martes, 26 de julio de 2011

Crisis económica mundial

Con el vídeo de Españistán nos descubrieron de dónde venía la crisis española (económica quiero decir, la política nunca ha dejado de estarlo).

Pero no nos enterábamos muy bien de la mundial. ¿Por qué el mundo se está recuperando y nosotros no? Si llevábamos tanto tiempo con el mismo modelo de crecimiento... ¿Qué explotó la burbuja?

Si no habéis visto el documental Inside Job, o si lo habéis visto pero queréis repasarlo en 3 minutos... deberíais ver estos dibujos que os he hecho.


Pinchad para ampliar.















Si tenéis alguna duda. No os la guardéis, igual hasta puedo contestarla.

PD. si no habéis visto el documental vedlo, os enteraréis mucho mejor.

lunes, 3 de enero de 2011

Diario de A Bordo. Página X

DIARIO DE ABORDO
Lugar:
Transbordador Prestige
Módulo OJ-3T3
Fecha:
54/7/2084


Hoy por fin me he atrevido a ducharme.
La verdad es que no las tenía todas conmigo, por el tema ese de que al estar las duchas en gravedad cero es un coñazo lavarse e ir persiguiendo todo el rato las gotas de agua, que encima ni se te quedan pegadas al cuerpo. Pero sobre todo lo que me echaba para atrás era lo que había oído. Al no poder usar la técnica de la pastilla de jabón, pues flotaban y no hacía falta agacharse para recogerlas, los mariconetis (término utilizado ahora, ya que si les llamas maricones te interponen una denuncia por homófobo) deben haber desarrollado nuevas técnicas para abrir la puerta de atrás.
Pero la jugada me salió bien. En las campanadas de año nuevo, celebradas por toda la tripulación del Transbordador Prestige, al brindar con un sutil movimiento de muñeca conseguí que el champagne* volara ingrávido a través de una compuerta. Simplemente me escusé y salí volando en pos del néctar alcohólico que tantos anuncios de Freichené sigue provocando. Que por cierto me enteré hace poco que habían clonado a Rafael, un cantante español, para que haga el del próximo año, parece ser que todavía se tiene que desarrollar un poco.

Tuve toda la ducha para mí solo, con lo que la preocupación de sufrir una violación invertida se reducía. Ahora, por culpa del nuevo Decreto de Nave Real, el Capitán Sarasa ha obligado a todos los hombres a llevar falda, con las consiguientes oportunidades que proporciona la ausencia de gravedad. Pero bueno, en un par de horas conseguí estar limpio. Y me alegra, ya que me empezaba a costar disimular el olor con colonia. La gente no paraba de preguntarme por qué olía tanto a vieja. Y es que es el Eau Spaciele du Fósil es lo único que he encontrando capaz de aplacar la peste. Rejsona sólo me sirve para las sobaqueras, y encima me abandona.


Hay otro suceso que me preocupa, el otro día un tripulante hispano empezó a hablar de cosas extrañas. No hacía más que murmurar cosas sobre vampiros homosexuales que al ver la luz del Sol brillan, un negro que consiguió ser presidente (fíjate qué locura), y los cuatro jinetes del apocalipsis, creo que sus nombres eran: Justin Viberl, Benedicto XVII, Belén Ejteban y Britni Espirs.
Para calmarlo le dispararon un rayo reductor y que dejara de decir cosas raras. Pero parece que no le impactó del todo y lleva día y medio cantando una especie de serenatas demoníacas e invocaciones satánicas. La verdad es que no me atrevo a transcribir toda la letra por miedo. Pero una parte de la letra de las dos era:

"Aserejé dejá dejé, dejeve tu de jebe de seguinogua, majari an de bugi [...]"

Y la otra:

"A mí me gu'ta la gasolina, dame más gasoliiiinaaa [...]"


Creo que su desquiciamiento mental debe ser un coletazo de la conocida Peste Ejpañola. Me da miedo que alguien pueda leer este diario, ya que no nos está permitido hablar de esa pandemia, la que destruyó el mundo. Primero se mostraba con un poco de fiebre y bajo rendimiento laboral, al final toda la sociedad acababa en el paro y viendo una especie de cajas negras imaginándose que estaban retransmitiendo partidos de fútbol o gente discutiendo de la vida de sus hijas y de sus rollos con toreros.

Pero no todo son malas noticias. Esta tarde celebramos un juego: el enemigo invisible. Otra ley promulgada por el Capitán Sarasa. Esta vez se trataba de sortear todos los nombres de la tripulación. Lo hacía un sistema informático que evaluaba tu afinidad a la persona que más odias o que peor conoces y te daba ese nombre. A esa persona le tenías que dar un regalo, que no podía superar un dinero: 2 pesetas**. Así que con el material que consiguieras con ese dinero tenías que usar tu imaginación y pocos conocimientos de esa persona y hacerle un regalo-trampa, que pareciera en principio bueno, pero después fuera una castaña pilonga.
La cuestión fue que la persona que debió de "coger aleatoriamente" mi nombre era una chica muy mona, pero no mona del tipo: "Hay que mona que es esta chica, qué guapa está". Me tocó un sujeto más bien del tipo mona de simio, más tirando a Sara Montiel, y no precisamente en sus años jóvenes.

La situación era esta:

Llevaba sin recibir un regalo de navidad algo así como desde que a mis padres se los comieron unos bichos raros y babosos que se llamaban Notarios. Una especie de alienígenas negros con corbata y siempre sedientos de sangre. Pero bueno, cómo los devoraron y cómo se extinguió esa especie o sus orígenes es otra historia.

Mi cara por entonces radiaba felicidad, mi sonrisa de oreja a oreja dejaba ver mis encías y dientes descolocados, pero eso no me importaba: yo iba a recibir algo especial de una persona... "especial".

En el momento que ví acercarse a ese gorila peludo, y mira que me habían advertido mis conocidos, que habían visto su perfíl de facebook, empezó a rondar la mosca detrás de la oreja.

Cuando abrí el pequeño envoltorio mi cara fue una sorpresa. Un mechero.

Un mechero de esos que se utilizaban hace mucho mucho tiempo, cuando todavía vivíamos en la Tierra los seres humanos.

Lo cogí para observarlo más de cerca, la verdad es que estaba un poco oxidado, y ponía en una especie de escritura cuneiforme: Made in China.

La verdad es que me gustó hasta el momento en que pensé: Para qué cojones quiero yo esto, si ya nos han prohibido fumar hasta en la Sala de Calderas.

Sólo me ha consolado saber que la persona a la que le dí mi regalo ahora tiene un chisme que no sirve para nada, que me lo encontré hace poco en una esquina tirado, de la época de la Edad Media o algo así, un iphone5 creo que se llamaba.


*La palabra "cava" ha sido desterrada de la Lengua Neoespacial.
**La eliminación del Euro también fue otra de las inevitables consecuencias de la Peste Ejpañola.

martes, 7 de diciembre de 2010

1950, 1984 o 2010. ¿En qué cambian las cosas?

Dejo esto aquí, de manera inofensiva, y simplemente os invito a que penséis y comparéis.


1984 Por George Orwell

"[...] Pero también resultó claro que un aumento de bieniestar tan extraordinario amenazaba con la destrucción -era ya, en sí mismo, la destrucción- de una sociedad jerárquica. [...] Si la riqueza llegaba a generalizarse, no serviría para distinguir a nadie. Sin duda, era posible imaginarse una sociedad en que la riqueza, en el sentido de posesiones y lujos personales, fuera equitativamente distribuida mientras que el pooder siguiera en manos de una minoría, de una pequeña casta privilegiada. Pero, en la práctica, semejante sociedad no podría conservarse estable, porque si todos disfrutasen por igual del lujo y del ocio, la gran masa de seres humanos, a quienes la pobreza suele imbecilizar, aprenderían muchas cosas y empezarían a pensar por sí mismos; y si empezaban a relfexionar, se darían cuenta más pronto o más tarde que la minoría privilegiada no tenía derecho alguno a imponerse a los demás y acabarían barriéndoles. A la larga, una sociedad jerárquica sólo sería posible basándose en la pobreza y en la ignorancia. [...]

Tampoco era una buena solución mantener la pobreza de las masas restringiendo la producción. Esto se practicó en gran medida entre 1920 y 1940. Muchos países dejaron que su economía se anquilosara. No se renovaba el material indispensable para la buena marcha de las industrias, quedaban sin cultivar las tierras, y grandes masas de población, sin tener en qué trabajar, vivían de la caridad del Estado. [...]

El problema era mantener en marcha las ruedas de la industria sin aumentar la riqueza real del mundo. Los bienes habían de ser producidos pero no distribuidos.

[...] es una manera de pulverizar o de hundir en el fondo del mar los materiales que en la paz constante podrían emplearse para que las masas gozaran de excesiva comodidad, y con ello, se hicieran a la larga demasiado inteligentes.


[...] la idea de que se está en guerra, y por tanto en peligro, hace que la entrega de todo el poder a una reducida casta parezca la condición para sobrevivir.

Se verá que la guerra no sólo realiza la necesaria distinción, sino que la efectúa de un modo aceptable psicológicamente. En principio, sería muy sencillo derrochar el trabajo sobrante construyendo templos y pirámides, abriendo zanjas y volviéndolas a llenar o incluso produciendo inmensas cantidades de bienes y prendiéndoles fuego. Pero esto sólo daría la base económica  y no la emotiva para una sociedad jerarquizada. Lo que interesa no es la moral de las masas, cuya actitud no importa mientras se hallen absorbidas por su trabajo, sino la moral del Partido [o Estado] mismo. [...]


No importa que haya o no haya guerra, y, ya que no es posible una victoria decisiva, tampoco importa si la guerra [o distracción creada por el Estado] va bien o mal. [...]






Supongo que esta situación os suena. Pero la realidad es que la escribió George Orwell antes de 1950.

También advertir que si esta obra la escribió para denunciar el capitalismo, fueron ellos los que la utilizaron para criticar el comunismo. Lo cual indica que algo falla, tanto en uno como en otro sistema.

Distinto escenario, misma estrategia.

martes, 30 de noviembre de 2010

Viaje a través de la mentira

Una nueva historia que llega junto al frío del invierno. Lo único que pido a quien se la vaya a leer es que la lea hasta el final y no se haga ideas antes de terminarla, porque serían equivocadas.


Disfrutadla.





Viaje a través de la mentira




La cremallera finalizó su característico sonido a la vez que terminaba de abrocharme la gruesa cazadora azul marino y me preparaba para el frío.



Cerré la puerta lo más suavemente posible a la vez que miraba la plancha de madera que cubría la entrada del piso de mis vecinos, unos desconocidos, de los que no podía evitar imaginar una pareja con problemas, los cuales, aun oyéndolos a través de las paredes nada más, pudieran finalizar violentamente y de manera física.



