puso en marcha. Las herraduras de los corceles restallaban contra el empedrado mojado, las ruedas contribuían a aumentar el ruido que no pasaría desapercibido por las calles estrechas. Los sonidos escalaban por las paredes de piedras, intentando alertar de la actividad ilegal que se iba a producir. La velocidad además debía moderarse a fin de evitar resbalar con el pavimento húmedo. Mientras, el gentleman se tambaleaba por el traqueteo del carruaje. Mente en blanco, miraba con una expresión vacía las ropas por las que debería cambiar las actuales. Una fina levita negra y una camisa blanca que impedirían esconder protecciones y que dejarían el camino expedito hacia el corazón. Un corazón que dejaría derramar el amor más que la sangre. El amor que le había llevado a esta situación. Un sentimiento que extrañamente le estaba dando la vida tanto como la posibilidad de perderla sin remedio.

Cuarto paso.

El paso largo de los minutos hizo que el resonar de los cascos diera paso a un chapoteo sordo. El vaivén del carruaje se acentuó. El noble corrió la pesada cortina de terciopelo rojo y asomó la cara ligeramente por el marco de la ventana de la portezuela, justo a tiempo para que una rama de las muchas que flagelaban los laterales del transporte le cruzara la cara. La delgada rama le provocó un corte superficial en la mejilla. Hasta la naturaleza estaba empeñada en provocar un duelo con él. ¿A cuántas fuerzas debería enfrentarse hoy para salir indemne? ¿O más aún, para salir vivo?

Quinto paso.

Llevándose la mano a la herida deseó que fuera la última vez que su sangre se derramase hoy. De nuevo volvió la sonrisa irónica a sus labios. Al fin y al cabo, con un “poco” de suerte podría ganar en confrontamiento. Desde luego Dios le debía una después de la racha de castigo que le había hecho padecer.

Se acercaban a un estrecho puente de piedra que cruzaba el río. Las aguas oscuras de lo que parecía el río Estigia bajaban sin fuerza. Una barca se encontraba atada a la rivera, mas Caronte no estaba en ella*.

Sexto paso.

Primero la muerte de su hermana por tuberculosis. A la que su padre lo había obligado a cuidar. Un juramento que trató de cumplir como pudo. Gastando gran parte de sus ahorros, destinados a salir de la crisis. Pasando noches y noches a su cabecera. Viajando a Londres, Manchester, Birmigham, Cardiff y a todos los lugares de los que había oído hablar respecto a curas milagrosas, a catedrales y monasterios. Pero rompió el juramento.

Séptimo paso.

Después la precipitación hacia la ruina a la que los acontecimientos estaban induciendo a la familia, ya que la revolución en la maquinaria agrícola, a la que no se había sumado su difunto progenitor, estaba mermando el poder económico de los terratenientes, y más aún de los medianos propietarios como él.

Octavo paso.

Y por último la afrenta a la que se le había sometido, cuando por fin parecía que un rayo de esperanza llegaba para iluminar su vida. Cuando al fin había encontrado a mujer a la que el solo hecho de mirar le hacía olvidar. Olvidar todas las penas y el sufrimiento. Olvidar que alrededor de él todo el mundo parecía derrumbarse.



Noveno paso.

Había llegado el momento en una fiesta de la corte de poner fin a la incertidumbre que le había estado consumiendo durante meses. Interminables semanas de cuidadosas palabras, de cortejo que pasó de ser silencioso y escurridizo a firme y tangible, disputas con la familia que tras sangrantes concesiones solventó. ¡La esperanza estaba al alcance de su mano! Casi toda la fiesta transcurría entre cuchicheos, miradas de reojo. Todos estaban esperando, a la vez que jugaban sus cartas en asuntos políticos, a ver la pedida de mano, cuya información se había extendido como pólvora ardiendo ante los ávidos oídos, azuzada por lenguas afiladas.

Décimo paso.

