miércoles, 2 de diciembre de 2009

Los ojos de la muerte

Dicen que los días nublados estimulan la creatividad y la actividad cerebral... y espero que tengan razón, ya que a pesar de tener unas cuantas ideas en la cabeza para escribir nuevas historias, no termino de conseguir hacer un boceto completo de ellas. A ver qué pasa durante las cercanas vacaciones de Navidad...

Los ojos de la muerte



La amplia habitación se hallaba casi totalmente en penumbra. Solo la gran mesa cubierta de papeles y libros resplandecía a la luz de un candelabro cuyas velas dibujaban sombras danzantes alrededor de las dos figuras.

El comerciante se recostó incómodo sobre una imponente silla de roble. Apoyó su peso sobre el cojín de terciopelo púrpura mientras, a pesar de ser invierno, se pasaba un pañuelo de seda con sus iniciales bordadas, F. M., por la calva perlada de sudor.

Su edad no podía sobrepasar la treintena, con lo que podía deducirse por su lamentable aspecto físico que la vida de lujos, heredada de su progenitor, le había pasado una factura que por primera vez tendría que pagar.


Las dos figuras se miraron fijamente unos segundos hasta que el obeso mercader, nervioso, y no pudiendo mantener más la compostura bajó la mirada.

-Por favor, siéntese- le conminó al extraño.

Un largo silencio siguió a la frase, mas la figura envuelta en un halo de sombras no hizo ningún movimiento perceptible.

-De acuerdo- rezongó, entre dientes, cansado de esperar al invitado.

Fabio dejó el ridículo sombrero azul copado por una pluma, típico de la burguesía venida a más, sobre la mesa junto al resto de cartas e infinitas cuentas.

Con sus pequeños ojos enmarcados entre obesos carillos y cejas y separados por una prominente nariz aguileña observó la máscara de porcelana inquebrantable.

-Te he contratado porque no quiero fallos ni misericordia. Y lo quiero a mi manera -le espetó, ante lo que el otro soltó un gruñido de desaprobación-. Te pagaré más, pero tendrás que eliminarlo delante de su familia.

-Por qué.

-Porque soy yo el que pone el dinero.

Un repentino frío se apoderó del comerciante y le atenazó el corazón, su sudor se tornó en hielo, el aire parecía no querer entrar en sus pulmones. Las llamas parecieron encoger.

-Bu… bueno –titubeó-. La verdad es que mancilló el nombre de mi familia al profanar la virginidad de mi hija.

Bastardo mentiroso, ¿tus negocios florecientes parece que se están resintiendo verdad? - dijo para sus adentros el asesino.

Cabeceó ligeramente en señal de afirmación.

Podría conseguir suprimir al “encargo” a distancia, pero cumpliendo la cláusula gracias a un rifle particularmente largo con el cañón espigado, para la precisión, que él mismo había desarrollado expresamente.

Después quedaba el tema del ruido y de que un disparo no fuera suficiente. También podría asesinarlo rápidamente por la espalda y salir corriendo, pero a parte de exponerse quedaba un problema personal:




Regla número uno: Lo último que verán tus víctimas serán tus ojos




Un poco dramático, pero era algo que le ayudaría a reconocer las miradas que reflejaran el brillo de la muerte y el odio en los rostros desfigurados del infierno.






Regla número dos: No exponerse jamás




Si a todo cerdo le llega su sanmartín desde luego que el suyo todavía se apetecía lejano, no sería por un gordo avaricioso por lo que mordería el polvo.


El último escollo:




Regla número tres: Mata por un motivo.




Joder, ¿por qué debía de tener un código tan extenso?


El motivo que tenía el comerciante, irónicamente el mismo sobre el que debía pagar, el dinero, no era éticamente justo.

Cavilando sobre una solución equitativa para todos a penas prestó atención a los inútiles datos, consejos y pautas del mercader judío sobre su tarea y que ya conocía desde hacía días.


Curiosamente el otro usurero tenía ciertos motivos turbios entre manos, ¿y quién no?, bueno, pero resulta que para él la violación de menores era una de las miles de cuchillas afiladas que podían utilizar las parcas para cortar el deshilachado hilo de su vida.



Y no soy yo el indicado para negar ni al destino ni a Dios cobrarse la vida de una de sus míseras creaciones.

-No lo debe saber nadie más que tú.

-Y nadie más lo sabrá –contestó a la vez que dibujaba una débil y tétrica sonrisa en su rostro.


El burgués se levantó pesada pero impacientemente, plasmada en su cara una expresión de irritación, nerviosismo y miedo.


-Ah, y te pagaré cuando el trabajo esté hecho.


Esta vez el asesino ni siquiera se dignó a emitir sonido alguno.


Gracias por facilitarme la decisión


Alargó el brazo hacia el vacío que les separaba y extendió la mano. El otro miró nerviosamente hacia los lados, en busca de un apoyo que la oscuridad jamás le brindaría.

Finalmente se dio por vencido y alargó su brazo izquierdo.

La mano del ejecutor agarró por el antebrazo al gordo en una presa abrasadora y lo atrajo hacia sí. Con la sonrisa de nuevo en los labios observó cómo los ojos de la víctima mudaban de la prepotencia al más absoluto pánico. La boca se le abrió instintivamente para emitir un grito de auxilio que jamás recorrería el aire.

La cara del verdugo se transformó en un torrente de emociones, que a la luz tenue de las velas, convertidas ahora en cirios, parecía la del mismo Diablo. Con mano de hierro cogió la lengua del estremecido y balbuceante comerciante y con la otra, que sujetaba un fino y lujoso abrecartas cogido de la mesa, trazó un veloz sesgo con el que la amputaría.


