He aquí la historia más larga que he escrito hasta el momento. La tenía reservada para un momento de bajón a la hora de escribir, este parón en realidad no es motu proprio, si no que al estropeárseme el portátil me es imposible sacar más que un par de minutos en ordenadores comunes. Pero bueno, como todo lo malo tiene algo bueno, eso no me impide escribir sobre el papel y ahorrar tiempo en tonterías varias de internet.
Realmente espero que esta historia os guste.
SUDOR Y LÁGRIMAS
La luz se filtraba a través de la reja de hierro que, oxidada, se clavaba en la arena. El olor nauseabundo del túnel abovedado de piedra despertaba las náuseas del delgado egipcio que se encontraba a su lado en las filas de a dos y que, al igual que él mismo, había arrojado el casco a un lado. Ya había elegido a su primera víctima.
Con un fuerte chirrido, los propios soldados romanos eliminaron uno de los cientos de obstáculos que impedían su libertad. Pero cada vez eran menos los que lo separaban de salir de aquel infierno que había padecido desde que fuera capturado y vendido como esclavo. Nunca había imaginado que, después de ser acusado injustamente del asesinato de un mercader hace dos años, el destino fuera a llevarle a él, Memón, desde sus lejanas tierras nubias hasta Thysdrus [actual Túnez], y menos aún al grandioso anfiteatro de El Djem. Sus plegarias habían sido escuchadas, el hambre, la pobreza, la injusticia, el dolor, la lucha por sobrevivir segundo a segundo, el horrible entrenamiento, la muerte, las lágrimas... todas las penurias podrían terminar en aquel lugar… Sólo un día más, sólo un día más.
A la vez que se agachaba para secar las sudadas palmas de las manos con un puñado de arena, de un rápido vistazo con el rabillo del ojo pudo observar a los dos contendientes que había detrás de él. Uno de ellos, con aspecto germano, tenía una figura impresionante, con lo menos dos metros de alto llevaba el torso musculado y desnudo a excepción de unas tiras gruesas de cuero que mantenían firme su única armadura, la cual cubría el brazo derecho con el que asía un enorme tridente, el otro brazo sujetaba una red con ganchos, y su cuello, tan ancho como sus poderosas piernas, desembocaba en una cara marcada por las cicatrices y en el que junto al cabello rubio y sucio se destacaban unos ojos azules y fríos, pero inyectados en sangre. A la izquierda del nórdico se encontraba otro africano, algo menos grande e imponente que él, pero que parecía un adversario al que tener en cuenta. Detrás de la pareja de gigantes debería haberse encontrado otra más, pero en su lugar había dos cadáveres frescos, traspasados por pilums y rematados con los gladios Para ellos, el combate había empezado y terminado demasiado pronto. Sería una desilusión para el público, ahora ellos deberían dar el espectáculo que faltaba.
Desde la entrada del túnel penetraron los gritos de la muchedumbre. Y desde el final otros gritos les animaron a avanzar, los legionarios no habían dudado en poner fin a la vida de dos de los gladiadores, y tampoco dudarían ahora si la media docena de condenados vacilaba a la hora de enfrentarse a la muerte.
Los dos primeros comenzaron a andar pesadamente, parecían ciudadanos del Imperio, con su piel tostada, voluntarios a la hora de luchar para ganarse la gloria. Cubiertos con corazas completas, desde las piernas hasta la cabeza, pasando por los brazos que empuñaban espada y escudo. Los yelmos dorados, decorados con exquisitas formas de fieras, comenzaron a reflejar la luz en todas las direcciones en cuanto asomaron a la arena. No hay adversario más peligroso que el que no tiene nada que perder, pero sí mucho que ganar. Los gritos aumentaron de potencia, la gente parecía en éxtasis, el combate de la década daba comienzo.