Y entonces él. ¡Él! Maldita sea. Un hombre que debería haber muerto hace años, que todos creían desaparecido, hizo aparición en la fiesta a la que sólo Dios sabe quién había invitado, y con su mirada de desprecio y sonrisa socarrona se acercó hacia su objeto de deseo. Agarró con sus sucias manos su cadera, manos de las que sospechaba estuvieron involucradas en el accidente que acabó con la vida de su padre, y acercó su boca hacia su oído, tan cerca que estaba seguro que la mujer no soportaría su fétido olor.

Acto seguido la mujer rechazó al hombre, ante el alivio de nuestro caballero. Pero la cosa no había terminado. El hombre sonrió de nuevo y a la vez que abofeteaba el rostro de la chica gritaba:

-Zorra, yo no pago por tus servicios.

Todos miraron hacia el pretendiente que debía pedir su mano en un día tan poco afortunado. Incluso el despreciable hijo de perra, con una mirada desafiante y con la sonrisa todavía dibujada en su rostro tenía los ojos fijos en los suyos.
Con la sangre hirviendo se acercó hacia el asqueroso hombre, que le esperaba cruzado de brazos. A la vez que avanzaba se quitó el guante que cubría su mano izquierda. No podía pensar en otra cosa nada más que en la sangre. Cuando llegó a la altura del otro, con toda la fuerza que pudo reunir, levantó el brazo en dirección a su faz, cruzando con el guante la mejilla derecha y produciendo un sonoro tortazo que se levantó por encima de todos los presentes, ahora cayados, cayada incluso la orquesta.

-Exijo satisfacción –dijo el caballero entre dientes-, tendrás noticias de mi padrino.

Sin embargo, la sonrisa había sustituido de nuevo la expresión de sorpresa, disimulando la marca roja de su carrillo. Algo se le escapaba, y no presagiaba nada bueno.

Undécimo paso.

Ahora sabía que había actuado de acuerdo a los planes del bastardo que había dañado su honor, una de las pocas cosas que le quedaban. Sin embargo, era demasiado tarde para rectificar, y tampoco quería hacerlo. Debería batirse en un duelo a muerte con pistolas. Dos pistolas cargadas. Un duelo en movimiento, a doce pasos. Ambos habían tenido que comprar un juego de pistolas con el que enfrentarse, así lo harían con igualdad, el que ganara se quedaría con el estuche.
Irónicamente, hasta para morir debía de pagar.

Duodécimo paso.

Los recuerdos habían inflamado su cuerpo con la ira. A penas podía disimular el temblor de las manos con las que sujetaba las armas, el miedo se fundía con el odio.
Llegó antes que su propio padrino y el médico. Con lo que en el lugar pactado se había encontrado un clima de hostilidad que solo el viento helado ayudaba a enfriar.

Los rayos de sol se comenzaban a adivinar en el horizonte cubierto de árboles cuando se completó el séquito. Entonces, y sin mediar palabra, todos ocuparon sus sitios y comenzó el rito. Uno de los pocos ritos capaces de invocar eficazmente a la muerte…

-¡Fuego!

Ambos volvieron sus cuerpos en un giro de 180 grados todo lo rápido que pudieron. El tiempo pareció ralentizarse cuando se encontró cara a cara de nuevo con el rostro pérfido de su némesis, unas facciones que parecían confundirse con las de la muerte. Sus miradas se cruzaron. Sus facciones se contrajeron en muecas de concentración, terror y de odio. Alzó la pistola hasta su cara, de tal manera que pudiera apuntar hacia su contrincante, que también elevaba su arma. Respiró profundamente tomándose un tiempo para apuntar que no poseía. Y cuando por fin se dispuso a apretar el gatillo una nube de pólvora salía ya del cañón de su enemigo. Sintió una punzada de dolor en el hombro izquierdo, que su mente desechó rápidamente en un último esfuerzo por la supervivencia. Disparó a la vez que expiraba el aire de sus pulmones, llegando una cascada de dolor hacia su cabeza. Había errado su primer tiro, pero; sin embargo su enemigo le había acertado de lleno.