Esperé un irritante rato a que subiera el ascensor, del cual salí y pasé por delante de los buzones de correos a la vez que elucubraba sobre los inquilinos, los típicos que hacían ruido, los que existían nada más que para quejarse, el que tenía un perro mal educado que se dedicaba a dejar muestras ya sean invisibles ya tangibles de su paso, las cincuentonas marujas que tiran su tiempo leyendo revistas basura o despotricando sin saber, los que dejaban la puerta del portal abierta dejando colarse tanto a indeseables como al frío que me golpeaba el rostro…



Andando hacia la parada me pude encontrar a la típica viejecita que arrastraba un carro vacío de la compra, que sirve de barrera en caso de que alguien con prisa la quiera adelantar, del que tiraba como alma que lleva el Diablo aun teniendo todo el tiempo del mundo para hacer sus banalidades. Se situaba frente a un bar en el que descansaban animadamente charlando y perdiendo el tiempo dos hombres con, casi seguro, una familia con mucha más necesidad de su compañía. Había aparcado un taxi en el que se apoyaba uno de ellos, encima sería de esos que aparte de conducir bebidos, como todos los rusos, era un ladrón y un jeta que tiraban por el camino más largo, y más caro. El otro parecía un albañil, por su mono, de los que se junta con otros tantos para que uno trabaje mientras los otros cinco miran y se ríen comentando el partido de fútbol de turno o lanzan piropos como simios a cualquier mujer que se les pone a tiro. Los dos bebían un vino y una cerveza adulterados por el caradura del bar para arañar unos cuantos céntimos más.



Una vez en el autobús me dispuse a sentarme pero me di cuenta de que todos los lugares se encontraban ocupados o cerrados estratégicamente por ancianos que a pesar de estar de esa manera colocados en el asiento exterior para que nadie se siente junto a ellos miran a todas las chicas el trasero, y si se encuentran de pié no dudan en usar su artimañas para quitarte el asiento o molestarte lo más que puedan con el bastón o el periódico. Y precisamente una persona se encuentra leyendo un diario, escrito además por soplavelas mentirosos y manipuladores, concretamente uno de izquierdas, así que tras esa hoja se debía encontrar el rostro de un proletario ignorante que votaba por las herejías abortistas. A su derecha, un hombre de mediana edad lo observa por el rabillo del ojo y con una mueca de desprecio, bien vestido para ir en un autobús y con una pulsera fina con la bandera de España, de los que abogan contra el matrimonio homosexual aunque no les incumba y prefieren el ABC pro-monarquía, una familia real de jetas que salvaron la “democracia” en nuestro país.



Un par de paradas más tarde en las que se fueron bajando los niños insoportables con su griterío poco inteligente y sin sentido pude reposar mi peso junto a un joven que se encontraba manipulando su móvil de última generación, a pesar de dedicarse a mirar tonterías de redes sociales y a malgastar su tiempo y dinero de sus padres en ello. De su mochila abierta sobresalía un libro en el que pude leer una asignatura de no sé qué computación, debía de ser uno de esos informáticos extraños y sectarios que dedican su vida a ser fanáticos de algún cómic o película que ellos llaman “de culto”.



Durante el trayecto, observando a través del cristal pude ver cómo un grupo de adolescentes andaba animadamente cuesta arriba con bolsas de plástico, que aunque fueran blancas y no se pudiera ver el interior contendrían litronas o cartones de vino para montar su improductivo botellón y privarían de sus ingresos a los dueños de bares y discotecas, esos precisamente que te dan garrafón y te cobran un dineral por ese veneno, esos encima que se quejan a los políticos y les llenan el bolsillo con manos ligeras con tal de prohibir actos en los que se beba libremente, haciendo uso de unos lugares por los que pagamos y que deberíamos poder utilizar a nuestro gusto y con vistas a nuestro provecho.



Al finalizar mi línea de autobús me bajé y con empujones me dirigí hacia la estación del metro. Una bajada al infierno a través de escaleras mecánicas, luces vacilantes y techos con goteras para después tener que pasar un ticket por una máquina cerca de la cual se encontraba un grupo de guardas de seguridad con su aspecto chulesco e intimidante, pero que después cuando de verdad hay problemas no mueven un dedo por ti ni por nadie.



Justo delante de mí pasó, o intentó pasar, una chica de aspecto más que cuidado, por decir de alguna manera, una pija de las que malgastan su tiempo en ver escaparates y escaparates, a decir verdad como casi todas las mujeres, que son nada más que superficie y que a la hora de enfrentarse a la verdad no pueden ni pasar un pedazo de cartón por una ranura sin montar un escándalo. Este numerito era observado por un buen número de personas, las cuales no ayudaban y se limitaban a mirar con gesto reprobador a la chica, tampoco sé si por su inutilidad o por las mallas de leopardo que daban el toque hortera al conjunto que llevaba.



Superado este obstáculo conseguí llegar hasta el metro deseado, y digo deseado porque me dejaba cerca de mi meta, no porque tuviera vagones lujosos con asientos cómodos y aire fresco. Una vez entré intenté divisar un asiento de mi gusto y analicé en cuestión de segundos todas las situaciones posibles.

La primera se encontraba cerca de un negro y un sudamericano que descarté por posibles problemas y para evitar el dolor de cabeza que me podía salir si al ecuatoriano le daba por sacar su móvil y poner la maldita música latina que parece les viene de serie en los aparatos.



La segunda estaba justo al lado de un inglés, que si bien parecía estar en plenas condiciones mentales y físicas bien podía estar bebido como suelen hacer sus compatriotas.



Otro asiento estaba manchado, indudablemente por el viajero junto a él, que vestía con un chándal raído y tenía el pelo estropajoso, uno de esos mendigos que huelen mal y de los que quieres alejarte a toda costa.



El último tenía a la diestra a un alemán rubio y alto, con pinta de nazi, a pesar de haberse pasado hace mucho esas penalidades, y a la siniestra a un hombre con los ojos rasgados, un Chino, y es que a todos nos parecen chinos los que tienen ojos rasgados. Cuando elegí ese asiento no pude evitar pensar en que hay muchos millones de personas más repartidos por los países que rodean la República Popular de China, y que también tienen los ojos de esa manera, como fueran los Vietnamitas, que sólo recordamos por haber expulsado a los gordos e imperialistas yanquis, ahora menos sebosos gracias a Obama, o los Japoneses, tan currantes o más que los propios chinos.



Una vez divisé que el vehículo comenzaba a disminuir de velocidad cuando llegaba a mi parada de metro me dispuse a bajar. Subí andando las escaleras mecánicas que algún desgraciado había pulsado con el pié impidiendo a la gente usarlas.



La estación estaba casi vacía pero había dos trabajadores del metro que habían sacado fuera de una puerta de servicio una bobina de cable y la llevaban a cuestas. Se habían dejado abierta la portezuela de la que emanaba una luz pálida y fría. Al pasar cerca de ella no pude evitar mirar hacia adentro. Lo que vi me dejó asombrado y con la boca abierta. Volví la cabeza a la vez que los operarios giraban la esquina y desaparecían de mi campo de visión.



No pude soportar la curiosidad y el impulso me llevó a asomarme por la puerta un poco más. Los rollos gigantescos de cables y metal se amontonaban junto con la suciedad. Herramientas de todo tipo y desconocidos usos apiladas contra escaleras polvorientas. El techo tenía unas luces fluorescentes cubiertas por mallas de metal, los tubos parpadeaban, y uno de ellos incluso estaba colgando por entre un agujero de la protección, brillando a pesar de ello.



Al final de la pequeña supuesta sala estaba el sujeto de mi fascinación.



Unas escaleras mecánicas antiguas, puestas una al lado de otra hasta sumar cuatro subían hacia un lugar desconocido e imposible.

El polvo formaba una capa gruesa en el pasamanos de goma desgastada y en los escalones de acero.

Me acerqué a ellas y me dispuse a subirlas andando, pues no había corriente en ese lugar.

Alcé mi cara hacia el final de las escaleras, mas no alcanzaba a ver otra cosa que una luz infinita y anémica y un cartel de dirección. Ponía:

Hacia un mundo sin prejuicios








Supongo quevosotros pensáis alguna de las cosas que he expuesto, incluso yo, que simplemente he exagerado las ideas. Por eso las he recopilado y he construido una historia con todas ellas juntas, para que se pueda observar el ridículo de pensar que todas las personas responden a nuestros prejuicios.

viernes, 20 de agosto de 2010

Urracas

Bueno aquí tenéis la nueva historia, espero que también os refresque un poco. La cuelgo hoy porque mañana con el avión y tal voy a tenerlo difícil.

Un saludo a todos.







Como hace millones de años, las manos se entrecerraron alrededor de un hallazgo vital para el ser humano: el fuego.

Mucho distaba esta situación de aquella, en la que había que hacer entrechocar determinadas piedras incansablemente y con cierta habilidad para prender una pequeña fogata, de hacer girar una ruedecilla para encender el gas de un mechero que podíamos encontrar en casi cualquier establecimiento. Pero la satisfacción al fin y al cabo era la misma, sin bien el propósito diferente.

El guarda aspiró aire a través de sus labios para prender el cigarro. La cara, protegida por una gorra y el cuello de la cazadora, se iluminó unos segundos. Después, aspiró de nuevo el humo emponzoñado hacia sus pulmones, y se relajó.

No duró mucho su alegría, una vez saciado el impulso adicto de su mente, recordó que un paso más adelante, fuera del área protegida por el tejadillo, el agua no cesaba de caer, la lluvia se sumaba a los chorros que escupían las horribles gárgolas con forma de animales, que bajo la tenue luz de los focos, farolas y en ocasiones rayos, cobraban vida.

La Luna ausente, cubierta por un espeso manto de nubes negras, no invitaba a abandonar el resguardo del Museo. Pero las normas así lo establecían para fumar. Un riesgo no sólo para la salud, pues para atravesar la puerta su único compañero, que se quedaba en la cabina de guardia, debía de desactivar temporalmente las alarmas que protegían las entradas y ventanas del edificio.

Pegado aún a la pared victoriana erigida en el siglo XVII dirigió su mirada hacia la calle evitando con su voluntad lo que no podía su rabillo del ojo: las sombras de cientos de seres animados escalando y moviéndose, proyectando sus sombras alargadas en los ladrillos, envolviendo cualquier atisbo de luz. Lobos, águilas y carneros desbocados con garras de ónix.

Instaladas sobre la valla que separaba la propiedad del Museo de Historia Natural había decenas de cámaras de vigilancia, prácticamente inútiles, enfocando a zonas escasamente alumbradas por focos.

Un trueno retumbó por toda la ciudad de Londres.
La cortina de densa lluvia no ayudaba a su labor de guardia. Y el repentino haz de luz que iluminó todo obligó a que cerrara los ojos. Una vez abiertos tuvo que acostumbrarlos de nuevo a la oscuridad.

Una sombra fugaz pasó por la periferia de su campo visual. Alarmado, giro su cabeza e intentó vislumbrar algo. Aunque desistió a los pocos segundos al no poder percibir nada claro. Se resguardó de nuevo contra el viento y prosiguió con su cigarrillo.

Aun y así, la sombra se siguió moviendo. Deslizándose por la pared, colgada de una cuerda atada a una pequeña valla herrumbrosa del tejado.

Empujándose con los pies y soltando poco a poco la polea llegó a la altura de la venta del primer piso.

Un cristal enorme, dividido en ocho cuadrados con 2 columnas y encuadrado por un arco de piedra tallada con animales y motivos florales, se interponía en su paso al interior.


Colgado desde la cuerda y con una capa semi-impermeable sacó una pequeña palanquita de uno de sus bolsillos y se dispuso a romper el ajado cierre de las ventanas. Se debía de dar prisa antes de que volvieran a conectar la alarma.