Todos avanzaron hacia el palco presidencial, donde se encontraba el gobernador militar de la ciudad. En el instante mismo en el que se pusieron en fila todos y a una voz gritaron Ave toda la muchedumbre calló. El gobernador se levantó lentamente y con igual cadencia comenzó a escupir palabras entre trago y trago de vino, palabras que repetía en voz alta un sirviente que se encontraba a su lado. Mientras la charla indescifrable rebotaba y se perdía entre las paredes y las personas, ebrias ya nada más comenzar la fiesta, los hombres que esperaban la muerte o la gloria sufrían el inclemente sol en sus espaldas. La arena reflejaba la mayor parte de los rayos que absorbía, aun y así, ardía y hervía como la sangre que pronto humedecería sus granos. El halo de muerte pareció extenderse por todo el campo tan rápido como el silencio una vez acabado el discurso.
Los gladiadores se repartieron en círculo por el centro del anfiteatro formando los vértices de un hexágono casi perfecto. Memón aprovechó para dejar al astro rey fuera de su vista y poder contemplar toda la acción sin distracciones ni obstáculos. Los seis hombres se observaron los unos a los otros, midiendo y memorizando cada detalle de sus adversarios. Esta vez un error significaría la muerte. Esperaron pacientemente cualquier señal que pudiera dar inicio a la carnicería, pero el gigante nórdico parecía ponerse cada vez más nervioso.
Una gota de sudor le comenzó a resbalar por la cara, mientras recorría lentamente su camino desde la frente perlada hasta la punta de la nariz una piedra silbó cerca de la cabeza del gladiador nubio. El público comenzaba a impacientarse.
Los dos romanos avanzaron como militares a pasos cortos y seguros, uno de ellos se dirigía hacia él. Por última vez elevó sus plegarias hacia los inmisericordes dioses a los que no debía por ahora nada y de los que todavía tenía mucho que recibir y apretó con fuerza los mangos de sus espadas. Lo que ocurría a su alrededor se fundió rápidamente en una vorágine de imágenes borrosas. Los gritos de dolor se mezclaron con los del expectante público, sin embargo se hicieron cada vez más lejanos y embotados. Su campo de visión se centró en un espacio cerrado con paredes de arena en el que sólo cabían dos personas, pero del que sólo saldría una con vida.
El gladiador de casco dorado se plantó a pocos metros él, clavó sus sandalias de cuero en el suelo y adquirió una pose defensiva con su escudo y su gladio elevado como un aguijón preparado para clavarse. Su posición, característica en la legión, lo señalaba con un anterior soldado, el combate sería difícil.
Segunda parte
El casco dorado rematado con una cabeza de león comenzó a rugir un latín que él no podría traducir, pero los insultos eran un lenguaje universal al que un luchador no podía hacer caso omiso. Ahora debía elaborar una estrategia que le permitiera salir airoso de la primera embestida evitando la picadura de su arma. Primero bajó la cabeza y dobló la rodilla y cogiendo impulso comenzó a correr directamente hacia su rival. A dos metros hizo un quiebro a derechas que obligó al soldado a pivotar hacia ese lado, pero un segundo más tarde desplazaba todo su peso hacia el lado izquierdo evitando que su pesado adversario se defendiera con el escudo rápidamente. Con un poderoso salto se elevó en el aire levantando junto a él la arena del suelo, su espada derecha bloqueó la del otro y girando todavía sin haber caído al suelo movió rápida y precisamente el brazo izquierdo con el que cortó la mano con la que enemigo sujetaba su arma.
Su rival se dobló de rodillas sangrando a borbotones por su muñón. Ahora debería rematarlo. Se dirigió hacia el acabado adversario y limpió su espada en su espalda. El signo de desprecio no pasó desapercibido al público, que estalló en gritos de placer. Los lastimosos intentos por levantarse usando el escudo como apoyo le llevaron a no retrasarse más con la ejecución, y poniendo la espada por detrás en su cuello se lo rebanó y empujó su cuerpo a la arena caliente en medio de agónicas convulsiones.