El padrino se acercó a él, pues esta herida podría ser suficiente para dar por concluido el duelo. Mas, ¿cómo podría aguantar semejante humillación?, esta era una afrenta que no podría borrar de su memoria, y peor aún, nadie podría olvidarla, con lo que lo perdería todo.

El maldito debía sufrir.

Con una mirada furibunda hizo retroceder a su acompañante y al doctor a sus posiciones originales. A la vez que con su mano derecha arrancaba la pistola cargada que portaba con la otra extremidad, ahora casi inerte.
De nuevo, al unísono, comenzaron a levantar los brazos. Y de nuevo fue su enemigo el que disparó primero. Pero esta vez no todo sucedió como la anterior. El tiro erró su objetivo. Ahora tenía tiempo para apuntar. Dicen que quien ríe último ríe mejor, con lo que, y a pesar de su herida, puso una sonrisa en su semblante. A penas podía contener una risa que parecía surgir de sus entrañas, estaba perdiendo el control. Los ojos a los que miraba habían mudado también, y ahora estaban inundados de miedo.
Apuntó cuidadosamente y accionó el gatillo. Una décima de segundo más tarde el cuello de su adversario reventaba, dejando escapar borbotones de sangre. Un acto reflejo llevó a su rival a taparse con la mano la garganta, y abrió la boca tratando de articular palabras que sólo se percibían como un balbuceo húmedo y desesperado, escupiendo sangre.
Por fin conseguía saborear la miel de la venganza. Aunque sabía tan amarga como la bilis que le había acompañado la última puesta de Sol estaba disfrutando de ella. Tanto como podría disfrutar de su futura esposa… si conseguía sobreponerse al disparo.

El mundo empezó a dar vueltas a su alrededor. Una explosión de calor y dolor dio lugar a un sudor frío. Parpadeó tratando de despejarse; sin embargo la visión se le nubló. Las fuerzas se le escapaban.
Las rodillas se le doblaron y calló al suelo sin oponer más resistencia. Su cara orientada al astro rey. Por sus párpados entreabiertos entraban borrosos los haces anaranjados. Con una sonrisa se sumió en la oscuridad de la inconsciencia.





* Caronte era el barquero que transportaba a los muertos por el río Estigia, a cambio de una moneda.

sábado, 22 de agosto de 2009

Muerte y destrucción

Después de unas magníficas vacaciones en el extranjero cuelgo una historia que tenía preparada. Pero no os preocupéis, estas semanas han sido fructíferas en cuanto a nuevas ideas. Ahora me queda maquinar un poquito más...

Muerte y destrucción


Y por si no es suficientemente larga la canción...


Las llamas de fuego acariciaban poco a poco, cada vez a más altura, el cadáver descabezado que reposaba semidesnudo en la pira de madera. A unos pocos pasos, una pica en la que estaba ensartado el resto del cuerpo se erigía desafiante en medio de la noche, cubierta, como poco más tarde estaría el campo de batalla, de sangre pegajosa.

El magnífico honor y sentido de humor de los generales concluiría en una masacre; sin embargo, no serían ellos los que no verían un nuevo amanecer. Su arrogancia y deseo de gloria golpeó el orgullo del enemigo al asesinar a su emisario de paz y profanar tanto el fuego sagrado como los ritos de enterramiento. Despertaron su ira.

La luna, testigo de honor de la contienda, derramaba su luz sobre los millares de corazas y restallaba contra las puntas de los pilums. El terreno, como un pez, reflejaba en sus escamas de arena surcadas de espinas un trémulo brillo fantasmal.