Un trueno desposado de rayo se hizo eco por los largos y vacíos pasillos. El viento acompañó y apagó el efímero ruido con un soplido. Alzando ligeramente la parte inferior de la enorme ventana se asomó cuidadosamente al interior. Según su informe se encontraba en los cuartos de baño femeninos, en los que debía existir un sensor de luz que activaba las luces al detectar la presencia humana. Éste sería su peor enemigo, pues debía de evitar que la luz se encendiera a toda costa y llamara la atención del guarda que se encontraba en el exterior o de cualquier transeúnte paranoico. Pero todo mecanismo tiene su punto débil, y aunque podía inhibirlo por unos segundos mediante un potente campo magnético, con moverse fuera del área al que estaba orientado el sensor era suficiente.


Una vez localizado su objetivo en la pared, en una esquina de la entrada, enfocando la puerta, penetró en la estancia y se descolgó de la cuerda. Colocó de nuevo la ventana en su sitio, de manera que no se activase la alarma al ponerse de nuevo en funcionamiento, no sin antes amarrar la cuerda a uno de los asideros del marco. Se quitó la capa empapada y la guardó a la vez que sacaba un trapo con el que secarse las suelas y eliminar los restos de agua del poyete.


Caminando cuidadosamente por encima de los tablones que separaban un cuarto de otro alcanzó la pared sobre la que estaba instalado el sensor. Ahora tendría que tener cuidado con su propio movimiento y no hacer saltar la luz.


El filo de la navaja destelló con la tenue luz que entraba desde la ventaja y con una suave inclinación cortó limpiamente los cables.


Saltó al suelo sin temor a ser visto ni oído desde ahí y se reclinó sobre sus rodillas y talones, de cuclillas.


Abrió la moderna puerta de cristal y asomó la cabeza. Una oscuridad absoluta reinaba enfrente de él, casi podía hasta palparla. Aun y así, al fondo del pasillo se podía vislumbrar una bifurcación con una luz plagada de colores y malos augurios.


Con un suave movimiento, colocó sus gafas de visión nocturna sobre su cara y las encendió. El mundo que le rodeaba, ahora perceptible, adquirió un resplandor verdoso. A partir de ahora no sería más que tres pequeñas luces verdes pululando por el edificio.

Las paredes que le rodeaban se formaban de grandes bloques de piedra, del tamaño de un torso adulto, y cada diez metros eran surcadas por grandes columnas de trabajadas bases que terminaban en bóvedas esculpidas con flores. A ambos lados se sucedían numerosas y enormes puertas de robusta madera terminadas en media punta, todas ellas cerradas.


El suelo, enlosado, alternaba en formas geométricas simples baldosas de mármol blanco y rosado.


Avanzó sin producir ruido a lo largo del pasillo hasta su final. Luego giró a la izquierda y prosiguió lenta pero cuidadosamente su camino. Al final del nuevo pasillo se podía percibir un brillo mucho más intenso con sus gafas, por lo que tuvo que quitase temporalmente el artilugio y apagarlo.


Cuando dobló el recodo pudo observar como el edificio se abría en una amplia nave rectangular. Al primer piso llegaba una escalinata enorme que se abría al final de la entrada al museo y se dividía en dos al chocar contra la pared del fondo, como una cascada. En medio un puente unía los dos extremos. Arriba, tanto a lo alto de la entrada como en su opuesto, unas vidrieras grandiosas con millares de formas y colores coronaban un techo oscurecido por su gran altura. Abajo, en el suelo, una impactante imagen, pues el esqueleto de un dinosauro estaba suspendido con su cuello y cola erguidos, que se tornaba vivo cuando algún rayo iluminaba, a través de las cristaleras el magnífico espectáculo.


Junto a los huesos del saurópodo se encontraba el guarda, ya dentro del edificio, con la linterna en su mano. Se dirigía al fondo, a una sala que se escondía debajo de las escaleras.


Dentro de poco harían su ronda de inspección. Por lo que, siguiendo la pared en la que se encontraba, se dirigió hacia su destino.





Dobló una esquina que se encontraba aproximadamente a la mitad del primer piso, y último en el caso de la sala principal. Unas decenas de metros más allá una puerta inusualmente grande y gruesa cerraba el paso.


De nuevo con la visión nocturna activada se dirigió hacia el final del corredor.

Cuando llegó al final, rápidamente, cogió un pequeño bote que sostenía amarrado a su cinto. Lo agitó envuelto en un trapo para ahogar el ruido que pudiera hacer, y roció las bisagras de la puerta derecha rápidamente, limpiándolas y esparciendo mejor el contenido con la tela.

Lo guardó todo y sacó una pequeña herramienta eléctrica del tamaño de un cepillo automático. Insertó el fino cabezal en la cerradura, de tal manera que con un poco de trabajo, y algo más ruido del deseado, se pudo escuchar un clic al final.

Retiró la ganzúa rápidamente y de manera pesada deslizó el portón hasta formar una pequeña rendija por la que colarse. Una vez adentro, entornó la puerta hasta su posición original. Ahora se encontraba en la sección de Earth`s Treasury, o Los Tesoros de la Tierra.

En el interior, un largo pasillo de paredes negras con columnas y paredes en su centro, todo sembrado de estantes. El laberinto artificial tenía tres caminos diferentes, de los cuales escogió el central en un principio, para dirigirse a la izquierda, recto y de nuevo a la izquierda. Llegó rápidamente a la final de la exposición, en una pared que relataba el tallado de los diamantes. El escaparate constaba de un círculo central con una pantalla, y cuatro más abajo. Observó detenidamente y pudo ver cómo dentro del primer habitáculo el cristal estaba en su forma pura, y en cada paso, tallado, pulido y forma final, avanzaba y en el cuarto se podía observar un diamante que cubría toda la palma de la mano, tallado de manera exquisita.


Todas las urracas se embelesan con los brillos de los objetos centelleantes, pero la verdad es que no sabía a ciencia cierta, por qué le habían encargado robar un diamante vistosamente falso. Una imitación, eso sí, de las mejores, de un cristal de carbono.

Pero él no estaba aquí para emitir juicios de valor, al fin y al cabo, le habían dado cinco días para hacerse con el brillante, a descontar un millón por cada día que tardara. Y este ya era el tercero.

Sacó un martillo de su bolsa y golpeó el cabezal fuertemente contra el cristal que revestía el agujero en el que estaba metida la imitación. Rompiéndose en cientos de pedazos no muy gruesos, y no dejando saltar alarma alguna, manifestaba claramente el valor de ese “diamante”.

Ahora le tocaba hacer la vuelta atrás. Pero tampoco tenía prisa, pues al guarda le tardarían en entrar ganas de fumar de nuevo, y más tal y como estaba la meteorología.

Volvió sobre sus pasos hasta dar con la puerta de la colección de minerales y entreabrió cuidadosamente la puerta. Más allá, subiendo la escalinata, uno de los guardias se disponía a empezar su ronda por este piso. El haz de luz de la linterna oscilaba como un centinela en busca de una pista que jamás encontraría.


Veinte minutos más tarde, tras haberse quedado escondido en la sala en la que no entrarían, salió de su escondrijo y se dirigió a la esquina desde la que antes, apostado, había observado al otro guardia.


Tardó una hora en percibir si quiera un sonido. Pero esta vez eran gritos y no voces. De la sala de vigilancia salía el guardia dispuesto a fumar.

-Me da igual que no quieras que salga a echarme otro pitillo. Acabo de hacer esta ronda por ti y voy a ir ahora mismo.
-¡Cada vez que sales nos jugamos el cuello! Estoy hasta los cojones de tus cigarritos.
-Mira, si quieres pon la alarma según salga por la puerta, pero déjame en paz ¿vale?
-Por supuesto que lo haré, ¡pero ojalá te caiga un jodido rayo!
-Mientras vuelvas a quitar el dispositivo cuando vuelva y te avise por walkie, como si me cae un meteorito.


El corazón del ladrón empezó a latir con furia. Todo el plan se iría al traste con un movimiento como ese. Sin pensárselo dos veces se dirigió al puente que cruzaba la sala de un lado a otro.


El guarda ya estaba pasando la mole de huesos cuando llegó velozmente hasta mitad de la pasarela con un gancho preparado en la mano. Con un rápido movimiento lo clavó en la barandilla y saltó al vacío.


Nunca había rezado, pero esta sería la primera vez que lo haría por que el guarda no mirara hacia arriba. Sin embargo éste estaba demasiado ocupado cogiendo el manojo de llaves frente a la puerta, unos metros más allá.


El centinela ya había escogido la llave correcta y se disponía a introducirla en la cerradura de la puerta principal cuando el ladrón se descolgaba por la cuerda a toda velocidad. Y cuando por fin la hizo girar sobre el pasador escuchó un ruido sordo detrás de él.


A penas se giró pudo ver cómo una sombra detrás de él le apuntaba con un táser (pistola eléctrica) que disparó seguidamente impactando los bornes de los cables en su cuello. La descarga fue terrible y le dejó casi sin consciencia. Su cuerpo no respondía y se convulsionaba violentamente. Tan pronto se disponía a disminuir la intensidad del shock eléctrico sus rodillas fallaron y se precipitó al suelo. Pero no le dio tiempo a ver cómo chocaba contra él, pues el ladrón se había abalanzado contra él rápidamente y sujetándole la cabeza con las dos manos le propinó un enérgico rodillazo en la sien. No lo suficiente para matarlo, creía, pero sí para dejarlo inconsciente durante bastante tiempo.


Cogió rápidamente el proyectil de la pistola y se lo guardó a la vez que se hacía con la gorra del guardia y se la colocaba en la cabeza.


Giró la llave en la cerradura y salió tranquilamente por la puerta, pues una cámara le estaba enfocando en estos mismos instantes colocada en la magnífica entrada de piedra, formada por arcos de piedra tallada superpuestos y una gran puerta de madera, con otras dos portezuelas en sus lados.

La puerta se cerró sola mientras él se desplazaba poco a poco hacia las sombras, intentando ocultar lo posible todo su cuerpo con la gorra para así no llamar la atención. Con mucha suerte, las cámaras no tendrían una buena capacidad de visión por la noche.

La alarma tardaría en sonar unos cuantos minutos. Suficientes para que nuestro personaje se hubiera fundido con las sombras, y con su brillante cargamento de cristal falso, se dirigiera a alimentar los deseos de una urraca.

martes, 17 de agosto de 2010

Una buena noticia, o mala según se mire. Este fin de semana colgaré otra historia que tengo preparada. Lo que no sé es si una corta o una larga...
Mantenéos atentos!

domingo, 15 de agosto de 2010

Recuerdos condensados

Si alguien sigue este blog, siento mucho haberle hecho esperar tanto. La verdad es que reconozco haber tardado mucho en escribir una nueva historia. Pero espero que os guste la nueva, y no os preocupéis, porque estoy fraguando otras dos, de hecho ya las he empezado, y planeo terminarlas pronto. Gracias por la espera, y no dudéis en comentar. Sin más:


Recuerdos condensados







Un pequeño bache en el camino le provocó una sacudida en la cabeza y le despertó de su sopor. El ambiente estaba pesado en el interior del pequeño autobús a pesar de haber hecho su entrada hacía poco el invierno. Habían anunciado nieve, pero nadie se podía fiar de la meteorología en aquellas fechas, en aquellos años y en aquella parte de España. El resultado era una lluvia tenue, como la luz del día, que quería atender a los deseos predicados.