Inmediatamente alzó la vista para observar de nuevo el combate. El escenario había cambiado bastante en los últimos minutos. Entre las gotas de sudor que le empañaban la visión pudo observar como el otro militar luchaba con sus últimas energías contra el ágil egipcio, que ya le había despojado de su pesado escudo y le había hecho un profundo corte en la pequeña parte desprotegida de la rodilla. En la otra parte se elevaba el nórdico con el cadáver del nubio partido por la mitad a sus pies. El gigante rugía mientras levantaba el hacha a dos manos del muerto, para instantes después desviar su mirada hacia el ahora libre Memón. Una parte de su alma se encogió ante los ojos llenos de ira y el cuerpo salpicado de sangre.
Según se acercaba comenzó a sentir no sólo sus latidos restallando contra sus oídos, sino también las pisadas de la muerte que se abalanzaba contra él. De poco servirían sus rezos contra la fuerza imparable que le sobrevenía, ahora debería confiar en su técnica, y en lo que hiciera falta. Observó sus puntos débiles cuidadosamente, al fin y al cabo, era un ser humano o debería serlo. Parecía que no toda la sangre que bañaba su cuerpo procedía de su última víctima, una cuchillada larga en su abdomen dejaba escapar un chorro de sangre; sin embargo, su portador parecía inmune al dolor.
Y llegó el momento en que el gigante alcanzó al único negro que quedaba vivo. Con una sonrisa en la cara y dejando escapar un sonido gutural de su garganta dejó caer con una fuerza brutal su hacha sobre su cabeza desprotegida. El movimiento no obstante fue lento y le permitió esquivarlo con un rápido desplazamiento que aprovechó para colocarse a su costado y cortarle con la espada. El tajo no fue profundo, pero despertó la rabia de su adversario que de una fuerte patada que le encontró desprevenido le lanzó pesadamente al suelo. Tras esto y sin dejar tiempo a que reaccionara se dirigió de nuevo hacia él con el arma dispuesta a caer otra vez sobre su cuerpo. Esta vez desde el suelo no pudo esquivarlo, pero lo paró con la espada de su brazo izquierdo, preparada la derecha para rematar en el estómago. El impacto resultó tan fuerte que dejó entumecida su extremidad hasta el hombro, que terminó de parar el golpe y comenzó a sangrar de la herida superficial, y extendió el dolor hasta su cabeza. Para ganar tiempo le hizo una incisión en el tobillo y rodó por el suelo unos metros chocando finalmente con algo metálico. Giró la cabeza para ver su salvación, el escudo que había dejado caer su anterior adversario.
Se puso pesadamente de pié a tiempo para contemplar de nuevo cómo el monstruo se dirigía de nuevo a su posición. Los siguientes minutos pasaron entre la confusión, parando con ambos brazos los embates de su enemigo que parecía no cansarse, pero sí divertirse como un niño golpeando una puerta endeble que sabe que al final acabará cayendo. Mas un rayo de esperanza iluminó el semblante del abrumado combatiente al ver tras las anchas espaldas de su pesadilla cómo el egipcio había dado cuenta de su presa y ahora avanzaba sigilosamente hacia el distraído nórdico.
Ya empezaba a creer que no resistiría lo suficiente para que su improvisado aliado le salvara de las arremetidas. Las fuerzas se le escapaban a cada golpe, las rodillas se le flexionaban cada vez más y los brazos y hombros soportaban un dolor inimaginable, las manos despellejadas sujetaban cada vez más débilmente la carga del escudo. De repente una cuchilla bajó rápidamente hacia el hombro derecho del gigante y amputó limpiamente el enorme brazo. El semblante del rubio adquirió un tinte de sorpresa, aturdido intentó alzar de nuevo un hacha que ya no pendía de su mano diestra, aunque seguía sujeta por su zurda por la mitad del hasta.
La presión entonces se relajó sobre Memón, que aprovechó para recobrar el gladio y las fuerzas que necesitaría poco después y se quedó apoyado en el escudo que había clavado en la tierra.
