domingo, 15 de agosto de 2010

Recuerdos condensados

Si alguien sigue este blog, siento mucho haberle hecho esperar tanto. La verdad es que reconozco haber tardado mucho en escribir una nueva historia. Pero espero que os guste la nueva, y no os preocupéis, porque estoy fraguando otras dos, de hecho ya las he empezado, y planeo terminarlas pronto. Gracias por la espera, y no dudéis en comentar. Sin más:


Recuerdos condensados







Un pequeño bache en el camino le provocó una sacudida en la cabeza y le despertó de su sopor. El ambiente estaba pesado en el interior del pequeño autobús a pesar de haber hecho su entrada hacía poco el invierno. Habían anunciado nieve, pero nadie se podía fiar de la meteorología en aquellas fechas, en aquellos años y en aquella parte de España. El resultado era una lluvia tenue, como la luz del día, que quería atender a los deseos predicados.


El viajero dio gracias de haber podido estar solo y que su asiento estuviera al lado de la ventana rectangular y gruesa. Podía sentir el frescor a través de ella.

El viaje se debía de estar haciendo eterno, además, no sabía si por ser de noche o por los nubarrones que habían cubierto el cielo durante todo el día, pero su sentido del tiempo estaba tan perdido como cansadas su espalda y piernas e irritados sus ojos.

Después de frotarse los ojos con las palmas de las manos, bostezar lo más silenciosamente que pudo y estirar un poco las piernas, clavándolas incómodamente al asiento de adelante, dirigió su mirada más allá del cristal.

La lluvia todavía repiqueteaba en la chapa del automóvil, y el vaho producido por los viajeros cubría las ventanas.
Los cristales sólo dejaban entrever siluetas difusas de árboles, sombras fugaces y luces alargadas y deformes que se estiraban y se encogían al pasar la frontera entre el exterior y el vehículo.

El señor se dispuso a desempañar el cristal con su mano. Con un sonido chirriante deslizó la palma sobre el vidrio, enroscándose a su alrededor el vapor y las gotas condensadas engordaban y caían como riachuelos, formando surcos más claros, y arrastrando a su vez más agua.
Sintió como en un par de segundos su mano se había quedado helada. Pero más congelado quedó su pecho al ver a través del hueco que había despejado.

Andando bajo la lluvia, protegida con un paraguas gris que sólo dejaba ver unos magníficos tirabuzones de pelo castaño, estaba una mujer. Recorría el camino enlosado y vadeado por una hilera de árboles desnudos, desnudos como sus piernas, relucientes y esbeltas, pero cubierta por una gabardina y una falda de medio tiro oscuras. Sus tacones castigaban el suelo de una manera dura, restallando contra los charcos, y resaltando sus talones y gemelos de una manera arrogante pero encantadora.

Por un momento creyó que sus ojos le estaban engañando. No podía ser que esa figura tan conocida y ansiada se encontrara a tan sólo unos metros. Debía de haberse pasado el tiempo fugazmente si es que su meta estaba tan cerca.



Se dispuso a gritar al conductor rápidamente que parara, le daba exactamente igual que no estuvieran en la estación, debería entender su urgencia. La chica giró justamente la cabeza a tiempo para ver pasar el autobús, y la agitó un poco para quitarse el pelo de la cara y hombros.

La imagen que tenía en la cabeza se esfumó rápidamente. Los labios carnosos y rojos que se encontraban en su mente se evaporaron; su piel sedosa, con rosadas mejillas, se marchitó; las cejas perfectas se volatilizaron en el aire húmedo; la fina nariz que tantas veces había besado y cuyo perfil tan bien recordaba desapareció, y los ojos, esos ojos en los todos los colores de la naturaleza verde se podían ver reflejados sin tener nada que envidiar, unos pozos negros capaces de absorber el alma de cualquier incauto, unas puertas a la felicidad, resultaron ser cuencas que no buscaba.
Su corazón se sintió angustiado, se formó un nudo en su estómago. La boca que tenía abierta, dispuesta para gritar, emitió un sonido ahogado, pues la palabra había muerto en su garganta, atragantada.

Los ojos entristecidos del viajero se quedaron inmóviles, el hueco que había socavado el anhelo y que parecía haberse llenado, se vació en un segundo.

Al fondo, en la tarde que empezaba a dar la bienvenida a la noche, se podían ver edificios. Las siluetas se recortaban contra el horizonte ardiente. La franja de fuego naranja no tardaría en desaparecer. Pero él no llegaría nunca a este paso, a menos que…
que la torre que despuntaba a lo lejos, tremendamente similar a la de la ciudad a la que se dirigía, fuera del campanario de la iglesia, y la silueta que dibujaba ese edificio alto que se elevaba a lo lejos fuera el primer edificio de 15 plantas que se construía, o que esa antena a lo lejos fuera la de radio.

No sabía si la risa que escuchó en ese momento la produjo algún viajero o salió de su propia boca. Simplemente escuchó una sonrisa límpida, brillante, que le recordó por qué merecía la pena levantarse un día más, y le llenó de calor en invierno, y lo hubiera hecho en el más frío y oscuro de los lugares.

Pronto vería ese preciado rostro que tanto ansiaba acariciar y besar, pronto oiría esa melodiosa voz y olería ese embriagador perfume que emanaba su cuello y su cabello.

A pesar de estar lloviendo de manera casi torrencial, de que el viento helado le azotaba el rostro y le obligaba a sujetarse el sombrero en la cabeza, emprendió, con el corazón desbocado y esbozando una amplia sonrisa, el camino a la felicidad.



2 comentarios:

  1. Ais... me dejas sin palabras cielo, ¡que bonito! ^^ ¿cómo puedes escribir tan bien? Cada imagen que describes se recrea a la perfección en mi mente, y supongo que tmb en la mente de quienes lo lean... El deseo de un encuentro, el ansia que te atrapa cuando después de largo tiempo sabes que lo que buscas está por fin, tan cerca... ¿Cuántas veces habré tenido esa sensación?

    Aunque te guste mucho escribir cosas bélicas (las cuales también me encantan) vuelves a demostrarme lo bueno que eres para acongojarme... ^^

    Besos!

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  2. Que ganas de lluvia me ha dado... Me ha gustado bastante la descripción del principio... esa sensación de invierno cuando vas en el coche y fuera está lloviendo...

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