El viajero dio gracias de haber podido estar solo y que su asiento estuviera al lado de la ventana rectangular y gruesa. Podía sentir el frescor a través de ella.

El viaje se debía de estar haciendo eterno, además, no sabía si por ser de noche o por los nubarrones que habían cubierto el cielo durante todo el día, pero su sentido del tiempo estaba tan perdido como cansadas su espalda y piernas e irritados sus ojos.

Después de frotarse los ojos con las palmas de las manos, bostezar lo más silenciosamente que pudo y estirar un poco las piernas, clavándolas incómodamente al asiento de adelante, dirigió su mirada más allá del cristal.

La lluvia todavía repiqueteaba en la chapa del automóvil, y el vaho producido por los viajeros cubría las ventanas.
Los cristales sólo dejaban entrever siluetas difusas de árboles, sombras fugaces y luces alargadas y deformes que se estiraban y se encogían al pasar la frontera entre el exterior y el vehículo.

El señor se dispuso a desempañar el cristal con su mano. Con un sonido chirriante deslizó la palma sobre el vidrio, enroscándose a su alrededor el vapor y las gotas condensadas engordaban y caían como riachuelos, formando surcos más claros, y arrastrando a su vez más agua.
Sintió como en un par de segundos su mano se había quedado helada. Pero más congelado quedó su pecho al ver a través del hueco que había despejado.

Andando bajo la lluvia, protegida con un paraguas gris que sólo dejaba ver unos magníficos tirabuzones de pelo castaño, estaba una mujer. Recorría el camino enlosado y vadeado por una hilera de árboles desnudos, desnudos como sus piernas, relucientes y esbeltas, pero cubierta por una gabardina y una falda de medio tiro oscuras. Sus tacones castigaban el suelo de una manera dura, restallando contra los charcos, y resaltando sus talones y gemelos de una manera arrogante pero encantadora.

Por un momento creyó que sus ojos le estaban engañando. No podía ser que esa figura tan conocida y ansiada se encontrara a tan sólo unos metros. Debía de haberse pasado el tiempo fugazmente si es que su meta estaba tan cerca.



Se dispuso a gritar al conductor rápidamente que parara, le daba exactamente igual que no estuvieran en la estación, debería entender su urgencia. La chica giró justamente la cabeza a tiempo para ver pasar el autobús, y la agitó un poco para quitarse el pelo de la cara y hombros.

La imagen que tenía en la cabeza se esfumó rápidamente. Los labios carnosos y rojos que se encontraban en su mente se evaporaron; su piel sedosa, con rosadas mejillas, se marchitó; las cejas perfectas se volatilizaron en el aire húmedo; la fina nariz que tantas veces había besado y cuyo perfil tan bien recordaba desapareció, y los ojos, esos ojos en los todos los colores de la naturaleza verde se podían ver reflejados sin tener nada que envidiar, unos pozos negros capaces de absorber el alma de cualquier incauto, unas puertas a la felicidad, resultaron ser cuencas que no buscaba.
Su corazón se sintió angustiado, se formó un nudo en su estómago. La boca que tenía abierta, dispuesta para gritar, emitió un sonido ahogado, pues la palabra había muerto en su garganta, atragantada.

Los ojos entristecidos del viajero se quedaron inmóviles, el hueco que había socavado el anhelo y que parecía haberse llenado, se vació en un segundo.

Al fondo, en la tarde que empezaba a dar la bienvenida a la noche, se podían ver edificios. Las siluetas se recortaban contra el horizonte ardiente. La franja de fuego naranja no tardaría en desaparecer. Pero él no llegaría nunca a este paso, a menos que…
que la torre que despuntaba a lo lejos, tremendamente similar a la de la ciudad a la que se dirigía, fuera del campanario de la iglesia, y la silueta que dibujaba ese edificio alto que se elevaba a lo lejos fuera el primer edificio de 15 plantas que se construía, o que esa antena a lo lejos fuera la de radio.

No sabía si la risa que escuchó en ese momento la produjo algún viajero o salió de su propia boca. Simplemente escuchó una sonrisa límpida, brillante, que le recordó por qué merecía la pena levantarse un día más, y le llenó de calor en invierno, y lo hubiera hecho en el más frío y oscuro de los lugares.

Pronto vería ese preciado rostro que tanto ansiaba acariciar y besar, pronto oiría esa melodiosa voz y olería ese embriagador perfume que emanaba su cuello y su cabello.

A pesar de estar lloviendo de manera casi torrencial, de que el viento helado le azotaba el rostro y le obligaba a sujetarse el sombrero en la cabeza, emprendió, con el corazón desbocado y esbozando una amplia sonrisa, el camino a la felicidad.



jueves, 8 de abril de 2010

Sobran las plabras

Si entendéis un poco de Inglés podréis entender esta atrocidad.

Es un vídeo editado por una asociación que se dedica a destapar todas las mentiras de políticos (sobre todo en el ámbito militar). Esta afecta a dos reporteros de Reuters:

(os recomiendo que hagáis click dos veces sobre el vídeo para aumentarlo y poder verlo en mejor calidad)

jueves, 11 de marzo de 2010

Una sociedad primitiva

Mucho tiempo de inactividad. Las ideas están un poco atascadas en mi cabeza y no me decido a escribirlas. Ya sabéis que sólo tenéis que proponerme alguna y puedo transformarla en "realidad".

Esta otra historia, o más bien artículo, vuelve a estar cargado de ironía y de crítica. Espero que lo disfrutéis.







Si las hormigas tuvieran dioses… ¿tendrían forma humana o de hormigas?




Decenas, cientos, miles, millones de hormigas laboriosas cubren la faz de La Tierra. Ajetreadas, trabajadoras incasables pululan sin ruta ni destino aparente, confundidas avanzan y retroceden, desandan los pasos que acaban de dar y recorren de nuevo tierra que ya ha sido pisada.



Mientras la gran mayoría trabaja en donde les indica la avezada arriesgada que se juega el todo por buscar y encontrar otras se dedican a diferentes menesteres. Trabajan en sociedad. La jerarquía también comprende a las obreras explotadas y los reguladores y vigilantes. Las que colocan los materiales en las cuevas y los cuidan, las que alimentan y protegen a las futuras generaciones. Y como no puede faltar en toda agrupación: un culmen en la pirámide, un poder superior, una reina que dirija y otros que la fecunden.

Ahora supongamos por un momento que dotamos a esa sociedad primitiva de educación y de la capacidad de votar quién es la reina y que no venga impuesto, digamos, por la sangre o por decreto “divino”. Esa reina, y las demás que optaran a regentar la colonia deberían hacer concesiones a las demás y ganarse el puesto, legitimando su elección, eso, o usar al grupo de regulación que posee la fuerza para usurparlo y tener bajo un régimen de terror y represión al “pueblo llano”, creando una especie de fascismo, y más que fascismo comunismo, no porque las hormigas sean negras o rojas, sino porque podrían seguir manteniendo su actual sistema de bienes comunes. Ya que si tuvieran la capacidad de crear una sociedad con propiedades (posesiones) empezarían a comerciar, y eso nuestra propia mente, la humana, no lo puede concebir, como la idea del infinito (¿En serio el universo no tiene fin? ¿Cómo es eso posible? Decir que imaginas algo infinito es una falacia porque, simplemente, no puedes). Un comercio entre unidades que podría evolucionar en un sistema de contratación, empresas, en un… ¿capitalismo?

Pero volvamos a las concesiones que se deberían hacer para ganar los votos de las demás “ciudadanas”. Unas vacaciones y también, seamos generosos, una reducción de la jornada laboral, y eso sólo para empezar. A pesar de ello, todos los grupos seguirían haciendo lo mismo, y ciertos círculos seguirían aprovechándose de su status. A las siguientes elecciones; que tendrían que ser de menos de cuatro años, por la fugacidad de su vida, fugacidad relativa, si la comparamos con la nuestra; se conseguirían unos nuevos beneplácitos, pero quién sabe, puede que si su pensamiento fuera más complejo de lo que nuestro egocentrismo nos lleva a pensar, comiencen a dividirse. ¿Quiénes son más? ¿Las obreras? ¿Las recolectoras? ¿Los soldados? Porque el mayor número conseguirá mayores ventajas. Lo que podría derivar en protestas por discriminación, porque a parte de ofrecer ventajas a unos igual perjudican a los otros de los que no van a obtener el voto, o incluso puede que después de ganar las elecciones, y escudándose en la legitimidad del proceso o en el apoyo de sectores poderosos, comiencen a realizar una política propia, que les beneficie exclusivamente a ellos, los políticos y sus soportes, pudiendo ganar las siguientes elecciones si controlaran la opinión pública, la instrucción básica o si la oposición no tuviera una estructura de beneficios sólida o interesante para nadie. Con lo que se escogería “el mal menor”, no por ello siendo eficiente ninguna de las elecciones. De cualquiera de las maneras, acabarían en el poder siempre los mismos, y las hormigas de siempre realizarían el trabajo cada vez más pesado para seguir manteniendo una cima de la pirámide social (me resulta casi imposible imaginar una sociedad con una relación horizontal, puede que las hormigas consiguieran crearla) cada vez más pesada y distanciada.

Hacia adónde podría evolucionar más tarde una sociedad primitiva como la de las hormigas no lo sé… la nuestra todavía no lo ha hecho.

lunes, 4 de enero de 2010

Esta es la historia en la que vemos la paja en el ojo ajeno. ¿O podría ser la que nos cuenta que allá dónde un débil se enfrente a un poderoso sucede de igual manera?






Baghdad 2001



Copenhague 2009

Siento si esta entrada os parece politizada. Intento escribir historias para abstraer la mente. Sin embargo, hay sucesos que no merecen el silencio. Además, ¿a quién no le parece que esto tiene un poco de subrealista?

Discurso de la esperanza. Por Charles Chaplin

Muchos conoceréis este magnífico discurso en el que el maravilloso Chaplin ha conseguido plasmar no sólo lo peor del ser humano, sino sus virtudes más poderosas, habilidades con las que se conseguirían salvar sus defectos:

Yo no quiero ser emperador. Ese no es mi oficio, sino ayudar a todos si fuera posible. Blancos o negros. Judíos o gentiles. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros; los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás, no hacernos desgraciados. No queremos odiar ni ayudar a nadie. En este mundo hay sitio para todos y la buena tierra es rica y puede alimentar a todos los seres.

Lo siento.

Pero yo no quiero ser emperador. Ese no es mi oficio, sino ayudar a todos si fuera posible. Blancos o negros. Judíos o gentiles. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros; los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás, no hacernos desgraciados. No queremos odiar ni ayudar a nadie. En este mundo hay sitio para todos y la buena tierra es rica y puede alimentar a todos los seres. El camino de la vida puede ser libre y hermoso, pero lo hemos perdido. La codicia ha envenenado las armas, ha levantado barreras de odio, nos ha empujado hacia las miserias y las matanzas.

Hemos progresado muy deprisa, pero nos hemos encarcelado a nosotros mismos. El maquinismo, que crea abundancia, nos deja en la necesidad. Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos. Nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos demasiado, sentimos muy poco.

Más que máquinas necesitamos más humanidad. Más que inteligencia, tener bondad y dulzura.
Sin estas cualidades la vida será violenta, se perderá todo. Los aviones y la radio nos hacen sentirnos más cercanos. La verdadera naturaleza de estos inventos exige bondad humana, exige la hermandad universal que nos una a todos nosotros.