La inspiración de la arenga del centurión parecía ya lejana, enfriada por el viento helado de cara que agitaba plumas, pendones y levantaba cuchillos de arena capaces de traspasar la coraza o el pellejo más grueso, capaces de congelar el temperamento más firme y curtido, de destrozar la moral de cientos de hombres con un solo soplido. La poderosa figura que comandaría las tropas había ocupado su puesto en la retaguardia, a lomos de su impetuoso corcel, con una oportunidad a su frente y otra a su espalda, él no tenía que morir en esta batalla, así todo resultaba mucho más sencillo, y así era más fácil ser valiente.

La magnificencia del Imperio Romano debía de seguir caminos impracticables para llegar hasta aquél sitio olvidado de la mano de Dios. A estos hombres sólo les quedaban sus espadas y escudos, su sudor y su sangre. La táctica romana debería enfrentarse a una arrolladora superioridad numérica y a unas mentes retorcidas que jamás habían conocido antes.

Un joven agricultor, vestido de soldado, pensaba. Con el pilum en la entumecida mano, esperaba, los nudillos blancos por la fuerza, los músculos de la mandíbula en tensión aguantando inútilmente que su estómago encogido no tratara de huir por tercera vez en la larga tortura.

Por unos días había creído realmente que la ignorancia de estar filas más atrás en su manípulo sería peor que ver cómo se acercaba el enemigo y enfrentarse cuanto antes a sus miedos. Ahora, el terror se reflejaba en sus retinas. Entre las filas de los soldados pesados enemigos comenzó a avanzar caballería. Los arcos y las vestimentas de los persas eran visibles desde tan lejos, su odio palpable con sólo alargar la mano.

Se acercaron lo suficiente para mantenerse alejados de las jabalinas, pero lo necesario para cargar y disparar sus proyectiles. Poco a poco formaron en círculo y comenzaron a trotar más y más rápido. El polvo se arremolinaba a su alrededor, parecía una invocación, el pequeño tornado estaba adquiriendo vida. De repente, al unísono, de entre la columna de arena surgieron como aguijones de sombra centenares de oscuras flechas, que cortando el viento, fueron a caer sobre las cabezas de los desafortunados.

A su lado, un compañero se desplomó en suelo atravesado su cuello, el cual dejó escapar un chorro de sangre, empapándole el rostro. Unos segundos más tarde el cuerpo agonizante había sido sustituido por un lloriqueante legionario.

A la vez que las flechas acababan con los futuros y con los deseos de decenas de soldados, un gran estruendo de cuernos y tambores se extendió al otro lado de la nube de arena. La confusión se adueñó de la legión, las órdenes no llegaban a las primeras filas. Desde la arena surgieron los zarcillos del pánico, que enroscándose en los tobillos crecían en dirección a los corazones. Algunos alzaban el escudo para protegerse de la incesante lluvia de flechas, otros, como él, se limitaban a observar congelados y con los ojos desorbitados cómo el ariete de miedo chocaba derrumbando la moral, que caía pesadamente a los pies temblorosos de la tropa, y cómo el viento atraía las partículas flotantes de arena, oscureciendo tanto el cielo nocturno como las almas de los condenados.

Unos crujidos a sus espaldas elevaron en el cielo ánforas enormes de aceite hirviendo, arma inútil que fue engullida por la oscuridad y el tornado. Hasta Hermes parecía de su lado.

El tiempo se ralentizó, los gritos disminuyeron hasta desaparecer, apenas se oía nada, ni gemidos, ni la respiración, sólo los latidos de su propio corazón restallando en sus tímpanos.

Parecía que la espera tocaba a su fin, en el polvo se empezaron a distinguir unas sombras difusas. Pasó una eternidad hasta que se definieron totalmente.

Pocos reaccionaron a tiempo, apenas un acto reflejo hizo que elevase su escudo, arrojase el pesado pilum a un lado, y sacase el reluciente gladium con su brazo sin fuerzas.

Su sangre dejó de fluir. De la nube surgieron carros de batalla conducidos por la muerte, que riendo a carcajadas, se disponía a segar con cuchillas en las ruedas tantas vidas como espigas había cortado él desde su concepción.