sábado, 22 de agosto de 2009

Muerte y destrucción

Después de unas magníficas vacaciones en el extranjero cuelgo una historia que tenía preparada. Pero no os preocupéis, estas semanas han sido fructíferas en cuanto a nuevas ideas. Ahora me queda maquinar un poquito más...

Muerte y destrucción


Y por si no es suficientemente larga la canción...


Las llamas de fuego acariciaban poco a poco, cada vez a más altura, el cadáver descabezado que reposaba semidesnudo en la pira de madera. A unos pocos pasos, una pica en la que estaba ensartado el resto del cuerpo se erigía desafiante en medio de la noche, cubierta, como poco más tarde estaría el campo de batalla, de sangre pegajosa.

El magnífico honor y sentido de humor de los generales concluiría en una masacre; sin embargo, no serían ellos los que no verían un nuevo amanecer. Su arrogancia y deseo de gloria golpeó el orgullo del enemigo al asesinar a su emisario de paz y profanar tanto el fuego sagrado como los ritos de enterramiento. Despertaron su ira.

La luna, testigo de honor de la contienda, derramaba su luz sobre los millares de corazas y restallaba contra las puntas de los pilums. El terreno, como un pez, reflejaba en sus escamas de arena surcadas de espinas un trémulo brillo fantasmal.

La inspiración de la arenga del centurión parecía ya lejana, enfriada por el viento helado de cara que agitaba plumas, pendones y levantaba cuchillos de arena capaces de traspasar la coraza o el pellejo más grueso, capaces de congelar el temperamento más firme y curtido, de destrozar la moral de cientos de hombres con un solo soplido. La poderosa figura que comandaría las tropas había ocupado su puesto en la retaguardia, a lomos de su impetuoso corcel, con una oportunidad a su frente y otra a su espalda, él no tenía que morir en esta batalla, así todo resultaba mucho más sencillo, y así era más fácil ser valiente.

La magnificencia del Imperio Romano debía de seguir caminos impracticables para llegar hasta aquél sitio olvidado de la mano de Dios. A estos hombres sólo les quedaban sus espadas y escudos, su sudor y su sangre. La táctica romana debería enfrentarse a una arrolladora superioridad numérica y a unas mentes retorcidas que jamás habían conocido antes.

Un joven agricultor, vestido de soldado, pensaba. Con el pilum en la entumecida mano, esperaba, los nudillos blancos por la fuerza, los músculos de la mandíbula en tensión aguantando inútilmente que su estómago encogido no tratara de huir por tercera vez en la larga tortura.

Por unos días había creído realmente que la ignorancia de estar filas más atrás en su manípulo sería peor que ver cómo se acercaba el enemigo y enfrentarse cuanto antes a sus miedos. Ahora, el terror se reflejaba en sus retinas. Entre las filas de los soldados pesados enemigos comenzó a avanzar caballería. Los arcos y las vestimentas de los persas eran visibles desde tan lejos, su odio palpable con sólo alargar la mano.

Se acercaron lo suficiente para mantenerse alejados de las jabalinas, pero lo necesario para cargar y disparar sus proyectiles. Poco a poco formaron en círculo y comenzaron a trotar más y más rápido. El polvo se arremolinaba a su alrededor, parecía una invocación, el pequeño tornado estaba adquiriendo vida. De repente, al unísono, de entre la columna de arena surgieron como aguijones de sombra centenares de oscuras flechas, que cortando el viento, fueron a caer sobre las cabezas de los desafortunados.

A su lado, un compañero se desplomó en suelo atravesado su cuello, el cual dejó escapar un chorro de sangre, empapándole el rostro. Unos segundos más tarde el cuerpo agonizante había sido sustituido por un lloriqueante legionario.

A la vez que las flechas acababan con los futuros y con los deseos de decenas de soldados, un gran estruendo de cuernos y tambores se extendió al otro lado de la nube de arena. La confusión se adueñó de la legión, las órdenes no llegaban a las primeras filas. Desde la arena surgieron los zarcillos del pánico, que enroscándose en los tobillos crecían en dirección a los corazones. Algunos alzaban el escudo para protegerse de la incesante lluvia de flechas, otros, como él, se limitaban a observar congelados y con los ojos desorbitados cómo el ariete de miedo chocaba derrumbando la moral, que caía pesadamente a los pies temblorosos de la tropa, y cómo el viento atraía las partículas flotantes de arena, oscureciendo tanto el cielo nocturno como las almas de los condenados.

Unos crujidos a sus espaldas elevaron en el cielo ánforas enormes de aceite hirviendo, arma inútil que fue engullida por la oscuridad y el tornado. Hasta Hermes parecía de su lado.

El tiempo se ralentizó, los gritos disminuyeron hasta desaparecer, apenas se oía nada, ni gemidos, ni la respiración, sólo los latidos de su propio corazón restallando en sus tímpanos.

Parecía que la espera tocaba a su fin, en el polvo se empezaron a distinguir unas sombras difusas. Pasó una eternidad hasta que se definieron totalmente.

Pocos reaccionaron a tiempo, apenas un acto reflejo hizo que elevase su escudo, arrojase el pesado pilum a un lado, y sacase el reluciente gladium con su brazo sin fuerzas.

Su sangre dejó de fluir. De la nube surgieron carros de batalla conducidos por la muerte, que riendo a carcajadas, se disponía a segar con cuchillas en las ruedas tantas vidas como espigas había cortado él desde su concepción.

1 comentario:

  1. Jeje esta ya la había leido antes yo ^^ a ver si es cierto que y escribes nuevas historias! yo no tengo tiempo ahora para entretenerme... xD cuando acabe los exámenes intentaré hacer lo que tengo pensado, aunque a mi no me suele salir bien escribir lo que tengo en mente xD y si supiera dinujar mejor pues quizá lo dibujaría...
    Muy buena historia, como siempre, aunque ya te di mi opinión =)

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