Ahora mismo, mi voz llega a millones de seres en todo el mundo, millones de hombres desesperados, mujeres y niños, víctimas de un sistema que hace torturar a los hombres y encarcelar a gentes inocentes. A los que puedan oirme, les digo: no deseperéis. La desdicha que padecemos no es más que la pasajera codicia y la amargura de homres que temen seguir el camino del progreso humano.
El odio pasará y caerán los dictadores, y el poder que se le quitó al pueblo se le reintegrará al pueblo, y, así, mientras el Hombre exista, la libertad no perecerá.

Soldados.

No os entreguéis a eso que en realidad os desprecian, os esclavizan, reglamentan vuestras vidas y os dicen qué tenéis que hacer, qué decir y qué sentir.

Os barren el cerebro, os ceban, os tratan como a ganado y como carne de cañón. No os entreguéis a estos individuos inhumanos, hombres máquina, con cerebros y corazones de máquina.
Vosotros no sois ganado, no sois máquinas, sois Hombres. Lleváis el amor de la Humanidad en vuestros corazones, no el odio. Sólo lo que no aman odian, los que nos aman y los inhumanos.

Soldados.

No luchéis por la esclavitud, sino por la libertad. El el capítulo 17 de San Lucas se lee: "El Reino de Dios no está en un hombre, ni en un grupo de hombres, sino en todos los hombres..." Vosotros los hombres tenéis el poder. El poder de crear máquinas, el poder de crear felicidad, el poder de hacer esta vida libre y hermosa y convertirla en una maravilosa aventura.

En nombre de la democracia, utilicemos ese poder actuando todos unidos. Luchemos por un mundo nuevo, digno y noble que garantice a los hombres un trabajo, a la juventud un futuro y a la vejez seguridad. Pero bajo la promesa de esas cosas, las fieras subieron al poder. Pero mintieron; nunca han cumplido sus promesas ni nunca las cumplirán. Los dictadores son libres sólo ellos, pero esclavizan al pueblo. Luchemos ahora para hacer realidad lo prometido. Todos a luchar para liberar al mundo. Para derribar barreras nacionales, para eliminar la ambición, el odio y la intolerancia.

Luchemos por el mundo de la razón.
Un mundo donde la ciencia, el progreso, nos conduzca a todos a la felicidad.

Soldados.

En nombre de la democracia, debemos unirnos todos.


Feliz Año, disfrutad e intentad usar este granito de arena.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Los ojos de la muerte

Dicen que los días nublados estimulan la creatividad y la actividad cerebral... y espero que tengan razón, ya que a pesar de tener unas cuantas ideas en la cabeza para escribir nuevas historias, no termino de conseguir hacer un boceto completo de ellas. A ver qué pasa durante las cercanas vacaciones de Navidad...

Los ojos de la muerte



La amplia habitación se hallaba casi totalmente en penumbra. Solo la gran mesa cubierta de papeles y libros resplandecía a la luz de un candelabro cuyas velas dibujaban sombras danzantes alrededor de las dos figuras.

El comerciante se recostó incómodo sobre una imponente silla de roble. Apoyó su peso sobre el cojín de terciopelo púrpura mientras, a pesar de ser invierno, se pasaba un pañuelo de seda con sus iniciales bordadas, F. M., por la calva perlada de sudor.

Su edad no podía sobrepasar la treintena, con lo que podía deducirse por su lamentable aspecto físico que la vida de lujos, heredada de su progenitor, le había pasado una factura que por primera vez tendría que pagar.


Las dos figuras se miraron fijamente unos segundos hasta que el obeso mercader, nervioso, y no pudiendo mantener más la compostura bajó la mirada.

-Por favor, siéntese- le conminó al extraño.

Un largo silencio siguió a la frase, mas la figura envuelta en un halo de sombras no hizo ningún movimiento perceptible.

-De acuerdo- rezongó, entre dientes, cansado de esperar al invitado.

Fabio dejó el ridículo sombrero azul copado por una pluma, típico de la burguesía venida a más, sobre la mesa junto al resto de cartas e infinitas cuentas.

Con sus pequeños ojos enmarcados entre obesos carillos y cejas y separados por una prominente nariz aguileña observó la máscara de porcelana inquebrantable.

-Te he contratado porque no quiero fallos ni misericordia. Y lo quiero a mi manera -le espetó, ante lo que el otro soltó un gruñido de desaprobación-. Te pagaré más, pero tendrás que eliminarlo delante de su familia.

-Por qué.

-Porque soy yo el que pone el dinero.

Un repentino frío se apoderó del comerciante y le atenazó el corazón, su sudor se tornó en hielo, el aire parecía no querer entrar en sus pulmones. Las llamas parecieron encoger.

-Bu… bueno –titubeó-. La verdad es que mancilló el nombre de mi familia al profanar la virginidad de mi hija.

Bastardo mentiroso, ¿tus negocios florecientes parece que se están resintiendo verdad? - dijo para sus adentros el asesino.

Cabeceó ligeramente en señal de afirmación.

Podría conseguir suprimir al “encargo” a distancia, pero cumpliendo la cláusula gracias a un rifle particularmente largo con el cañón espigado, para la precisión, que él mismo había desarrollado expresamente.

Después quedaba el tema del ruido y de que un disparo no fuera suficiente. También podría asesinarlo rápidamente por la espalda y salir corriendo, pero a parte de exponerse quedaba un problema personal:




Regla número uno: Lo último que verán tus víctimas serán tus ojos




Un poco dramático, pero era algo que le ayudaría a reconocer las miradas que reflejaran el brillo de la muerte y el odio en los rostros desfigurados del infierno.






Regla número dos: No exponerse jamás




Si a todo cerdo le llega su sanmartín desde luego que el suyo todavía se apetecía lejano, no sería por un gordo avaricioso por lo que mordería el polvo.


El último escollo:




Regla número tres: Mata por un motivo.




Joder, ¿por qué debía de tener un código tan extenso?


El motivo que tenía el comerciante, irónicamente el mismo sobre el que debía pagar, el dinero, no era éticamente justo.

Cavilando sobre una solución equitativa para todos a penas prestó atención a los inútiles datos, consejos y pautas del mercader judío sobre su tarea y que ya conocía desde hacía días.


Curiosamente el otro usurero tenía ciertos motivos turbios entre manos, ¿y quién no?, bueno, pero resulta que para él la violación de menores era una de las miles de cuchillas afiladas que podían utilizar las parcas para cortar el deshilachado hilo de su vida.



Y no soy yo el indicado para negar ni al destino ni a Dios cobrarse la vida de una de sus míseras creaciones.

-No lo debe saber nadie más que tú.

-Y nadie más lo sabrá –contestó a la vez que dibujaba una débil y tétrica sonrisa en su rostro.


El burgués se levantó pesada pero impacientemente, plasmada en su cara una expresión de irritación, nerviosismo y miedo.


-Ah, y te pagaré cuando el trabajo esté hecho.


Esta vez el asesino ni siquiera se dignó a emitir sonido alguno.


Gracias por facilitarme la decisión


Alargó el brazo hacia el vacío que les separaba y extendió la mano. El otro miró nerviosamente hacia los lados, en busca de un apoyo que la oscuridad jamás le brindaría.

Finalmente se dio por vencido y alargó su brazo izquierdo.

La mano del ejecutor agarró por el antebrazo al gordo en una presa abrasadora y lo atrajo hacia sí. Con la sonrisa de nuevo en los labios observó cómo los ojos de la víctima mudaban de la prepotencia al más absoluto pánico. La boca se le abrió instintivamente para emitir un grito de auxilio que jamás recorrería el aire.

La cara del verdugo se transformó en un torrente de emociones, que a la luz tenue de las velas, convertidas ahora en cirios, parecía la del mismo Diablo. Con mano de hierro cogió la lengua del estremecido y balbuceante comerciante y con la otra, que sujetaba un fino y lujoso abrecartas cogido de la mesa, trazó un veloz sesgo con el que la amputaría.


-Maldito judío. ¿Crees que una vida se puede comprar con dinero?, soy yo aquí el que tiene el poder para decidir. Espero que disfrutes saboreando la sangre que a tantas personas has robado.


El mercader, llorando y con las manos todavía en la garganta se desplomó en el suelo.


-Yo siempre cobro por adelantado. Así que cogeré por si después no estás en condiciones de pagarme- dijo con sorna mientras arrancaba una bolsita de piel del cinturón del agonizante.


Rápidamente se secó la sangre con un par de hojas.

Avanzaba con lentitud parsimoniosa hacia la puerta de la habitación cuando bruscamente giró la cabeza, observó con un reflejo macabro las llamas de las velas y sopesó de nuevo el saquito de monedas que todavía aguardaba entre sus ahora enguantadas manos.


Tras terminar su pequeña e improvisada obra maestra se dirigió corriendo hacia las sombras que se colaban en la habitación por una ventana abierta, en una lucha constante con la luz. Era cuestión de tiempo que los largos y eterno brazos de la oscuridad vencieran.

De un salto, tal y como había llegado, el asesino desapareció entre la noche.


Al día siguiente un grito de terror recorrería la casa del burgués cuando su sirvienta encontrara en el suelo a su señor ahogado en su propia sangre, rellenas sus avariciosas cuencas con monedas fundidas de cobre.


Fundida con las sombras, una negra figurar encapuchada recorría las solitarias calles de Milán.

La tenue luz escarlata que derramaba la Luna llena hacía que su florinete emitiera destellos relampagueantes. Se acercaba tormenta.


El eco de sus pasos al chocar contra el empedrado, aunque suave, restallaba por las paredes y túneles que recorría, llamando la atención de miradas indiscretas, cientos de ojos que huían como las ratas que eran al notar su aura aproximarse.


Su víctima se encontraba medio ebria en la entrada de una frecuentada taberna del barrio de los mercaderes. Precios baratos y mala calidad para usureros, putas y juego.


Tuvo que aguardar a que recorriera un pequeño número de calles a trompicones y que se alejara a un lugar un poco más apartado.


-¿Adónde se dirige señorito? –preguntó con voz de sorna.

-¿Y a usted qué coño le incumbe? –respondió a la vez que se giraba bruscamente, envalentonado por la bebida.


El asesino se acercó al desdichado cuando este desenvainó su propio florete.


-¡Aléjate!

-Emocionante…


Nuestro experto espadachín embistió con un hombro al mercader mientras desviaba su estocada, arrinconándolo contra la pared. Con una rápida floritura lo desarmó y con la otra mano lo agarró a través de la espalda, tapando su boca.


-Maldita sea… ¿por qué no me invitaste a la fiesta?... Perdón, perdón, no te he tratado de usted, ¿te importa que no te trate de usted? Bien, lo suponía.


Con la espada ya envainada y una daga empuñada, sujetó el brazo del molesto “paciente” que intentaba revolverse.


-Tengo una buena y una mala noticia… Empezaré con la buena, me encanta dar buenas noticias –dijo con voz socarrona. –Resulta que Fabio está muerto, ¡ahora podrás ser todo lo rico que siempre deseaste, casi sin esfuerzo!... Ah perdón, se me olvidaba la mala noticia, siempre me lo suelen echar en cara –replicó con voz irónicamente triste-. Resulta que él me contrató para que te eliminase, me pagó ya, y resulta que yo no puedo echarme atrás, resulta que tengo un código profesional y un sentido del honor muy estricto… no no… ya me pagó y no puedo aceptar una contraoferta… has de morir.