Pero a pocos metros la lucha proseguía, ésta vez entre dos adversarios diferentes. El gigante ahora manco seguía en pié, la sangre le salía a borbotones del hombro, pero eso no le impidió girarse y dar un golpe con el mango del hacha en el estómago al estupefacto egipcio que salió disparado por los aires y calló con un golpe sordo al suelo sin poder respirar. Trastabillando el nórdico se dirigió para rematar a su semiinconsciente presa. La sangre que perdía hacía inverosímil el hecho de que pudiera seguir caminando. La tez blanquecina amarillenta, el reguero de sangre y destrucción que dejaba a su paso, el círculo de muerte y horror que desprendía hacían que pareciese el propio demonio encarnado. Mas el señor del caos debía haber abandonado a su víctima acabada y jadeante, ya que el cuerpo casi desangrado se desplomó sobre sus rodillas, calló y murió con orgullo pero con la cabeza hundida en su propia sangre.
Ya solo quedaban dos.
Agotados, contusionados, sudorosos, quemados por la luz del sol, exhaustos y boqueantes, cubiertos de arena, sangre y salpicados de heridas deberían hacer frente al último obstáculo que impedía su libertad y su gloria.
Ambos se pusieron fatigosamente de pié, asieron sus armas y comenzaron a andar en círculos en los que ocupaban puntos opuestos. Con su gladio y escudo debería hacer frente a un tridente enorme y afilado que venía acompañado de la red coronada por anzuelos que había usado el germano al comienzo del combate en la arena.
No había podido observar antes cómo luchaba su próximo enemigo ocupado como estaba en salvar su propio pellejo frente a la tormenta de golpes a los que se había tenido que enfrentar y que ahora le seguían manteniendo debilitado.
Sin previo aviso su contrincante le lanzó la red para atraparlo y acabar fácilmente con él, lo cual suponía una burla habiendo llegado uno y otro tan lejos. Con un ligero movimiento hacia un lado y ayudándose con el escudo desvió la trampa hacia el suelo. Sin embargo parecía que mientras prestaba la atención al proyectil su rival había aprovechado la distracción para acercarse rápidamente con el tridente presto para empalarle. De nuevo tuvo que usar el escudo salvador para bloquear el ataque y con la rodilla le zancadilleó. Apresuradamente se dio la vuelta para hacer frente de nuevo a su velozmente recuperado enemigo.
La siguiente embestida la rechazó con la espada, y aprovechó que se encontraban cerca para atestarle un tremendo golpe con el escudo y lanzarlo al suelo desarmado a excepción de un risorio cuchillo que escondía sujeto en su cinturón.
El egipcio estaba ahora acabado, en el suelo, mirando con los ojos rabiosos que reflejaban la ira y el odio, pero que sólo podía esperar la muerte. Se acercó unos pasos hacia él y se colocó a sus pies, ya no podía sonreír, simplemente le embargaba el alivio de saber que todo se había acabado. Aunque la felicidad no es eterna. El condenado se revolvió negándose a aceptar su derrota y le lanzó un puñado de arena a los ojos. La visión se tornó borrosa y oscura al instante. Soltó el escudo para llevarse las manos a la cara. De pronto sintió un dolor lacerante en el estómago y un calor abrasador. Comenzó a tambalearse a la vez que daba pasos hacia atrás.
Las gotas de sudor que caían de su frente se mezclaban con las lágrimas que, en un vano intento por recuperar la vista, derramaban sus lacrimales. Con la mano izquierda, que todavía sostenía su espada se palpó el abdomen y de nuevo se extendió un sufrimiento inimaginable al sentir el cuchillo clavado en su cuerpo hasta el mango.
Su marcha vacilante hacia atrás al fin se encontró con un obstáculo blando pero pesado con el que tropezó y le hizo desplomarse al suelo.
El olor a muerte y putrefacción, el zumbido de las moscas, la sangre, el dolor, el calor abrasador, la negrura, los gritos, las súplicas, la destrucción, el horror… Su vida había terminado. No es cierto que antes de morir se sucedieran las imágenes más felices. Él no había conocido la felicidad en este mundo, sólo pudo sentir el odio, la injusticia y el sabor amargo que dejaba la libertad al alcance de tus manos y que se te arrebataba en el último momento tras una vida plagada de sufrimiento.
Ahora, liberado de toda obligación sólo le quedaba llorar hasta que su corazón dejara de latir.
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