-Maldito judío. ¿Crees que una vida se puede comprar con dinero?, soy yo aquí el que tiene el poder para decidir. Espero que disfrutes saboreando la sangre que a tantas personas has robado.


El mercader, llorando y con las manos todavía en la garganta se desplomó en el suelo.


-Yo siempre cobro por adelantado. Así que cogeré por si después no estás en condiciones de pagarme- dijo con sorna mientras arrancaba una bolsita de piel del cinturón del agonizante.


Rápidamente se secó la sangre con un par de hojas.

Avanzaba con lentitud parsimoniosa hacia la puerta de la habitación cuando bruscamente giró la cabeza, observó con un reflejo macabro las llamas de las velas y sopesó de nuevo el saquito de monedas que todavía aguardaba entre sus ahora enguantadas manos.


Tras terminar su pequeña e improvisada obra maestra se dirigió corriendo hacia las sombras que se colaban en la habitación por una ventana abierta, en una lucha constante con la luz. Era cuestión de tiempo que los largos y eterno brazos de la oscuridad vencieran.

De un salto, tal y como había llegado, el asesino desapareció entre la noche.


Al día siguiente un grito de terror recorrería la casa del burgués cuando su sirvienta encontrara en el suelo a su señor ahogado en su propia sangre, rellenas sus avariciosas cuencas con monedas fundidas de cobre.


Fundida con las sombras, una negra figurar encapuchada recorría las solitarias calles de Milán.

La tenue luz escarlata que derramaba la Luna llena hacía que su florinete emitiera destellos relampagueantes. Se acercaba tormenta.


El eco de sus pasos al chocar contra el empedrado, aunque suave, restallaba por las paredes y túneles que recorría, llamando la atención de miradas indiscretas, cientos de ojos que huían como las ratas que eran al notar su aura aproximarse.


Su víctima se encontraba medio ebria en la entrada de una frecuentada taberna del barrio de los mercaderes. Precios baratos y mala calidad para usureros, putas y juego.


Tuvo que aguardar a que recorriera un pequeño número de calles a trompicones y que se alejara a un lugar un poco más apartado.


-¿Adónde se dirige señorito? –preguntó con voz de sorna.

-¿Y a usted qué coño le incumbe? –respondió a la vez que se giraba bruscamente, envalentonado por la bebida.


El asesino se acercó al desdichado cuando este desenvainó su propio florete.


-¡Aléjate!

-Emocionante…


Nuestro experto espadachín embistió con un hombro al mercader mientras desviaba su estocada, arrinconándolo contra la pared. Con una rápida floritura lo desarmó y con la otra mano lo agarró a través de la espalda, tapando su boca.


-Maldita sea… ¿por qué no me invitaste a la fiesta?... Perdón, perdón, no te he tratado de usted, ¿te importa que no te trate de usted? Bien, lo suponía.


Con la espada ya envainada y una daga empuñada, sujetó el brazo del molesto “paciente” que intentaba revolverse.


-Tengo una buena y una mala noticia… Empezaré con la buena, me encanta dar buenas noticias –dijo con voz socarrona. –Resulta que Fabio está muerto, ¡ahora podrás ser todo lo rico que siempre deseaste, casi sin esfuerzo!... Ah perdón, se me olvidaba la mala noticia, siempre me lo suelen echar en cara –replicó con voz irónicamente triste-. Resulta que él me contrató para que te eliminase, me pagó ya, y resulta que yo no puedo echarme atrás, resulta que tengo un código profesional y un sentido del honor muy estricto… no no… ya me pagó y no puedo aceptar una contraoferta… has de morir.


Poco a poco bajó la daga, pasando la afilada punta a lo largo de su abdomen en una siniestra acaricia.

Al llegar al final de su cintura clavó con fuerza la daga en la entrepierna.

El otro emitió un gemido mientras se estremecía.


-Huy, lo siento, ¿necesitabas esto para violar a más niñas?... me perdí la diversión y ahora necesito jugar.


Su víctima siguió contorsionándose espasmódicamente, quejándose y llorando.


-Cállate hijo de puta,¿a caso alguna vez mostraste clemencia?... Bueno, la verdad es que si alguna vez lo has hecho a mí me da igual –se contestó a sí mismo con una risita desquiciada.


Del final de la calle provino un grito. Un hombre perfectamente iluminado observaba estupefacto la escena.


-¡Guardias! ¡Guardias!


-Mierda –susurró el asesino a la vez que escrutaba fugazmente al delator.


Los guardias, un minuto más tarde inspeccionarían el lugar en el que un comerciante había muerto degollado.


-Yo vi una figura encapuchada agarrando por detrás a ese hombre. Grité y se giró hacia mí -contestaría, estremecido al recordar la mirada de fuego con la que se encontraría posteriormente en el Infierno.

1 comentario:

  1. Creativas y muy bien compuestas..........¡¡¡¡¡¡VAS A SER UNO DE LOS GRANDES!!!!!!.
    Me he leído casi todas tus historias y nene, me embobas ¡¡¡¡¡¡
    Yo ni soy profesional ni nada de nada, incluso también tengo un blog y tengo otro estilo totalmente diferente al tuyo a la hora de escribir y relatar las historias. Pero tengo la suficiente facultad para decirte que ¡¡¡¡¡KIYO, ESCRIBES DEL CARAHOO!!!!!! (Como se diría en mi tierra). No dejes de abrir nuestros ojos con estas historias porfa ¡¡¡¡¡¡¡¡¡ Usuario anónimo (aunque aparezca como alguien que te aprecia y te quiere mucho...no soy yo)

    ResponderEliminar