Poco a poco bajó la daga, pasando la afilada punta a lo largo de su abdomen en una siniestra acaricia.

Al llegar al final de su cintura clavó con fuerza la daga en la entrepierna.

El otro emitió un gemido mientras se estremecía.


-Huy, lo siento, ¿necesitabas esto para violar a más niñas?... me perdí la diversión y ahora necesito jugar.


Su víctima siguió contorsionándose espasmódicamente, quejándose y llorando.


-Cállate hijo de puta,¿a caso alguna vez mostraste clemencia?... Bueno, la verdad es que si alguna vez lo has hecho a mí me da igual –se contestó a sí mismo con una risita desquiciada.


Del final de la calle provino un grito. Un hombre perfectamente iluminado observaba estupefacto la escena.


-¡Guardias! ¡Guardias!


-Mierda –susurró el asesino a la vez que escrutaba fugazmente al delator.


Los guardias, un minuto más tarde inspeccionarían el lugar en el que un comerciante había muerto degollado.


-Yo vi una figura encapuchada agarrando por detrás a ese hombre. Grité y se giró hacia mí -contestaría, estremecido al recordar la mirada de fuego con la que se encontraría posteriormente en el Infierno.

jueves, 15 de octubre de 2009

Sudor y lágrimas

He aquí la historia más larga que he escrito hasta el momento. La tenía reservada para un momento de bajón a la hora de escribir, este parón en realidad no es motu proprio, si no que al estropeárseme el portátil me es imposible sacar más que un par de minutos en ordenadores comunes. Pero bueno, como todo lo malo tiene algo bueno, eso no me impide escribir sobre el papel y ahorrar tiempo en tonterías varias de internet.

Realmente espero que esta historia os guste.

SUDOR Y LÁGRIMAS



La luz se filtraba a través de la reja de hierro que, oxidada, se clavaba en la arena. El olor nauseabundo del túnel abovedado de piedra despertaba las náuseas del delgado egipcio que se encontraba a su lado en las filas de a dos y que, al igual que él mismo, había arrojado el casco a un lado. Ya había elegido a su primera víctima.

Con un fuerte chirrido, los propios soldados romanos eliminaron uno de los cientos de obstáculos que impedían su libertad. Pero cada vez eran menos los que lo separaban de salir de aquel infierno que había padecido desde que fuera capturado y vendido como esclavo. Nunca había imaginado que, después de ser acusado injustamente del asesinato de un mercader hace dos años, el destino fuera a llevarle a él, Memón, desde sus lejanas tierras nubias hasta Thysdrus [actual Túnez], y menos aún al grandioso anfiteatro de El Djem. Sus plegarias habían sido escuchadas, el hambre, la pobreza, la injusticia, el dolor, la lucha por sobrevivir segundo a segundo, el horrible entrenamiento, la muerte, las lágrimas... todas las penurias podrían terminar en aquel lugar… Sólo un día más, sólo un día más.

A la vez que se agachaba para secar las sudadas palmas de las manos con un puñado de arena, de un rápido vistazo con el rabillo del ojo pudo observar a los dos contendientes que había detrás de él. Uno de ellos, con aspecto germano, tenía una figura impresionante, con lo menos dos metros de alto llevaba el torso musculado y desnudo a excepción de unas tiras gruesas de cuero que mantenían firme su única armadura, la cual cubría el brazo derecho con el que asía un enorme tridente, el otro brazo sujetaba una red con ganchos, y su cuello, tan ancho como sus poderosas piernas, desembocaba en una cara marcada por las cicatrices y en el que junto al cabello rubio y sucio se destacaban unos ojos azules y fríos, pero inyectados en sangre. A la izquierda del nórdico se encontraba otro africano, algo menos grande e imponente que él, pero que parecía un adversario al que tener en cuenta. Detrás de la pareja de gigantes debería haberse encontrado otra más, pero en su lugar había dos cadáveres frescos, traspasados por pilums y rematados con los gladios Para ellos, el combate había empezado y terminado demasiado pronto. Sería una desilusión para el público, ahora ellos deberían dar el espectáculo que faltaba.

Desde la entrada del túnel penetraron los gritos de la muchedumbre. Y desde el final otros gritos les animaron a avanzar, los legionarios no habían dudado en poner fin a la vida de dos de los gladiadores, y tampoco dudarían ahora si la media docena de condenados vacilaba a la hora de enfrentarse a la muerte.

Los dos primeros comenzaron a andar pesadamente, parecían ciudadanos del Imperio, con su piel tostada, voluntarios a la hora de luchar para ganarse la gloria. Cubiertos con corazas completas, desde las piernas hasta la cabeza, pasando por los brazos que empuñaban espada y escudo. Los yelmos dorados, decorados con exquisitas formas de fieras, comenzaron a reflejar la luz en todas las direcciones en cuanto asomaron a la arena. No hay adversario más peligroso que el que no tiene nada que perder, pero sí mucho que ganar. Los gritos aumentaron de potencia, la gente parecía en éxtasis, el combate de la década daba comienzo.

Todos avanzaron hacia el palco presidencial, donde se encontraba el gobernador militar de la ciudad. En el instante mismo en el que se pusieron en fila todos y a una voz gritaron Ave toda la muchedumbre calló. El gobernador se levantó lentamente y con igual cadencia comenzó a escupir palabras entre trago y trago de vino, palabras que repetía en voz alta un sirviente que se encontraba a su lado. Mientras la charla indescifrable rebotaba y se perdía entre las paredes y las personas, ebrias ya nada más comenzar la fiesta, los hombres que esperaban la muerte o la gloria sufrían el inclemente sol en sus espaldas. La arena reflejaba la mayor parte de los rayos que absorbía, aun y así, ardía y hervía como la sangre que pronto humedecería sus granos. El halo de muerte pareció extenderse por todo el campo tan rápido como el silencio una vez acabado el discurso.

Los gladiadores se repartieron en círculo por el centro del anfiteatro formando los vértices de un hexágono casi perfecto. Memón aprovechó para dejar al astro rey fuera de su vista y poder contemplar toda la acción sin distracciones ni obstáculos. Los seis hombres se observaron los unos a los otros, midiendo y memorizando cada detalle de sus adversarios. Esta vez un error significaría la muerte. Esperaron pacientemente cualquier señal que pudiera dar inicio a la carnicería, pero el gigante nórdico parecía ponerse cada vez más nervioso.

Una gota de sudor le comenzó a resbalar por la cara, mientras recorría lentamente su camino desde la frente perlada hasta la punta de la nariz una piedra silbó cerca de la cabeza del gladiador nubio. El público comenzaba a impacientarse.

Los dos romanos avanzaron como militares a pasos cortos y seguros, uno de ellos se dirigía hacia él. Por última vez elevó sus plegarias hacia los inmisericordes dioses a los que no debía por ahora nada y de los que todavía tenía mucho que recibir y apretó con fuerza los mangos de sus espadas. Lo que ocurría a su alrededor se fundió rápidamente en una vorágine de imágenes borrosas. Los gritos de dolor se mezclaron con los del expectante público, sin embargo se hicieron cada vez más lejanos y embotados. Su campo de visión se centró en un espacio cerrado con paredes de arena en el que sólo cabían dos personas, pero del que sólo saldría una con vida.

El gladiador de casco dorado se plantó a pocos metros él, clavó sus sandalias de cuero en el suelo y adquirió una pose defensiva con su escudo y su gladio elevado como un aguijón preparado para clavarse. Su posición, característica en la legión, lo señalaba con un anterior soldado, el combate sería difícil.


Segunda parte



El casco dorado rematado con una cabeza de león comenzó a rugir un latín que él no podría traducir, pero los insultos eran un lenguaje universal al que un luchador no podía hacer caso omiso. Ahora debía elaborar una estrategia que le permitiera salir airoso de la primera embestida evitando la picadura de su arma. Primero bajó la cabeza y dobló la rodilla y cogiendo impulso comenzó a correr directamente hacia su rival. A dos metros hizo un quiebro a derechas que obligó al soldado a pivotar hacia ese lado, pero un segundo más tarde desplazaba todo su peso hacia el lado izquierdo evitando que su pesado adversario se defendiera con el escudo rápidamente. Con un poderoso salto se elevó en el aire levantando junto a él la arena del suelo, su espada derecha bloqueó la del otro y girando todavía sin haber caído al suelo movió rápida y precisamente el brazo izquierdo con el que cortó la mano con la que enemigo sujetaba su arma.

Su rival se dobló de rodillas sangrando a borbotones por su muñón. Ahora debería rematarlo. Se dirigió hacia el acabado adversario y limpió su espada en su espalda. El signo de desprecio no pasó desapercibido al público, que estalló en gritos de placer. Los lastimosos intentos por levantarse usando el escudo como apoyo le llevaron a no retrasarse más con la ejecución, y poniendo la espada por detrás en su cuello se lo rebanó y empujó su cuerpo a la arena caliente en medio de agónicas convulsiones.

Inmediatamente alzó la vista para observar de nuevo el combate. El escenario había cambiado bastante en los últimos minutos. Entre las gotas de sudor que le empañaban la visión pudo observar como el otro militar luchaba con sus últimas energías contra el ágil egipcio, que ya le había despojado de su pesado escudo y le había hecho un profundo corte en la pequeña parte desprotegida de la rodilla. En la otra parte se elevaba el nórdico con el cadáver del nubio partido por la mitad a sus pies. El gigante rugía mientras levantaba el hacha a dos manos del muerto, para instantes después desviar su mirada hacia el ahora libre Memón. Una parte de su alma se encogió ante los ojos llenos de ira y el cuerpo salpicado de sangre.

Según se acercaba comenzó a sentir no sólo sus latidos restallando contra sus oídos, sino también las pisadas de la muerte que se abalanzaba contra él. De poco servirían sus rezos contra la fuerza imparable que le sobrevenía, ahora debería confiar en su técnica, y en lo que hiciera falta. Observó sus puntos débiles cuidadosamente, al fin y al cabo, era un ser humano o debería serlo. Parecía que no toda la sangre que bañaba su cuerpo procedía de su última víctima, una cuchillada larga en su abdomen dejaba escapar un chorro de sangre; sin embargo, su portador parecía inmune al dolor.

Y llegó el momento en que el gigante alcanzó al único negro que quedaba vivo. Con una sonrisa en la cara y dejando escapar un sonido gutural de su garganta dejó caer con una fuerza brutal su hacha sobre su cabeza desprotegida. El movimiento no obstante fue lento y le permitió esquivarlo con un rápido desplazamiento que aprovechó para colocarse a su costado y cortarle con la espada. El tajo no fue profundo, pero despertó la rabia de su adversario que de una fuerte patada que le encontró desprevenido le lanzó pesadamente al suelo. Tras esto y sin dejar tiempo a que reaccionara se dirigió de nuevo hacia él con el arma dispuesta a caer otra vez sobre su cuerpo. Esta vez desde el suelo no pudo esquivarlo, pero lo paró con la espada de su brazo izquierdo, preparada la derecha para rematar en el estómago. El impacto resultó tan fuerte que dejó entumecida su extremidad hasta el hombro, que terminó de parar el golpe y comenzó a sangrar de la herida superficial, y extendió el dolor hasta su cabeza. Para ganar tiempo le hizo una incisión en el tobillo y rodó por el suelo unos metros chocando finalmente con algo metálico. Giró la cabeza para ver su salvación, el escudo que había dejado caer su anterior adversario.

Se puso pesadamente de pié a tiempo para contemplar de nuevo cómo el monstruo se dirigía de nuevo a su posición. Los siguientes minutos pasaron entre la confusión, parando con ambos brazos los embates de su enemigo que parecía no cansarse, pero sí divertirse como un niño golpeando una puerta endeble que sabe que al final acabará cayendo. Mas un rayo de esperanza iluminó el semblante del abrumado combatiente al ver tras las anchas espaldas de su pesadilla cómo el egipcio había dado cuenta de su presa y ahora avanzaba sigilosamente hacia el distraído nórdico.

Ya empezaba a creer que no resistiría lo suficiente para que su improvisado aliado le salvara de las arremetidas. Las fuerzas se le escapaban a cada golpe, las rodillas se le flexionaban cada vez más y los brazos y hombros soportaban un dolor inimaginable, las manos despellejadas sujetaban cada vez más débilmente la carga del escudo. De repente una cuchilla bajó rápidamente hacia el hombro derecho del gigante y amputó limpiamente el enorme brazo. El semblante del rubio adquirió un tinte de sorpresa, aturdido intentó alzar de nuevo un hacha que ya no pendía de su mano diestra, aunque seguía sujeta por su zurda por la mitad del hasta.

La presión entonces se relajó sobre Memón, que aprovechó para recobrar el gladio y las fuerzas que necesitaría poco después y se quedó apoyado en el escudo que había clavado en la tierra.

Pero a pocos metros la lucha proseguía, ésta vez entre dos adversarios diferentes. El gigante ahora manco seguía en pié, la sangre le salía a borbotones del hombro, pero eso no le impidió girarse y dar un golpe con el mango del hacha en el estómago al estupefacto egipcio que salió disparado por los aires y calló con un golpe sordo al suelo sin poder respirar. Trastabillando el nórdico se dirigió para rematar a su semiinconsciente presa. La sangre que perdía hacía inverosímil el hecho de que pudiera seguir caminando. La tez blanquecina amarillenta, el reguero de sangre y destrucción que dejaba a su paso, el círculo de muerte y horror que desprendía hacían que pareciese el propio demonio encarnado. Mas el señor del caos debía haber abandonado a su víctima acabada y jadeante, ya que el cuerpo casi desangrado se desplomó sobre sus rodillas, calló y murió con orgullo pero con la cabeza hundida en su propia sangre.

Ya solo quedaban dos.

Agotados, contusionados, sudorosos, quemados por la luz del sol, exhaustos y boqueantes, cubiertos de arena, sangre y salpicados de heridas deberían hacer frente al último obstáculo que impedía su libertad y su gloria.

Ambos se pusieron fatigosamente de pié, asieron sus armas y comenzaron a andar en círculos en los que ocupaban puntos opuestos. Con su gladio y escudo debería hacer frente a un tridente enorme y afilado que venía acompañado de la red coronada por anzuelos que había usado el germano al comienzo del combate en la arena.

No había podido observar antes cómo luchaba su próximo enemigo ocupado como estaba en salvar su propio pellejo frente a la tormenta de golpes a los que se había tenido que enfrentar y que ahora le seguían manteniendo debilitado.

Sin previo aviso su contrincante le lanzó la red para atraparlo y acabar fácilmente con él, lo cual suponía una burla habiendo llegado uno y otro tan lejos. Con un ligero movimiento hacia un lado y ayudándose con el escudo desvió la trampa hacia el suelo. Sin embargo parecía que mientras prestaba la atención al proyectil su rival había aprovechado la distracción para acercarse rápidamente con el tridente presto para empalarle. De nuevo tuvo que usar el escudo salvador para bloquear el ataque y con la rodilla le zancadilleó. Apresuradamente se dio la vuelta para hacer frente de nuevo a su velozmente recuperado enemigo.

La siguiente embestida la rechazó con la espada, y aprovechó que se encontraban cerca para atestarle un tremendo golpe con el escudo y lanzarlo al suelo desarmado a excepción de un risorio cuchillo que escondía sujeto en su cinturón.

El egipcio estaba ahora acabado, en el suelo, mirando con los ojos rabiosos que reflejaban la ira y el odio, pero que sólo podía esperar la muerte. Se acercó unos pasos hacia él y se colocó a sus pies, ya no podía sonreír, simplemente le embargaba el alivio de saber que todo se había acabado. Aunque la felicidad no es eterna. El condenado se revolvió negándose a aceptar su derrota y le lanzó un puñado de arena a los ojos. La visión se tornó borrosa y oscura al instante. Soltó el escudo para llevarse las manos a la cara. De pronto sintió un dolor lacerante en el estómago y un calor abrasador. Comenzó a tambalearse a la vez que daba pasos hacia atrás.

Las gotas de sudor que caían de su frente se mezclaban con las lágrimas que, en un vano intento por recuperar la vista, derramaban sus lacrimales. Con la mano izquierda, que todavía sostenía su espada se palpó el abdomen y de nuevo se extendió un sufrimiento inimaginable al sentir el cuchillo clavado en su cuerpo hasta el mango.

Su marcha vacilante hacia atrás al fin se encontró con un obstáculo blando pero pesado con el que tropezó y le hizo desplomarse al suelo.

El olor a muerte y putrefacción, el zumbido de las moscas, la sangre, el dolor, el calor abrasador, la negrura, los gritos, las súplicas, la destrucción, el horror… Su vida había terminado. No es cierto que antes de morir se sucedieran las imágenes más felices. Él no había conocido la felicidad en este mundo, sólo pudo sentir el odio, la injusticia y el sabor amargo que dejaba la libertad al alcance de tus manos y que se te arrebataba en el último momento tras una vida plagada de sufrimiento.

Ahora, liberado de toda obligación sólo le quedaba llorar hasta que su corazón dejara de latir.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Una partícula en particular

Ha llegado el momento de hacer una crítica. No espero que os guste, si no que la compartáis. Aun y así, pondré un vídeo para que la música os acompañe.



Extendiéndose por el horizonte, cubriendo el cielo y ocultando la puesta de sol la nube de humo surge de una chimenea barnizada de costras que a su vez da rienda suelta a la indiferencia humana.

Una partícula en particular, individual en todo el macrouniverso tiende a nacer y ascender desapercibida manteniéndose unida a la corriente, dejándose llevar y mecer de buena gana por los soplos calientes.
Al final del viaje, si es que su existencia, fugaz en el existir e inmortal en el dolor, no se ha visto arrastrada por un lastre externo de hielo alcanzará el Cielo donde como toda materia se transformará y formará un todo natural y parte humano, belleza e indolencia.

Terreno celestial, un vez ignorantemente alabado, ahora ignorado, derrotado, agotado y contaminado nos devuelve en forma de lágrimas ácidas los pecados negros que hacemos levitar con flautas sin melodía o remitente.

Un hombre pasea bajo la lluvia, la cabeza tapada con una capucha no para ocultar su orgullosa vida, sino para protegerse de la nociva envidia que le salpica, de la soberbia y de las infamias. El pitido de los oídos lo intenta camuflar con un mp3 manchado de sangre todavía inocente y tiernamente virtuosa.
Chapoteando entre el lodo, asfalto y gases nocivos trata de mantener una chispa de pureza, corre pareciendo huir del Infierno. Pero lo único que encuentra a su paso son las sombras de las cruces de papel-moneda y bocas que gritan y susurran a la vez mensajes opuestos, secretos y farsas.
Mete su mano en el bolsillo derecho de la chaqueta del chándal, la gente le mira con desconfianza, pero no es un arma, al menos no es un arma con el que pueda infligir daño a los demás. Pensaba cambiar a una emisora, sin embargo recapacita imaginando qué nueva taza de invenciones y apariencias falsas se verterán hirviendo a través de sus tímpanos sin blindaje contra los títeres que juegan a ser titiriteros. ¿Desde cuándo cambió el significado de política? ¿Por qué no se ha avisado a la gente que ya no significa ayudar al ciudadano? ¿No eran los fulleros los que se llenaban los bolsillos mientras se reían de la pobre gente?

Mientras el fulgor corre y destella por la lluvia que intenta apagarlo las calles de la ciudad siguen abarrotadas de abominaciones mecánicas que tosen y se deslizan por oscuridad extraída de las entrañas de la tierra, negrura por la que se mata. Los esputos metálicos se funden con el castigo divino en charcos brillantes y coloridos. El agua busca la pureza que se niega a perder frente a un ser miserable, no quiere sentirse derrotada, y emana vapores tóxicos que revolotean en busca de cuerpos a los que torturar.

Una existencia feliz, sin consumir cigarros ni substancias que le ayuden a olvidar o a verlo todo más fácil y bonito, una mente sana y una vida que no se ha abandonado al placer vulgar no son defensa para los males que creamos la humanidad. Y esos efluvios encontraron un cuerpo al que atacar. Deslizándose por conductos vivos y palpitantes nuestra partícula encuentra su reposo. En un pulmón en el que pronto metastatizará el cáncer de la sociedad, la avaricia.

miércoles, 26 de agosto de 2009

A 12 pasos de la gloria.

Nueva historia. Recién terminada!!!!!! Espero que la disfrutéis tanto como yo he disfrutando imaginándola.


A 12 PASOS DE LA GLORIA.




Las hojas incendiadas con la luz del Sol de la mañana se mecían suavemente bajo el frío soplo del viento, proyectando sombras infinitas sobre el bosque y agitando las gotas que la lluvia había guardado en sus palmas, preparándose para derramar las lágrimas ante el funesto desenlace.

Las espaldas de los dos contendientes se separaron al caminar en direcciones opuestas.

El primer paso desembocó en el barro produciendo un leve chapoteo.

La lluvia estaba golpeando con fuerza los cristales de la habitación. El repiqueteo impedía escuchar la pausada respiración del caballero, que sentado en una esquina de la cama aguardaba, su faz en penumbra en ocasiones iluminada por la titilante llama de la vela dejaba entrever unos rasgos preocupados y angustiados, enmarcados en pelo castaño largo y desgreñado, envejecidos en unas horas lo que deberían haber tardado años.
Sus ojos estaban fijos en el vacío que había dejado al caer de entre sus manos una carta que ahora y desde hacía innumerables minutos reposaba en el suelo de madera.

Unos pasos se escucharon por las escaleras, y pocos segundos después de recorrer el pasillo se detuvieron ante la estancia. Unos nudillos golpearon la puerta, que se abrió ligeramente. Una voz débil acompañó al soplido de viento que entró:

-Señor, el carruaje lo espera.

El aristócrata no despertó de su ensimismamiento hasta sentir el brazo firme del mayordomo en su hombro.

-Señor, esta cita no puede esperar.

El cara a cara con Las Parcas estaba fijado. No podía llegar tarde. Era irónico, pero pocas personas, como él, habían podido elegir la hora en la que conversarían con la muerte.

El segundo paso llegó a su fin.

Pesadamente se levantó, desentumeciendo los músculos que llevaban tanto tiempo sin moverse. Como la marioneta de un fantasma se dejó guiar por el angosto y oscuro pasillo decorado con los cuadros de tantos familiares. Rostros la mayoría desconocidos que habían vivido una mejor época de su estirpe, ahora en decadencia. Bajó lentamente las escaleras, levantando el polvo y produciendo crujidos a cada escalón. Después de atravesar la gruesa puerta de roble y metal sintió durante unos segundos la fría lluvia sobre su rostro y pelo, un sentimiento revitalizador antes de entrar de nuevo en la oscura y opresiva atmósfera del carruaje.
Se acomodó en la parte trasera del habitáculo a la vez que el mayordomo cerraba la portezuela.

-Le esperaré aquí a la vuelta. Prepararé un buen desayuno caliente.

No pudo evitar esbozar una media sonrisa en sus labios. Una mueca sarcástica. Desde luego su sirviente también tenía mucho que perder, una vida entera de trabajo. Era de suponer que el desayuno al menos le aliviaría un poco la pena, desgraciadamente se quedaría frío para el momento en el que se diera cuenta de que él no iba a volver. Tampoco le apetecía pensar en comida ahora, su estómago, hecho un nudo, le impediría digerir cualquier cosa, el único sabor del que podía disfrutar ahora era el regusto amargo de la bilis.

El cielo dejó ver por unos momentos la Luna, que en caída libre hacia el horizonte urgía a los pernoctadores a apresurarse en el disfrute de la noche. La lluvia asimismo comenzaba a amainar y las nubes a levantarse.

Tercer paso.

El conductor azuzó a los dos caballos atados al carro, que con un empujón se puso en marcha. Las herraduras de los corceles restallaban contra el empedrado mojado, las ruedas contribuían a aumentar el ruido que no pasaría desapercibido por las calles estrechas. Los sonidos escalaban por las paredes de piedras, intentando alertar de la actividad ilegal que se iba a producir. La velocidad además debía moderarse a fin de evitar resbalar con el pavimento húmedo. Mientras, el gentleman se tambaleaba por el traqueteo del carruaje. Mente en blanco, miraba con una expresión vacía las ropas por las que debería cambiar las actuales. Una fina levita negra y una camisa blanca que impedirían esconder protecciones y que dejarían el camino expedito hacia el corazón. Un corazón que dejaría derramar el amor más que la sangre. El amor que le había llevado a esta situación. Un sentimiento que extrañamente le estaba dando la vida tanto como la posibilidad de perderla sin remedio.

Cuarto paso.

El paso largo de los minutos hizo que el resonar de los cascos diera paso a un chapoteo sordo. El vaivén del carruaje se acentuó. El noble corrió la pesada cortina de terciopelo rojo y asomó la cara ligeramente por el marco de la ventana de la portezuela, justo a tiempo para que una rama de las muchas que flagelaban los laterales del transporte le cruzara la cara. La delgada rama le provocó un corte superficial en la mejilla. Hasta la naturaleza estaba empeñada en provocar un duelo con él. ¿A cuántas fuerzas debería enfrentarse hoy para salir indemne? ¿O más aún, para salir vivo?

Quinto paso.

Llevándose la mano a la herida deseó que fuera la última vez que su sangre se derramase hoy. De nuevo volvió la sonrisa irónica a sus labios. Al fin y al cabo, con un “poco” de suerte podría ganar en confrontamiento. Desde luego Dios le debía una después de la racha de castigo que le había hecho padecer.

Se acercaban a un estrecho puente de piedra que cruzaba el río. Las aguas oscuras de lo que parecía el río Estigia bajaban sin fuerza. Una barca se encontraba atada a la rivera, mas Caronte no estaba en ella*.

Sexto paso.

Primero la muerte de su hermana por tuberculosis. A la que su padre lo había obligado a cuidar. Un juramento que trató de cumplir como pudo. Gastando gran parte de sus ahorros, destinados a salir de la crisis. Pasando noches y noches a su cabecera. Viajando a Londres, Manchester, Birmigham, Cardiff y a todos los lugares de los que había oído hablar respecto a curas milagrosas, a catedrales y monasterios. Pero rompió el juramento.

Séptimo paso.

Después la precipitación hacia la ruina a la que los acontecimientos estaban induciendo a la familia, ya que la revolución en la maquinaria agrícola, a la que no se había sumado su difunto progenitor, estaba mermando el poder económico de los terratenientes, y más aún de los medianos propietarios como él.

Octavo paso.

Y por último la afrenta a la que se le había sometido, cuando por fin parecía que un rayo de esperanza llegaba para iluminar su vida. Cuando al fin había encontrado a mujer a la que el solo hecho de mirar le hacía olvidar. Olvidar todas las penas y el sufrimiento. Olvidar que alrededor de él todo el mundo parecía derrumbarse.



Noveno paso.

Había llegado el momento en una fiesta de la corte de poner fin a la incertidumbre que le había estado consumiendo durante meses. Interminables semanas de cuidadosas palabras, de cortejo que pasó de ser silencioso y escurridizo a firme y tangible, disputas con la familia que tras sangrantes concesiones solventó. ¡La esperanza estaba al alcance de su mano! Casi toda la fiesta transcurría entre cuchicheos, miradas de reojo. Todos estaban esperando, a la vez que jugaban sus cartas en asuntos políticos, a ver la pedida de mano, cuya información se había extendido como pólvora ardiendo ante los ávidos oídos, azuzada por lenguas afiladas.

Décimo paso.

Y entonces él. ¡Él! Maldita sea. Un hombre que debería haber muerto hace años, que todos creían desaparecido, hizo aparición en la fiesta a la que sólo Dios sabe quién había invitado, y con su mirada de desprecio y sonrisa socarrona se acercó hacia su objeto de deseo. Agarró con sus sucias manos su cadera, manos de las que sospechaba estuvieron involucradas en el accidente que acabó con la vida de su padre, y acercó su boca hacia su oído, tan cerca que estaba seguro que la mujer no soportaría su fétido olor.

Acto seguido la mujer rechazó al hombre, ante el alivio de nuestro caballero. Pero la cosa no había terminado. El hombre sonrió de nuevo y a la vez que abofeteaba el rostro de la chica gritaba:

-Zorra, yo no pago por tus servicios.

Todos miraron hacia el pretendiente que debía pedir su mano en un día tan poco afortunado. Incluso el despreciable hijo de perra, con una mirada desafiante y con la sonrisa todavía dibujada en su rostro tenía los ojos fijos en los suyos.
Con la sangre hirviendo se acercó hacia el asqueroso hombre, que le esperaba cruzado de brazos. A la vez que avanzaba se quitó el guante que cubría su mano izquierda. No podía pensar en otra cosa nada más que en la sangre. Cuando llegó a la altura del otro, con toda la fuerza que pudo reunir, levantó el brazo en dirección a su faz, cruzando con el guante la mejilla derecha y produciendo un sonoro tortazo que se levantó por encima de todos los presentes, ahora cayados, cayada incluso la orquesta.

-Exijo satisfacción –dijo el caballero entre dientes-, tendrás noticias de mi padrino.

Sin embargo, la sonrisa había sustituido de nuevo la expresión de sorpresa, disimulando la marca roja de su carrillo. Algo se le escapaba, y no presagiaba nada bueno.

Undécimo paso.

Ahora sabía que había actuado de acuerdo a los planes del bastardo que había dañado su honor, una de las pocas cosas que le quedaban. Sin embargo, era demasiado tarde para rectificar, y tampoco quería hacerlo. Debería batirse en un duelo a muerte con pistolas. Dos pistolas cargadas. Un duelo en movimiento, a doce pasos. Ambos habían tenido que comprar un juego de pistolas con el que enfrentarse, así lo harían con igualdad, el que ganara se quedaría con el estuche.
Irónicamente, hasta para morir debía de pagar.

Duodécimo paso.

Los recuerdos habían inflamado su cuerpo con la ira. A penas podía disimular el temblor de las manos con las que sujetaba las armas, el miedo se fundía con el odio.
Llegó antes que su propio padrino y el médico. Con lo que en el lugar pactado se había encontrado un clima de hostilidad que solo el viento helado ayudaba a enfriar.

Los rayos de sol se comenzaban a adivinar en el horizonte cubierto de árboles cuando se completó el séquito. Entonces, y sin mediar palabra, todos ocuparon sus sitios y comenzó el rito. Uno de los pocos ritos capaces de invocar eficazmente a la muerte…

-¡Fuego!

Ambos volvieron sus cuerpos en un giro de 180 grados todo lo rápido que pudieron. El tiempo pareció ralentizarse cuando se encontró cara a cara de nuevo con el rostro pérfido de su némesis, unas facciones que parecían confundirse con las de la muerte. Sus miradas se cruzaron. Sus facciones se contrajeron en muecas de concentración, terror y de odio. Alzó la pistola hasta su cara, de tal manera que pudiera apuntar hacia su contrincante, que también elevaba su arma. Respiró profundamente tomándose un tiempo para apuntar que no poseía. Y cuando por fin se dispuso a apretar el gatillo una nube de pólvora salía ya del cañón de su enemigo. Sintió una punzada de dolor en el hombro izquierdo, que su mente desechó rápidamente en un último esfuerzo por la supervivencia. Disparó a la vez que expiraba el aire de sus pulmones, llegando una cascada de dolor hacia su cabeza. Había errado su primer tiro, pero; sin embargo su enemigo le había acertado de lleno.

El padrino se acercó a él, pues esta herida podría ser suficiente para dar por concluido el duelo. Mas, ¿cómo podría aguantar semejante humillación?, esta era una afrenta que no podría borrar de su memoria, y peor aún, nadie podría olvidarla, con lo que lo perdería todo.

El maldito debía sufrir.

Con una mirada furibunda hizo retroceder a su acompañante y al doctor a sus posiciones originales. A la vez que con su mano derecha arrancaba la pistola cargada que portaba con la otra extremidad, ahora casi inerte.
De nuevo, al unísono, comenzaron a levantar los brazos. Y de nuevo fue su enemigo el que disparó primero. Pero esta vez no todo sucedió como la anterior. El tiro erró su objetivo. Ahora tenía tiempo para apuntar. Dicen que quien ríe último ríe mejor, con lo que, y a pesar de su herida, puso una sonrisa en su semblante. A penas podía contener una risa que parecía surgir de sus entrañas, estaba perdiendo el control. Los ojos a los que miraba habían mudado también, y ahora estaban inundados de miedo.
Apuntó cuidadosamente y accionó el gatillo. Una décima de segundo más tarde el cuello de su adversario reventaba, dejando escapar borbotones de sangre. Un acto reflejo llevó a su rival a taparse con la mano la garganta, y abrió la boca tratando de articular palabras que sólo se percibían como un balbuceo húmedo y desesperado, escupiendo sangre.
Por fin conseguía saborear la miel de la venganza. Aunque sabía tan amarga como la bilis que le había acompañado la última puesta de Sol estaba disfrutando de ella. Tanto como podría disfrutar de su futura esposa… si conseguía sobreponerse al disparo.

El mundo empezó a dar vueltas a su alrededor. Una explosión de calor y dolor dio lugar a un sudor frío. Parpadeó tratando de despejarse; sin embargo la visión se le nubló. Las fuerzas se le escapaban.
Las rodillas se le doblaron y calló al suelo sin oponer más resistencia. Su cara orientada al astro rey. Por sus párpados entreabiertos entraban borrosos los haces anaranjados. Con una sonrisa se sumió en la oscuridad de la inconsciencia.





* Caronte era el barquero que transportaba a los muertos por el río Estigia, a cambio de una moneda.